Posts Tagged ‘reporteros mexicanos

01
Sep
10

La sonrisa de Jacobo Dalevuelta: cómo una volada eficaz se puede convertir en una curiosidad historiográfica

Si nos atenemos al orden de la cripta de la Columna de la Independencia, en orden descendente: Morelos, Bravo y Matamoros

En fin, hoy PRIMER DÍA DE SEPTIEMBRE,, cuando faltan 16 DÍAS para el Bicentenario del Inicio de la Independencia, podemos decir que la historia del robo o desaparición de los restos de Morelos publicada y cacareada en 1925 fue una mera conjetura que se remonta a una época en la cual los reporteros suplían algunos rasgos de exactitud por un buen aliento literario. No se grababan las entrevistas, no había manera de hacerlo. La libreta de apuntes, el lápiz y la buena memoria eran los instrumentos fundamentales de la chamba reporteril. Luis González Obregón, a través de la escritura del reportero de El Universal, afirmó, con muchos asegunes,  la desaparición de los restos, pero no la probó. Como lo harían numerosos personajes del siglo XX.

Dalevuelta le echó la culpa a Juan Nepomuceno Almonte, hijo mayor de Morelos, a partir de los supuestos de don Luis González Obregón. Dalevuelta lo publicó y le dio seguimiento, a grado tal que , ahora que los restos salieron a pasar el verano en el castillo de Chapultepec,  en las urnas, (exactamente en dónde no han dicho), apareció una tarjeta personal de Dalevuelta, detalle que me encanta. Al fin y al cabo, aunque estuviera volando y estuviera persiguiendo un fantasma que nunca se apareció, se dedicó al asunto con bastante empeño. Pero tampoco pudo probar la desaparición de los restos, además de no demostrar el robo. Convirtió un “probablemente” en un hecho y las afirmaciones de la sustracción de los restos, hechas a partir de fuentes, digamos, laicas. Nos falta volver a leer algunas cosillas interesantes en cuanto a fuentes para acabar de explicarnos cómo fue que todos compramos el boleto.

La volada de Dalevuelta ha sido, con el paso del tiempo, acogida con interés y hasta con solidaridad, al menos en cuatro ocasiones más por la prensa mexicana. Esa leyenda creciente tuvo hasta consecuencias historiográficas, pasadas por alto las circunstancias de las confusiones y revolturas de los restos. Sin embargo, la leyenda llamó en alguna época, la atención de algunos historiadores, y propició que uno de los grandes estudiosos de Morelos,  Ernesto Lemoine, ya fallecido, llegara a aventurar la hipótesis de que, robados los restos, habrían sido arrojados al mar por Almonte cuando abandonó México, a la caída del imperio de Maximiliano.  Si le hacemos caso a este planteamiento, definitivamente Almonte no necesitaba un siquiatra; estaba ya para que lo amarraran y lo encerraran en uno de los horripilantes sanatorios para enfermos mentales de la época. La explicación del maestro Lemoine no deja de ser entretenida, basada como está, en construir el perfil de un Juan Nepomuceno Almonte bastante acomplejado, traumado porque su santo papacito nunca le dio su apellido.

Coherente, si se quiere, con la notita que Maximiliano dejó en su “libro secreto” acerca de Almonte: “El carácter de Almonte es frío, avaro y vengativo”. El librito en cuestión dice unas cuantas cosas feas y adicionales sobre Almonte, pero esta es la frase que al maestro Lemoine le da para sus propias reflexiones, apuntando que “en un acto insólito, que quizá únicamente hubiera podido explicar el doctor Freud, sustrajo los restos de Morelos a la veneración del pueblo mexicano y los hizo perdedizos” (De “Morelos y la Revolución de 1810”.  La nota de pie de página del maestro Lemoine tiene el mismo pequeño defectito que los rollos de Dalevuelta. Vean nomás: “Se supone (yo supongo, tú supones, él supone…)  que antes de partir a Europa (abril de 1866) [una diferencia con la hipótesis de los desenterradores de Almonte, que ubicaban el “robo” de restos en 1865… gracias a la errata de un libro sobre la catedral], Almonte penetró secretamenteen la cripta de la catedral, “robó” los restos de su padre….” y todo lo demás que ya sabemos. Lemoine escribe en 1979, y cita los artículos que para esos días ya se habían publicado en la revista Siempre!, citando una carta del Dr. Jesús García Tapia, donde se abundaba en el mentado robo de huesos. Añade Lemoine: “Basta que el gobierno mexicano se interesara en el caso, para solicitar de la autoridad parisiense respectiva la apertura de la  tumba de Almonte en el cementerio de Pére Lachaise y de esa manera confirmar si es verídica la historia…” Le agarraron la palabra, como veremos a continuación.

