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Jul
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Muerto y bien muerto: esas leyendas acerca de Maximiliano indultado.

El fusilamiento de Max y sus compañeros "fieles guerreros", Mejía y Miramón.

El fusilamiento de Max y sus compañeros “fieles guerreros”, Mejía y Miramón.

Se cumplieron ya 12 años desde que una leyenda salvadoreña vino a alborotar el gallinero del  imaginario histórico mexicano, sembrando la #PerraDuda acerca de la mortalidad del buen Fernando Max de Habsburgo, archiduque austriaco del que, hasta 2001, nadie tenía duda de que  murió fusilado un 19 de junio de hace  146  años. Parece mentira que, tanto tiempo transcurrido desde la primavera de 2001, cuando un cable de la agencia española EFE, -que, tratándose de asuntos mexicanos no siempre es lo rigurosa que manda el canon periodístico- pusiera a circular una información que, pese a lo rebatida y desmentida en su momento,  se quedó atorada en las telarañas de nuestra cultura política colectiva, tan dada a imaginerías, escepticismos y profundamente adoradora de conspiraciones y engaños masivos.

No es nada nuevo esa tendencia nuestra a desconfiar de todo, por todo y para todo. Forma parte de nuestros comportamientos con respecto a nuestra vida política y a nuestras interpretaciones de los hechos. Desde que a fines del siglo pasado se efectuaron las primeras mediciones y encuestas dirigidas a entender la barroca, atrabancada y atrabiliaria cultura política mexicana, nos quedó muy claro que, en términos generales,  mientras más oficial parezca una afirmación, más fuerte es la tendencia a no creerla; mientras más  versiones sobre un hecho histórico haya, tanto mejor para esta alborotada conciencia colectiva que, ipso facto, adoptará como propia la que menos se acerque a lo que hemos aprendido en el aparato formal educativo.

Y si se trata de una versión complicada, con toques de inverosimilitud y, a veces, decididamente despegada de la realidad, tanto mejor, porque ganará adeptos que, a lo largo de los años, la repetirán a los no enterados  con el aire de suficiencia de quien comparte el contenido de una conspiración para derrumbar todo el andamiaje del “pasado oficial”.

Entre desmitificadores te veas. El chisme del supuesto y oculto perdón de Juárez a Maximiliano, que habría mandado al austriaco a vivir el resto de sus días a la ciudad centroamericana de San Salvador, goza de cabal salud a pesar de todas las ocasiones en que ha sido desmentido por historiadores profesionales. Leyendo las ENCUP (Encuesta Nacional de Cultura Política), me queda claro por qué una especulación de tal envergadura sigue vivita y coleando una docena de años después de aparecido en tierra mexicana.

No debiera extrañarme, lo admito. Si la especie del presunto robo de los huesos de Morelos flotó en nuestra cultura por espacio de 85 años, llegando hasta la proposición de hipótesis, por decirlo de modo educado, delirantes (como esa idea de que Almonte, por pura gana de joder, arrojó al mar los restos de su santo papacito), no veo por qué la historia de Maximiliano sobreviviente y oculto en Centroamérica no podría persistir una docena de años.

Debo admitir que me choca recibir correos de conocidos -que no saben de mi participación en aquel chisme de 2001- donde me vuelven a contar el asunto del famoso señor Justo Armas que se murió ¡de 104 años! en San Salvador y al que todos daban por Max sobreviviente y perdonado por Juárez.  No sólo me lo vuelven a contar; me lo tallan en el rostro con la prosa de quien ha hecho un descubrimiento de magnitudes desproporcionadas, y del cual yo no me he dignado ocuparme lo suficiente por despistada o por escéptica o por no querer entender que,venga de donde venga, una versión “alternativa”, “oculta” “no oficial” de los hechos, es siempre la buena, debido a la perversa conspiración del Estado Mexicano, empeñado en que los ciudadanos no nos enteremos de lo que “realmente” ocurrió con Max, con Carlota, con don Benito o con los perros del Castillo de Chapultepec.

Por eso, terminado el mes de junio, cuando se cumplieron 146 años de que mandaron al buen Fernando Max a criar malvas -me encanta esta expresión española-, cuento la historia como brotó en el concierto nacional, porque pese a la tinta corrida sobre el tema, pese a la cautela de unos, el disimulo de otros y al intento de no comprometerse de algunos más, ahí sigue, como mosquito incómodo que vuelve a salir a la menor provocación, el chisme de marras que vuelve a don Benito  un masón solidario con su similar austriaco, al que le perdona la vida, mientras ordena fingir un fusilamiento y un embalsamamiento fallido, repetido y tragipatético.

