Posts Tagged ‘Miguel Ángel Granados Chapa

04
May
11

Estas cosas de la libertad de expresión: maldades de Guillermo Prieto.

Otra vez, Día de la Libertad de Expresión. Pasé delante de la estatua de Francisco Zarco que está a unos pasos de la iglesia de san Hipólito, donde hay verbena permanente, porque allí acuden los devotos de San Judas Tadeo a pedir por la solución a las causas difíciles, desesperadas o imposibles. En contraste, la estatua de Zarco destaca en la placita, impecable, hay que decirlo,  pero vacía. Este 3 de mayo no ha habido ni un solo periodista que se pare allí a decir, a quejarse, a recordar o a patalear. Se nos va olvidando que a este gremio, tan alborotado, tan luminoso a veces, que nuestra sobrevivencia, en muchas ocasiones, ha dependido de lo que podamos mostrar como manada; de esa solidaridad que, cuando se malentiende se traduce en ese “perro no come perro” que mis amigotes mayores que yo pronunciaban con frecuencia. Cuando se entiende bien y se obra bien, cosa infrecuente, da lugar a hechos memorables.

Desde temprano, en Twitter, se leían ayer felicitaciones  para “los comunicadores y periodistas”. El gremio, metido en sus cosas, no hizo mucho escándalo por el asunto. Y, a lo mejor, era un buen momento para hacerlo. Porque hoy, en Tamaulipas, hay periódicos a los que llaman por teléfono “los narcos” (como me lo ha contado una fuente de primerísima mano) para ordenar (sí, ordenar) qué notas se publican y cuáles no; porque hoy, en Ciudad Juárez, los periodistas de allá deben tener un legítimo hartazgo de publicar a diario hechos de sangre de las más variadas magnitudes. Porque mal estamos el día en que, como ocurrió durante la Semana Santa, de un día para otro las fosas clandestinas de Tamaulipas ocupaban la primera plana, y el Jueves Santo, cuando el saldo final era de 177 cuerpos encontrados, la nota ya estaba pequeña y en página par, en interiores. Porque se nos olvida a ratos que los periodistas contamos la novela, pero no tenemos que ser los estelares.

Tan malo el exceso como la  ausencia de libertad de expresión, esta historia tiene que ver con las esperanzas y el optimismo que la alternancia política y partidista trajeron a los sectores ilustrados, educados y opinadores de este sufrido país. Ahora que se vuelve a poner de moda quejarnos desde la barrera, porque eso y no otra cosa hacemos los periodistas chilangos con respecto de los colegas del interior de la República, también disimulamos que, las borracheras de libertad de expresión que permitieron acomodarle a Vicente Fox soberanas palizas durante su sexenio, han derivado en peculiares crudas que permiten acomodarle soplamocos similares a Felipe Calderón,bastantes veces con razón, pero perdiendo los modales y el estilo (lo Cortés no quita lo Cuauhtémoc, dicen por ahí), muchas veces con cierta razón, y otra buena cantidad de ocasiones sin razón alguna. Para el caso, a veces da la impresión de que sale lo mismo. Esas actitudes, además de las consecuencias del poco rigor con que a veces trabajamos la información, nos genera una popularidad de la auténtica tiznada. Matan, golpean, agreden, hostilizan u hostigan a un reportero -o reportera, para que no muelan- y mientras nosotros chillamos y nos quejamos, la mitad de la honorable concurrencia nos mira con harta indiferencia, o a veces con cierta malsana satisfacción. No faltará el que diga: “Se lo merecen por mentirosos/y/o/metiches/y/o/exagerados/y/o/malaleche”. No si buena prensa, lo que se dice buena prensa, los periodistas no acabamos de tener.

Somos un gremio que sostiene complejas relaciones con la sociedad; aún más complejas son las que tenemos con el poder. Vínculos de amor-odio, de codependencias con densas raíces, que harían las delicias de cualquier psicólogo. Siempre nos jaloneamos con el fuerte bagaje de ética profesional que nos enseñan en las escuelas, con el peso de nuestra herencia histórica, según la cual, como nuestros tatarabuelos profesionales, tenemos que ser arrojados y valientes hasta la heroicidad, y si se puede alcanzar el martirio, hasta resulta enaltecedor y fantástico. Difícil esta chamba. Como, también, es histórica la persecución a los periodistas que escriben y/o dicen y/o publican más de lo que los buenos modales y lo políticamente correcto y el miedo mezclado con respecto a los hombres del poder permiten.  Ya es conocida por muchos aquella historia del texto, “escrito con ponzoña de escorpiones”, que una ocasión Guillermo Prieto le dedicó al presidente  Antonio López de Santa Anna en ocasión de su cumpleaños.