Con todo, es poca la gente que indaga en las hemerotecas lo que realmente se publicó en ciertos días, y eso es la razón de que, aún en el siglo XXI, las notas de Jacobo Dalevuelta tengan resonancias bastante entretenidas en la prensa.

El tema se volvió a abordar hacia 1972 en Siempre! por el reportero José Natividad Rosales, a partir de una carta enviada a Siempre!, en 1971 por el señor García Tapia que menciona Lemoine; me cuentan que Rosales era aún uno de esos reporteros al antiguo modo, con gran habilidad literaria, y con una persistencia escandalosa, deliciosa y que ya quisieran para un domingo muchísimos de los reporteros de ahora, que no sacrifican un descanso por una nota buena, que son capaces de despreciar una exclusiva porque coincide con sus días de vacaciones. No, suspiramos en este punto don Pepe Fonseca y yo; ya no los hacen como antes.

Porque las cosas publicadas en Siempre! en esos tempranos setentas le dieron algunos quebraderos de cabeza al entonces director del Museo Nacional de  Historia, don Antonio Arriaga. El pobre, en un memorandum al respecto, escribió: “Considero que el periodista José Natividad Rosales debe presentar copias de los documentos que dice poseer el Dr. García Tapia, con objeto de evitar un escándalo sobre la antigüedad de los restos de los insurgentes que se encuentran en la Columna de la Independencia”. No lo logró, como podemos verlo, pero ya apuntaba la posibilidad de ir a París abrirle el féretro a Almonte.

Los textos de José Natividad Rosales son deliciosos, claro reflejo de ese viejo modo de hacer periodismo (se pueden quejar por el uso de los adjetivos como si fuera confeti, pero si lo comparan con el espantoso español que perpetran algunos reporteros (y no voy a mencionar nombres, pero agarren un periódico, cualquiera, y verán lo que afirmo), hay más de un siglo de diferencia.  Acá la volada se agarra de las notas de Dalevuelta, una vez más. “Siempre! quiere dar a los mexicanos de una respuesta definitiva. Por principio de cuentas adelantamos la hipótesis de que los restos de don José María Morelos NO ESTÁN EN MÉXICO, sino en París…”.  Recreó, agarrado de la biografía de Morelos que Ezequiel Chávez publicó en 1931, los últimos momentos del cura de Carácuaro. Pero después, al contar la exhumación de 1823, hay líneas que son verdaderamente geniales:

“”Y fue el 16 de septiembre de 1823, casi ocho años después de haber sido sepultados, cuando el féretro del Héroe fue abierto. Una súbita y repentina oleada de luz iluminó el cráneo de Morelos [bastante lógico], envuelto en un halo dorado [en la torre], como si la irradiación de su pensamiento no terminase aún [uuuuuuffffffff]. Al ser izado hubo una leve sombra en las cuencas, como si mirase con piedad y asombro a la patria redimida [me quedo sin palabras], e hizo parecer a los presentes que el espíritu del Generalísimo había sobrevolado el sitio [Bueno, ¡¡¿¿qué cosa se metía don José Natividad??!!].

