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16
Feb
10

Días centenarios: Alta Traición 1

 

Si hacemos caso a los anuncios oficiales, ahora sí ya empezó (bueno, como por cuarta vez) este asunto de los centenarios, las Conmemoraciones del Bicentenario del inicio de la Independencia donde lo más notable es el golpeo sistemático y cotidiano que a las conmemoraciones oficiales hace la prensa, en una gama que va desde el raspón leve hasta el pitorreo más sangriento, pasando por el trancazo bronco, directo y despiadado. Los medios light pues enuncian las cositas que, casi sin querer, y en el mejor de los casos, vamos viendo en este Reino de Todos los Días: un día nos dan una monedita que tiene la efigie de Álvaro Obregón, otro, llega una carta que trae un timbre con la imagen de Hidalgo, tal vez nos caiga uno de esos billetes conmemorativos y por morbo nos ponemos la lupa en el ojo para ver si es cierto lo del mentado error en el de cien pesos… no mucho más. No mucho más para estos días agitados, tensos, con una autoridad presidencial fuertemente cuestionada en Ciudad Juárez, con un operador político como Fernando Gómez Mont, con los reclamos de la “opinión ilustrada” clamando “¿qué tenemos que celebrar?” Agitados estos días de 2010 donde la idea oficial de la conmemoración se va quedando en el asunto del mitote, sin tantas cosas como se escribieron, se planearon, se soñaron.

De modo que los sueños se quedaron en sueños, lo que se quiso no será y será lo que se pueda en este país sufriente por tantas cosas y aún alegre por tantas cosas, las que aún se pueden vivir, hacer y concretar. Ese, el que el gobierno, los gobiernos federales y locales dicen que hacen son los ecos de algo que pudo ser mejor, es el Bicentenario Posible, el que se pudo hacer, no el que se pudo haber hecho. Pero es, por eso mismo, el tiempo de hacer nuestros Centenarios, los que podemos hacer, los que podemos escribir y los que podemos compartir. Y ya olvidémonos de esperar gran cosa de las conmemoraciones oficiales: ya lo dijeron, a ellos solamente les toca traer los mariachis a la fiesta. La reflexión, la discusión, la planeación de un futuro serio y concreto les toca a otros, a ellos, ni les digan. Van a ver que maravilla se verá en el Zócalo, pero no pregunten cuánto costó el numerito, está mal, es feo hablar de dinero. Disfruten los documentales que vamos a ver en la televisión, pero no pregunten que, si los va a hacer Clío, de qué sirve una estructura creada para tal efecto  que nos iba a inundar de historia, del conocimiento de nuestro pasado. ¿No prometió Felipe Calderón una mañana asquerosamente helada de noviembre de 2008 que iba a llevar la historia de México “a todos los rincones del país”‘?

 Van a ver lo impresionante que será ver Paseo de la Reforma convertido en un enorme estadio deportivo, pero no pregunten, acá en la ciudad de México ni para qué sirven tooodas las instalaciones deportivas que tenemos (Palacio de los Deportes, Ciudad de los Deportes, Alberca olímpica, etcétera, etcétera, etcétera) ni lo que van a decir todos los que por trabajo u obligaciones tienen que andar por Reforma. No, si los comentarios van a ser, esos sí, inolvidables.

Como no hay una imagen común, miremos hacia los esfuerzos individuales en estas tareas de conmemoración. Tiempo habrá para indagar en las actitudes de gobiernos que  hacen fiesta pero que parece que no se mueren de ganas por hacerlo. Falta de congruencia, dirán algunos: ¿para qué le movemos entonces? Que cada quien conmemore, festeje o queme cuetes como le dé la gana y pongámonos a aplicar esfuerzos en otros asuntos más urgentes… pero, ¿es que nos podemos desentender de estas conmemoraciones?

A lo mejor nosotros los de las ciudades, no, pero los que en la sierra de Guerrero, en los barrios más pobres, inseguros y miserables de Veracruz, de Matamoros, en Ciudad Juárez, tienen otras preocupaciones, como mantenerse vivos, por inseguridad o por falta de alimentos o de hospitales, a esos, ¿con qué cara les decimos que este es el Año de la Patria? ¿Qué tal si mejor el dinero del monumento mentado lo dedicamos a arreglar de una vez por todas el Canal de la Compañía, y le ponemos algo así como el Drenaje Bicentenario, al fin que la mitad de las obras públicas que veamos inaugurarse en este año se van a llamar así? ¿No es mejor regalo para esta ciudad que vive en un frágil equilibrio natural, en la cuerda floja de las inundaciones, de los sismos, de los vientos desaforados que nos tumban árboles, espectaculares o nos dejan sin luz, de las toneladas de basura que se nos acumulan tres días y nos empieza a invadir el horror?

Por eso los Centenarios nos tocan a nosotros, a la gente que opina que las ideas oficiales de conmemoración están bien pero que ya no bastan para decir que este país conmemora algo, que CONMEMORAMOS ALGO. La diversidad de los mexicanos dan para mucho más de lo que vemos y eso sí es algo para felicitarnos. Muchos haremos algo, estamos haciendo algo: nuestros Centenarios. Muy bien los personajes, muy bien los acontecimientos, ojalá que hubiésemos visto más de lo nuevo, lo que están haciendo los historiadores (que no necesariamente quiere decir verlos a ellos en acción: el gremio necesita, más que nunca, de los beneficios de la divulgación), de una gran, gran acción de divulgación de la historia… algo que en principio, no se ve y dudosamente se verá.

Pero al tiempo. Hay muchas maneras de conmemorar, y en este Reino inauguraremos la sección Alta Traición para ello. Que el poema de José Emilio Pacheco nos dé una idea cercana a lo que tantos creemos de la patria, de cómo suscribiendo esa idea diferente, humana de la patria, le somos más leales a este país, y que, la alta traición se transforme, y aquí tomo la expresión ya lejana de Ignacio Allende durante su proceso, y esta “Alta Traición” de la que algunos me acusarán, sea, es, de Alta Lealtad. Y de regalo y bandera centenaria, el poema de José Emilio Pacheco:

ALTA TRAICIÓN

No amo mi patria.

Su fulgor abstracto

es inasible.

Pero (aunque suene mal)

daría la vida

por diez lugares suyos,

cierta gente,

puertos, bosques de pinos,

fortalezas,

una ciudad deshecha,

gris, monstruosa,

varias figuras de su historia, montañas

-y tres o cuatro ríos.

NOTA.- “Alta traición” se encuentra en el libro de José Emilio Pacheco “No me preguntes cómo pasa el tiempo” (1964-1968) (ha de ser por eso, porque tiene mi edad, que se vuelve, otra vez, un canto de guerra y de vida).

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