Ya es sabido que don Guillermo, que era una completa mula, en el buen y más extenso sentido de la palabra, encima se moría de la risa cuando Santa Anna lo amenazó con patearlo, pues no se figuraba al general, cojo desde los tiempos de la Guerra de los Pasteles, haciéndose camotes ante la disyuntiva de patearlo con la prótesis que usaba o con la pierna buena. Cuando el presidente advirtió que Prieto ya ni le contestaba, ocupado como estaba en aguantarse las carcajadas, hizo el ademán de levantarse con bastón en mano, para no quedarse con las ganas de apalear al periodista gandul. Guillermo decidió que no había a qué quedarse y se peló de inmediato a espacios más acogedores, pero de poco le valió.

Esa misma noche, un grupo de soldados sacaba a Prieto de su hogar y lo aventaba, lo desterraba a Cadereyta,  en Querétaro, como castigo por andar pasándose de gracioso. Si hoy día no se me ocurre mucho qué hacer en Cadereyta -con perdón de los queretanos- , a mediados del siglo XIX la cosa debe haber estado para morirse de emoción. Prieto ni siquiera tenía permiso de subirse a un caballo; le vigilaban los movimientos y su “entretenimiento” consistía en largarse todas las tardes a caminar alrededor del quiosco del pueblo, para que no se aburriera.  Si Santa Anna hubiera sabido que el ocio es padre de cierta perversa inventiva, de la cual Guillermo Prieto poseía toneladas, habría pensado en algún castigo más concreto, como una tanda de azotes, un par de semanitas en el bote, una multa de esas que sí duelen. Pero a su Alteza Serenísima se le fueron las cabras y le proporcionó a don Guillermo el espacio suficiente como para escribir un libro bastante bueno: “Viajes de Orden Suprema”, donde cuenta sus fechorías queretanas, y , en respuesta a la convocatoria de Santa Anna para un concurso del cual saldría nuestro himno nacional, perpetró una de sus maldades más conocidas: compuso “una marchita” que pidió a un cuate de la capital inscribiera con nombre falso.

El nombre de esa “marchita” era “Los Cangrejos”, canción satírica que sobrevivió a Santa Anna, que fue grito de combate en la Guerra de Reforma, a grado tal que en la entrada triunfal de diciembre de 1860, de las tropas liberales a la ciudad de México, avanzaban cantándola; que en la guerra de Intervención los republicanos se la restregaban en la cara a los franceses e imperialistas. Tan efectiva la canción, que es una de las antiguas piezas que nos heredaron los mexicanos del siglo XIX y que todavía hoy se graba y se ejecuta, reflejo de lo que pasa cuando la palabra se enfrenta al poder con causas y razones sólidas.

En años recientes… bueno, no tanto, Manuel Buendía hace ya veintisiete años que murió, y esto que narro a continuación ocurrió más atrás, cuando a Buendía lo amenazó directo y de frente el gobernador de Guerrero, Rubén Figueroa, el gremio reaccionó como uno solo: muchos, muchísimos integrantes del gremio se reunieron y ofrecieron una comida de apoyo y solidaridad al columnista amenazado, en un salón del Hotel del Prado, paradoja simpática, el mismo sitio donde Diego Rivera pintó el mural donde representó al querido Nigromante con su frase inmortal “Dios no existe”, y se armó un embrollo similar al que en su momento causó Ignacio Ramírez en la Academia de Letrán, a grado tal que Rivera, que no era ningún pusilánime, optó por cubrir la frase escandalizadora de las buenas y mochas conciencias.

En aquella comida, Miguel Ángel Granados Chapa, que siempre se ha manifestado alumno de Buendía, fue orador, y por cierto, recordó este incidente de la vida de Guillermo Prieto. De esta manera, me parece a mí, los periodistas del siglo XX reafirmaron su linaje, y renovaron sus vínculos con los arrojados periodistas liberales del siglo XIX, los personajes de aquellos días en que perro sí comía perro, en que se daban unos agarrones formidables de periódico a periódico, y hacían acopio de valor para decir lo que creían era su deber decir. Eran de una incorrección política estos liberales, que hoy resultan francamente deliciosos. A lo mejor recobramos el sentido de la libertad de prensa y repasamos las andanzas de estos hombres. Podemos decir lo que debemos decir, pero con inteligencia; podemos patear al que se lo merezca, pero con estilo; podemos vivir al filo de la navaja sin convertirnos en mártires o en niños héroes que nadie llorará al cabo de un año. Nos falta volver a aprender las sutilezas de esto que llamamos la libertad de expresión.