Don José refiere que la biografía de Alfonso Teja Zabre se nutre de las voladas de Dalevuelta y, por lo tanto, no le ve bronca en recuperar los datos. Pero agrega los datos que obtiene de la carta del señor García Tapia: amigo de un sacerdote vinculado a al arzobismo Arciga y Ruiz de Chávez, que había sucedido al arzobispo Clemente de Jesús Munguía , quien se quejaba del grandísimo berrinche que le había provocado que Almonte se hubiese llevado los huesos de su padre. El pequeño detalle es que seguimos en el mundo de la leyenda urbana: ni una sola prueba sólida. Una constante en esta historia de religiosos, es la presencia de un tal canónigo Jacinto Pallares, que fue el que andovo contando la historia, porque ayudó a bien morir al obispo Munguía y a Almonte. Y, si se sigue el asunto de esta sub-trama, resulta que, en esta línea, el culpable del mitote es el dichoso canónigo Pallares, porque el testimonio que nos llega de cuarta o quinta mano es que él con sus ojitos vio que a Almonte lo sepultaban con los huesos de Morelos.

El éxito de la volada de Dalevuelta prosiguió en la década siguiente: a fines de los 80 y principio de los 90 del siglo XX por Excelsior, Jueves de Excelsior y Unomásuno, periódicos que dieron seguimiento y admitieron artículos sobre el tema, a partir de las inquietudes de Luis Reed, periodista e historiador, y José Manuel Villalpando, abogado e historiador, quienes obtuvieron apoyo oficial y recursos federales (y de algunos abogados con dinero) para viajar a Francia, abrir la tumba de Juan Nepomuceno Almonte, cosa que sí hicieron, y comprobaron que Almonte no había sido sepultado con los restos de su padre ni de nadie más. Cosa rara este canónigo Pallares.

En 1993, sostenidos del texto de Dalevuelta, Reed y Villalpando dieron por buena la historia del robo de los restos de Morelos, porque, aseguraron en el recuento de su investigación, que el texto del periodista, escrito en 1925, “denuncia y prueba plenamente la ausencia de los restos de Morelos” . Sí lo denunciaba, pero como ya hemos visto, no probó nada. El texto resultado de aquella investigación, “Los restos de don José María Morelos y Pavón: Itinerario de una búsqueda que aún no termina” asumía que Dalevuelta  estaba diciendo la verdad.  En descargo de los autores del librito y artífices de la investigación, hay que decir que, simplemente,  engrosaron una lista de personajes que compraron el boleto entonces y de los que, después, han seguido comprándolo.

Un ejemplo más: Uno de los materiales clásicos de consulta inicial, básica para el estudio de la Independencia es el Diccionario de Insurgentes de José María Miquel I Vergés. editado en 1969, cuando su autor llevaba cinco años muerto. La ficha de José maría Morelos acota: “Cuando se trasladaron a la Columna de la Indep. los restos de los héroes de la emancipación, los de Morelos no se encontraron [??] y es probable [Chihuahua, es probable otra vez] que el hijo de éste, Juan Nepomuceno Almonte los sacara del lugar donde fueron despositados, no se sabe con qué fin, y los escondiera en un lugar hasta hoy desconocido” (p. 407) Y lo más bonito es que, entre las fuentes de las cuales se nutrió la referencia del Diccionario, adivinen qué está: Exacto. La Odisea de los Restos de Nuestros Libertadores, de un tal Fernando Ramírez de Aguilar, o sea, Jacobo Dalevuelta. ¿a poco no es bonito? (continuará)

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17
Ago
10

¿Sabe usted qué cosa es “volar”? La historia de Jacobo Dalevuelta y el falso robo de los restos de José María Morelos

Volar”, en el lenguaje peculiar de los periodistas, es inventar, crear una historia que a veces toca los linderos de lo inverosímil; en otras, de tan bien hecha, resulta completamente verosímil.  Si la suerte acompaña al reportero volador (el que vuela, el que inventa historias), su “volada” pega, funciona, cunde, se reproduce hasta niveles insospechados.  

Hoy, cuando faltan 29 DÍAS para que estemos conmemorando el Bicentenario del inicio de la Independencia, y a la hora en que iniciaba el segundo recorrido en este año, de los restos de los próceres de la insurgencia (a los que me niego a llamar “restos patrios”) hallo en el periódico un dato encantador: a la hora de remover los restos en la Columna de la Independencia, se ha encontrado una tarjeta personal perteneciente a un reportero, a Fernando Ramírez de Aguilar, conocido por su nombre de guerra, “Jacobo Dalevuelta”.  Ahí está su impronta, para dar fe de una de las voladas más exitosas de los últimos cien años; tan exitosa que, desde su publicación en 1925, en el periódico El Universal (el mismo de este 2010), cada tanto los colegas se enteran de la versión y le vuelven a dar la primera plana.