UNO. MI HISTORIA PERSONAL. Ocurrió en el año 2000. Estaba en la reinauguración del Alcázar del Castillo de Chapultepec, recién mejorado, restaurado y embellecido. En el numerito me encontré a un personaje que empezaba a ser mi amigo: José Manuel Villalpando. Hicimos juntos el recorrido de las salas nuevamente abiertas al público. Cuando yo contemplaba el comedor utilizado por donPorfirio, Villalpando me susurró: “¿qué me dices si te digo que Maximiliano no se murió en Querétaro?”

A continuación me contó una breve versión de esta historia, ahora conocida por muchos, pero de la cual, en aquellos días, nadie hablaba: un señor salvadoreño lo había ido a visitar en algún momento, llevando entre las manos este asunto. El señor, de nombre Rolando Deneke, había tocado diferentes puertas de historiadores para narrarles este asunto de Maximiliano perdonado por Juárez y establecido en San Salvador, donde había -y dicen que hay- una casa, la que fue de este Max resucitado, lleno de objetos imperiales: mobiliario, retratos, cuadros, objetos de arte y demás.

El detalle es que, como era previsible, todos esos historiadores a los que según Villalpando había acudido Deneke, lo habían mandado por un tubo. Solamente una persona, el propio Villalpando, se había tomado la molestia de escucharlo. Ignoro las circunstancias, y los referentes de esa expresión tan ambigua: “los historiadores” a los que se remitía, pero Villalpando aseguraba en ese entonces, que había visto la casa, en San Salvador, donde se conservaban los objetos provenientes del Segundo Imperio Mexicano.

Si era o no era algo que pudiera probarse, en esa oportunidad José Manuel Villalpando no fue muy a fondo. Si lo había hecho antes, parece probable, aunque lo cierto es que era solamente eso, una plática en el Castillo de Chapultepec, en un día en que, gracias a los intensos vientos, la vieja Tenochtitlan parecía una vez más la región más transparente del aire.

La historia no fue más allá, una curiosidad apenas para conversarla en casa y guardarla en la caja de esos datos que un día le sirven a cualquier periodista.

DOS: EL MITOTE PERIODÍSTICO.

Tal vez unos ocho o 10 meses después, en los últimos días del invierno del 2001, me llamaban de La Crónica de Hoy, periódico al que me unen lazos fraternales y para el cual, en aquellos días, hacía colaboraciones especiales para la sección Cultura.  Espulgando los materiales de las agencias de noticias para la edición del día siguiente, se habían topado con un cable de la agencia EFE, que “noteaba”, es decir, convertía en nota, un material publicado por el diario español y que ponía, en blanco y negro, por una fuente diferente a la mía, la historia de Maximiliano escapado de la muerte y convertido en el extraño señor Justo Armas.

El diario ABC de Madrid, en su edición del 9 de marzo de 2001 publicaba el reportaje firmado por Rosa Valdelomar, quien no hablaba de la probable revelación histórica, sino que tomaba toda la información de una novelita recién publicada en España, “La Tierra Ligera”, de Ediciones La Discreta, y de la autoría de un señor aparentemente dedicado a la diplomacia, llamado Santiago Miralles, y que habría obtenido el grueso de la información en la que se basaba la novela, de boca de Rolando Deneke.

Sin saber el relajo que se iba a armar a partir de su nota, Rosa Valdelomar abundaba en detalles: quince años le había llevado a Rolando Augusto Deneke reunir los elementos que juzgaba probatorios de que Justo Armas y Maximiliano de México eran una sola persona.

El nombre del personaje venía, según la nota, de  “un  comunicado” de Benito Juárez, donde se indicaba que Maximiliano “había sido pasado justo por las armas”. Por otro lado, describía, a partir de la novela de Miralles, cómo este extraño personaje se había establecido en la alta sociedad de la capital salvadoreña, que nunca contaba de dónde venía y quién era su familia, que era responsable del protocolo de la cancillería de aquel país, que dirigía los banquetes diplomáticos y que tenía un negocio de banquetes, o algo parecido.

La nota del ABC continuaba: Justo Armas no contaba de su pasado sino que era sobreviviente de un “gran naufragio”; siempre andaba descalzo,  en cumplimiento de una promesa hecha ” a la Virgen” si conseguía salvarse de un gran peligro de muerte. Según los datos de Deneke, la presencia de Armas en el Salvador podía documentarse desde 1870; el hombre  había sido semiadoptado por la familia del vicepresidente y canciller salvadoreño de entonces, Gregorio Arbizú,que además era masón.

Este es el punto que explica, desde aquella nota de 2001, la historia del salvamento de Max, que estaría basado en la masonería del archiduque y del presidente Juárez; un pacto de no agresión entre “hermanos masones” que propiciaría fingir un fusilamiento, parodiar un embalsamamiento fallido del que ya hemos hablado y realizar otro embalsamamiento de un cadáver cualquiera de tantos que había en Querétaro para tener un cadáver apenas identificable, construir el engaño y dejar a todo mundo contento: a Max lejos del mundo y de las broncas inmensas que debería afrontar en caso de haber vivido, a los liberales republicanos de México satisfechos por haber echado al usurpador  y a Benito Juárez con su honor masónico sin mancha por haber mandado al paredón a un correligionario.