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19
Nov
10

Pequeñas respuestas a pequeñas preguntas entretenidas: algo más sobre las voladas periodísticas

Llegan a este Reino multitud de pequeñas preguntas, algunas reiteradas e insistentes, otras de una especificidad que me encanta, una que otra que me pone la carne de gallina. En algunos casos,  se trata de preguntas tan específicas, que en algún rincón de este Reino está la respuesta correcta y exacta, como ha sido cuando llegan visitantes preguntando qué es, en la jerga periodística, qué cosa es “volar”, y ya es consuelo que la respuesta de este Reino sirva para algo, sobre todo después de darme cuenta de que en el flamante “Diccionario del Español de México”, editado por El Colegio de México (2 volúmenes,  mil 706 paginitas) que ÉSE es, precisamente el significado que está ausente. No me pregunten por qué, máxime que el Diccionario tiene un consejo consultivo amplísimo y prestigiados, sobre los temas más variados. Me encanta ver que hay un consultor para Esgrima, otro para “Marinería”, uno para Entomología, para Aeronáutica, para “Ejército”,  Imprenta, Relojería, Veterinaria, ¡Ictiología! Sastrería, “Vocabulario Popular” (dicho en buen español, majaderías, insultos y peladeces) y, volviendo al tema, Periodismo. El consultor en este rubro es, ni más ni menos, don Miguel Ángel Granados Chapa, con suficiente prestigio y horas de vuelo como para que se le hubiera escapado esta peculiar acepción del verbo “volar”, no porque él haya “volado” alguna vez en su vida, sino porque tantos años dirigiendo periódicos y noticieros, a él le van a venir a contar que no hay reporteros que inventan cosas. Las “voladas” sirven para muchas cosas, y hasta tienen consecuencias: se vuelven, como la volada que aquí hemos documentado al hablar de Jacobo Dalevuelta y los restos de José María Morelos, curiosidades historiográficas que, cuando se abordan con flojera mental, o poco rigor, se traducen en excursiones emocionantes aunque fallidas, quimeras que se persiguen sin ruta o destino concreto, decisiones que ocasionan, inclusive, el desembolso de recursos públicos.
Una volada puede ocasionar barullos impresionantes: en las redacciones se discute y se le da vueltas, intentando comprobar el alcance de la afirmación o de la nota que, usualmente ha publicado alguien de la competencia. La frase “¡es una volada!” se pronuncia en todo burlón, en tono escéptico, con incredulidad, con furia, incluso, cuando ya recurrimos a todas nuestras fuentes, no hallamos ninguna prueba del dicho del infeliz que lo publicó en otro periódico o lo dijo en otro noticiero, sabemos y hemos probado que el infeliz en cuestión está mintiendo, y no obstante, nos lo siguen reclamando en la redacción.
“Volar”, visto así, no es poca cosa. Se requiere, como materia prima, la certeza de que la información del día está tan floja, y vale tan poco la pena para ser publicada o emitida,  que, en un momento de obnubilación, hasta los delirios más bestiales del burro que tenemos cubriendo partidos políticos, Secretaría de Seguridad Pública o la Cámara de Diputados empiezan a verse en la redacción como un material publicable. En segundo término, se necesita creatividad, inventiva y capacidad literaria para armar la invención y consolidar el embuste. De esto se deriva que no “vuela” la bestia más peluda y torpe de la redacción, el compañero más limitado, que a trompicones se mueve por sus fuentes y que la mitad de las ocasiones no entiende un carajo de lo que pasa en los sectores que debe cubrir. “Vuela” el que sabe el terreno que pisa, el que conoce las tripas de las fuentes que tiene asignadas, el que es capaz, en suma, de dotar de verosimilitud sus invenciones, el que puede volver, como Dalevuelta, un “a lo mejor”, un “es posible que…”,  un “estamos considerando la posibilidad de….”, en el anuncio de la inminente llegada de Cascos Azules a Cancún, para hacer se cargo de la seguridad de los asistentes a la inminente cumbre de cambio climático, como hizo, el sábado pasado, el periódico Milenio, que daba por buena dicha información en su página electrónica. A todo mundo se le pararon las antenas; muchos se preguntaban (nos preguntábamos) dónde estaban los reclamos y rollos y reacciones y pataleos de los mismos senadores que hicieron un gran drama cuando, en septiembre pasado, el gobierno federal les pidió votar, al cuarto para las doce (qué raro), el permiso para el ingreso de las tropas extranjeras que desfilarían el día 16 en las celebraciones del Bicentenario (Como don Porfirio: por eso los acusan, entre otras cosas, de una escandalosa falta de imaginación). Antes que reacciones y consecuencias (era, evidente y previsiblemente, un mitote de grandes consecuencias) hicieran crecer la información, levantando un oleaje formidable, los compañeros de Milenio optaron por desaparecer la nota, muy probablemente cuando se dieron cuenta del alcance de la bronca para la que habían comprado boleto.
Por eso, para “volar” se necesita también otras dos cosas, dos cualidades aplicadas al no tan sano hábito de inventar noticias: la primera,  audacia. Se necesita audacia y valentía para dar el salto y soltar el invento o la exageración o la interpretación que se ha ido hasta la cocina, arañando los terrenos de la novela. Por otro lado,  se necesitan nervios bien templados para aguantar la presión del jefe de información o del editor de la sección, o hasta del director editorial que, intuyendo, oliendo la volada, apergollará al volador y lo zarandeará y someterá a interrogatorio hasta que le encuentre mínimos visos de verosimilitud al rollo que el bicho en cuestión aspira a que se le publique. Insisto, no es poca cosa “volar”.  Tal vez sea bueno mandar un correíto a los caballeros de El Colmex para agregar estas humildes reflexiones.
 Pero esta es solamente alguna de las preguntas que llegan a este Reino y garantizan momentos de sano esparcimiento. Aquí dejo algunas respuestas o no-respuestas que sirvan para orientar a las visitas:

Respecto a las numerosas preguntas sobre los personajes de la película “El Infierno”, un par de cosas: aquí no sabemos cuántos cárteles hay; menos sabemos cuántos cárteles de sicarios existen. Me temo que debo aclarar a algunos la perra duda: Ni el Benny ni el Cochiloco (este Cochiloco) existieron de verdad. El Cochiloco legendario (un señor de apellido Salcido que no es el Gordo Mata que en la película se cambia su apodo de infancia por el del Cochiloco) años ha que murió y no precisamente en su cama. Y sí, con la pena: el Benny sí se muere en la película.

La  “escena de sexo con el Padre de la Patria” ha resultado muy popular, y efectivamente, es uno de los momentos importantísimos de la hermosa película que es “Hidalgo: la historia jamás contada”, y la protagonizan Ana de la Reguera (Josefa Quintana) y Demián Bichir (Miguel Hidalgo).

Los que siguen preguntando por los restos de Hidalgo, la ruta es, en breve, esta: fusilado en Chihuahua, decapitado. La cabeza, diez años a Guanajuato. El resto del cuerpo, enterrado en la misma Chihuahua, como los restos de Allende, Aldama y Jiménez, todos rigurosamente decapitados. Las cabezas, también a la Alhóndiga de Granaditas. Todos los restos, exhumados en 1823 y después de un triunfante show de desagravio por el Bajío, llegaron a la Villa de Guadalupe, y después de una breve estaca en la iglesia de Santo Domingo,  depositados en la Catedral Metropolitana, donde pasan de una capilla, la capilla de la Cena, a la cripta que estaba debajo del altar de los Reyes y de ahí a la capilla de San José, ruta con un intermedio, hacia 1895, donde los sometieron a un vigoroso lavado. De ahí a la Columna de la Independencia, y en este año, de paseo en el Castillo de  Chapultepec y luego a Palacio Nacional, a una especie de capilla ardiente histórica, donde se quedarán hasta el año que viene.

La tumba de Agustín de Iturbide es la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, donde, en una bonita urna, en la Capilla de San Felipe de Jesús, están los restos del señor al que apodaban “El Dragón de Fierro”. Para los morbosos, el cráneo sí tiene tiro de gracia. Luego les enseño unas fotos.

Los fuertes de Loreto y Guadalupe, escenarios de la batalla del 5 de mayo de 1862, forman parte de un desarrollo arquitectónico que, me cuentan desarrolló Pedro Ramírez Vázquez, que incluyó la restauración de la zona, la colocación de carteles patrióticos escritos con mucha buena voluntad y el establecimiento de un museo de sitio. Hay que agregar, para satisfacer la perra duda, que sí se acuñó una moneda de oro conmemorativa del centenario de la batalla. Solamente la he visto en periódicos de 1962, y es tan mala la impresión que ni valía la pena traerla.

En cuanto al corazón de Melchor Ocampo, sí, es preciosa la paradoja: el corazón de uno de los liberales más liberales de la generación de la Reforma, está guardado como reliquia laica en el antiguo Colegio de san Nicolás, en Morelia, y muy bien cuidadito.

Satisfechas algunas curiosidades, miro por la ventana. Alcanzo las luces del espectáculo del Zócalo, una tercera versión de los recorridos históricos que, con desigual fortuna, se han montado para las conmemoraciones de este año. De eso, aún hay tanto que escribir…..




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