Me refiero a la historia del robo de los huesos de Morelos,  que empezó a surgir en el papel impreso hace ya casi 85 años, en vísperas del traslado de los restos de los próceres insurgentes de la Catedral Metropolitana a la Columna de la Independencia. Pero para hablar  del asunto primero veamos qué es eso de andar volando:

“Volar” es cruzar esa franja que separa al buen periodismo de la literatura; rara vez los efectos son estrictamente noticiosos,  eso sí, son de un dramatismo muy llamador. Hay “voladas” memorables, como la de aquel reportero que llegó a su periódico con una espléndida crónica de la escenificación de la Batalla del 5 de Mayo allá en el Peñón… misma que se había suspendido. 

Los reporteros que vuelan han inventado asesinos de delincuentes y extraterrestres, y eso por hablar de los casos más llamativos. Cuando entre los del gremio leemos una nota muy desplegada, que a la hora de una revisión minuciosa, le faltan elementos que sustenten lo escrito, algunos dirán que se trata de “una nota muy volada”.  Cuando alguien empieza a dejar que le suba el nivel de invención en la sangre, algún colega le dirá: “¡¡estás volaaandooo!!”. Aún andan por allí algunos personajes que llevan volando una buena porción de años; el detalle es que sus creaciones aparecen en los periódicos, en los noticieros de radio o televisión; no son carne de novela. Lo suyo es la noticia que impacta, que emociona, que engancha al lector.

A veces, en el trabajo cotidiano hay algún indicio de nota, una semilla, un pequeño dato; a veces, con ese mero indicio, el reportero busca a alguna de sus fuentes para redondear el asunto, para que la invención tenga, al menos, cimientos interesantes que eviten el oso del desmentido. “A esto se le llama volar con instrumentos”, me dijo una vez, con un guiño,  un amigo muy querido, una tarde que estábamos construyendo la nota principal de una sección.

Toda esta explicación antropológico-gremial es necesaria para entender lo que pasó con las voladas de Jacobo Dalevuelta. A la hora de pensar en lo que ha sido este siglo, esta es una de las historias definitivamente divertidas que hay que rescatar.

DE CÓMO DALEVUELTA CONCLUYÓ QUE LOS RESTOS DE MORELOS HABÍAN SIDO ROBADOS

De un “posiblemente”, de un “a lo mejor”; de un “es posible que…”, se sigue, para decirlo en buena lógica, cualquier cosa. La historia de Dalevuelta y los restos de Morelos es un ejemplo cabal de ello.  De un “posiblemente”, Alguna vez, platicando del tema con mi buen amigo Humberto Musacchio, él me decía con una especie de bondad, no exenta de ternura hacia esos reporteros de 1925, que a lo mejor no eran precisos como instrumentos de medición, pero que tenían una pasión por su oficio que hoy, muchas veces, se echa de menos: “piensa que esos reporteros no tenían más que papel y lápiz para trabajar”. Entre eso, la sed de la notoriedad periodística inherente a todos los del gremio, el estilo periodístico de aquellos días, y el juicio apresurado, es que se fabricó esta sensacional volada sobre los restos de José María Morelos.

Respecto a lo que ocurrió con los despojos mortales del cura de Carácuaro hay dos momentos. El primero, el origen de la leyenda urbana según la cual, el hijo de Morelos, Juan Nepomuceno Almonte, que pareciera haber necesitado ayuda siquiátrica para resolver sus conflictos con la figura paterna, se habría llevado los restos de la cripta de la Catedral para hacer con ellos “algo” que a la fecha sigue siendo motivo de especulación: las hipótesis abundan. Desde aquella idea que tenía don Ernesto Lemoine acerca de los restos arrojados al mar, hasta las versiones mucho más sólidas acerca de cómo se revolvieron los restos de todos los insurgentes trasladados a catedral en 1823.