Esto decía el cable de EFE glosando al ABC. Agregaba los datos que desde entonces se han repetido por los aficionados a las conspiraciones y en los que, piensan algunos, se da solidez a esta historia: que para 2001 Deneke ya había conseguido exhumar a Justo Armas y había tomado una muestra destinada a realizar pruebas de ADN, contrastables con muestra de sangre de dos mujeres del siglo XXI, pertenecientes a la casa real austriaca. Sea quien sea el señor enterrado en San Salvador, sí es un Habsburgo.

La nota aseguraba que Deneke había promovido estudios grafológicos que señalaban similitudes entre la caligrafía de Max y Armas. se dijo, en aquel momento, que Deneke también había auspiciado un estudio antropológico cráneofacial, hecho por una antropóloga costarricense, que mostraba las similitudes, parecido familiar, vamos, entre Max, Armas y el emperador Francisco José.

La parte donde la cosa ya comenzaba a volverse volada periodística, especulación y suposiciones afirmaba que en los últimas semanas de vida de Maximiliano había el propósito de alejarlo de la mirada de los republicanos y de los queretanos. Desbarraba ya Rosa Valdelomar y la novelita de Miralles cuando escribió que para fusilar a Max se había reunido a” un grupo de  campesinos que nunca habían visto al emperador”. Como la mayor parte de los mexicanos de la época, por cierto.

TRES: LAS PRIMERAS CONSECUENCIAS.

Eso era lo que decía el cable de EFE, como me lo contaron los compañeros de la Crónica y como lo iban a publicar. Después de aquella llamada, me dediqué a localizar a José Manuel Villalpando para contarle el hecho, con la idea de que él, el único historiador que estaba al corriente de la aventura de Deneke pudiera dar una entrevista. Como suele ocurrir cuando algo no le interesa demasiado, Villalpando me dio educadamente el avión y decidió esperarse hasta el día siguiente para ver publicada la nota.

Al día siguiente, publicada la nota, fue él quien me llamó por teléfono: “me urge que me entrevistes”. Efectivamente, lo entrevisté. Aunque consideró todos los datos recién conocidos por  los mexicanos como “sugerentes”, advirtió que no eran concluyentes. Villalpando se asumió como vocero de Rolando Deneke en México, dando a entender que había hablado con él a raíz de la publicación de la nota del ABC.

En su narración de 2001 Villalpando fue más preciso. Aseguró que sabía de las indagaciones de Deneke desde 1996, y que el salvadoreño llevaba mucho más tiempo metido en sus averiguaciones. Y otro punto importante: cualquier obra que no viniese de la pluma de Deneke no era sino un “pirateo” de todos los trabajos del centroamericano, refiriéndose a la novelita noteada por el ABC.

Incluso, en aquella entrevista, Villalpando aseguró que Deneke estaba “muy molesto”, pues nunca había autorizado -ni sabía, pues- cualquier trabajo literario a partir de sus investigaciones. Nunca lo había llamado gente del ABC, y desde luego que desautorizaba  el contenido de “La Tierra Ligera” por una sencilla razón: la investigación aún no era concluyente.

Las reflexiones de Villalpando, en aquella entrevista, se centraron en lo que debería hacerse con las pruebas de ADN: precisó que los análisis promovidos por Deneke debían repetirse, pues, aunque databan del año 2000 y mostraban semejanzas de 80 y 90% entre  las muestras de las nobles austriacas y lo que quedaba de Armas, esta última contaminada porque, al morir el buen señor, en las primeras décadas del siglo XX, lo habían sepultado -simpática paradoja- sin embalsamar.

Y al problema de los análisis del ADN se sumaban dos elementos importantes, en opinión de Villalpando: primero, tenían que tratarse de los “Habsburgo adecuados”,  es decir, de los Habsburgo-Wittelbach, la línea de la madre de Max y tía de Sissi, la archiduquesa Sofía. Segundo, más importante: la necesidad de contrastar la muestra Justo Armas con una muestra obtenida del cadáver depositado en la cripta de los capuchinos en Viena. Villalpando,como era su costumbre hace tantos años, se iba hasta la cocina con sus propuestas que a más de tres, en ese entonces, les parecieron demasiado audaces,porque recurrían hasta a recuperar, de coleccionistas mexicanos o de las bodegas del Museo Nacional de Historia muestras de cabello y barba del pobre Max.