El segundo se refiere a estas curiosidades del gremio periodístico, donde “volar” puede convertirse en todo un arte. Y, aunque entre gitanos no nos leemos la buena ventura, lo cierto es que la hazaña de Dalevuelta merecería formar parte de una antología con las grandes puntadas del periodismo de este país.

DOS PALABRAS ACERCA DE JACOBO DALEVUELTA

Jacobo Dalevuelta (Oaxaca, Oax.,1887-Ciudad de México,1953) es un personaje interesantísimo. Sobre él,  el Diccionario de Seudónimos, Anagramas, Iniciales y otros Alias, de María del Carmen Ruiz Castañeda y Sergio Márquez Acevedo (UNAM, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 2000) dice que tenía por apodo “Machín”, porque fue el primer reportero que usó una máquina de escribir portátil (o sea, “Machín”, de “machine”). Otra versión indica que llegó de su natal Oaxaca ya con el apodo y que se refería a su manera de ser.

Hacia 1904, se sabe que escribía en una revista deportiva oaxaqueña, El Secre. En septiembre de 1907 ya trabajaba como mecanógrafo en El Imparcial de la ciudad de México. Durante la Revolución trabajó como corresponsal de varios diarios, entre ellos El Imparcial.

En 1919 comenzó a trabajar como reportero de El Universal (el mismo que hoy conocemos por ese nombre); en 1922 ya era jefe de redacción.  Además de reportear, escribía la crítica de libros. El diccionario Milenios de México de Humberto Musacchio afirma que, en El Universal, Jacobo Dalevuelta fue jefe de información.

Se interesaba por asuntos históricos y formó parte del comité organizador del Primer Congreso Nacional de Historia Patria (1933). Fue, varias veces, secretario del Sindicato Nacional de Redactores de la Prensa. Hay noticia de que también escribió en otros periódicos: El País, El Independiente, El Hogar, El Demócrata y El Universal Ilustrado.

Escribió varios libros. A continuación, algunos títulos: Oaxaca: de sus historias y sus leyendas (1922), Desde el tren amarillo (1924) La odisea de los restos de nuestros libertadores (1925 y sobre el cual volveré más adelante); El canto de la victoria: escena chinaca en 1867 (1927); Nicolás Romero, un año de su vida (1929), Estampas de México (1930), Vicente Guerrero, síntesis de su vida (1931). En coautoría con Manuel Becerra Acosta padre, compiló  las Visiones de la Guerra de Independencia (1929, reeditado en 1982 por el PRI).

Dice además el Diccionario de Seudónimos que el nombre “Jacobo Dalevuelta” es una traducción de otro seudónimo, usado por el escritor francés Anatole France (1844-1924): “Jacques Menetrier”, que también es personaje de algunas de las obras del propio France. Hurgando en el tema, el “Dalevuelta” (traducción poco exacta y que se refiere a “dar vueltas” como en un rosticero) del personaje de France, no acaba de convencer.

Me parece más verosímil que el seudónimo de Dalevuelta provenga de otra más de las costumbres del periodismo mexicano: cuando a algún medio “se le ha ido la nota”, es decir, se les ha escapado divulgar o publicar una información relevante porque el reportero estaba practicando el sutil arte de chiflar en la loma, el intenso deporte de papar moscas o de plano estaba tan agobiado en cubrir seis o siete fuentes al mismo tiempo (como parece que se empieza a estilar en algunos medios), de tal modo que, inevitablemente, alguna vez, otros medios ganan la nota.

Entonces, a modo de curita, para restañar el orgullo herido del medio en cuestión, para no fingir demencia y no dejar de publicar la información importante, alguien habrá en la redacción que diga: “dénle la vuelta a la nota (algo así como cambiarle el look, reescribirla, modificarla en lo superficial) y métanla (a la edición o programa del día siguiente)”. Eso es “darle la vuelta a una nota” y creo que el nombre ficticio del reportero Ramírez de Aguilar  tiene mucho más que ver con este otro rasgo del folclor periodístico mexicano.  (Continuará….)




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