Cabe agregar dos cosas: uno, no puedo dejar de pensar que, si Villalpando tenía tan claro lo que podía hacerse para verificar o no la historia de Deneke, se hubiera embrollado tanto con los restos de los insurgentes cuando le cupo en suerte ser (des)coordinador del desmadre bicentenario. Dos, que Rolando Augusto Deneke jamás concedió una entrevista a raíz del numerote que se armó en México. Nunca contestó a mis numerosos correos y tampoco contestó cuando marqué el número telefónico que conseguí. Hace poco, Villalpando ha dicho que Deneke ha muerto. Y la investigación se quedó donde estaba hace 12 años. Y aún así pegó en nuestro desconfiado imaginario colectivo, que es donde sigue, porque nadie, ni en España, ni en El Salvador, se ha despeinado por ello.

PISTAS HEMEROGRÁFICAS

Para los públicos no especializados, la nota aquella del presunto perdón oculto a Maximiliano, funcionó como aventar una granada en un gallinero. Y vean, ahí sigue el asunto, rodando, ganando adeptos, nomás por ser una “versión alterna” a lo establecido, escrito, abordado una y otra vez. En tierra de desconfiados, lo “oficial” huele a chamusquina.

De aquel cable de EFE publicado por Crónica se derivaron algunas notas cuyas referencias agrego para el interesado en el tema:

*VIERNES 9 DE MARZO DE 2001.- La Crónica de Hoy publica un cable de la agencia EFE donde revela que Maximiliano pudo haber sido perdonado secretamente por Benito Juárez y haber vivido hasta los 104 años de edad, bajo el nombre de Justo Armas.

* SÁBADO 10 DE MARZO DE 2001 .- Entrevista a José Manuel Villalpando, donde se hace vocero del disgusto de Deneke sobre la publicación de “La Tierra Ligera”.

MIÉRCOLES 14 DE MARZO DE 2001: Silvio Zavala, José Luis Martínez y Nicole Giron descalifican las indagaciones de Deneke y le aplican calificativos que van desde “cuento” hasta “linda leyenda”.

JUEVES 15 DE MARZO DE 2001.- Fernando del Paso subraya la incompatibilidad entre la masonería de Maximiliano y la de Juárez ,la imposibilidad de “disfrazar” a Max para sacarlo de Querétaro y califica las ideas de Deneke como “hechos imposibles”. El investigador Orlando Ortiz señala la ausencia de sustentos documentales en la información que se conoce obre Justo Armas que pueda darle solidez.

SÁBADO 17 DE MARZO DE 2001.- Al grito de “Investigar asuntos históricos no lo puede hacer cualquiera así, nada más”, la actual directora del INEHRM, Patricia Galeana, tacha de “inverosímil” y “fantasía” las hipótesis de Deneke.

LUNES 19 DE MARZO DE 2001.- El investigador austriaco Konrad Ratz señala la abundancia de testimonios de la muerte de Maximiliano y la imposibilidad de una fuga del emperador. La frase que me dijo en aquella ocasión es el título de esta entrada: “El 19 de junio de 1867, después de las 7 de la mañana, Maximiliano de Habsburgo estaba muerto y bien muerto”.

MARTES 20 DE MARZO DE 2001.- La nota salta a otros periódicos. José Manuel Villalpando, en Cronoscopio, la sección de divulgación histórica que mantenía con Alejandro Rosas en el periódico Reforma, sintetiza todo lo dicho en la entrevista que me dio el 10 de marzo, y aún cuando insiste en la ruta que debieran tener los análisis de ADN, no oculta su entusiasmo por las hipótesis de Deneke. Sugiere que elsalvadoreño dé a conocer los estudios grafológicos que dice tener. “No hay nada más emocionante que la historia, la que se supone ya escrita, de vez en cuando dé sorpresas como esta”, escribe. Me imagino que esta frase debe haberle restado más puntos en su ranking de popularidad entre los historiadores adscritos al mundo académico, donde, es preciso decirlo, nunca le han querido demasiado.

MIÉRCOLES 21 DE MARZO DE 2001.- Katia D´Artigues, en Milenio, recoge el tema y lo consigna. Frivolona y superficial como siempre ha sido la mayor parte de su columna, D´Artigues no se complica la existencia y concluye “a esta columna, verdad o no [y que se pudran los historiadores. Nota de la R.] le encanta la leyenda. Y propone creer que  es en El Salvador donde viven o vivieron Max, Pedro Infante, Elvis Presley y de paso, Mario Villanueva”. Profundísimo.

EPÍLOGO

Casi un mes después de este relajo, Excelsior puso la cereza del pastel. Su corresponsal en Madrid encontró al tal Santiago Miralles y lo entrevistó. El resultado fue una plana entera en letra de 10 puntos, cabeceada así. “Justo Armas sí era Maximiliano: Miralles”. Según el autor de la novela que desató el mitote, Deneke -que seguía sin hacer acto de presencia- se disponía a presentar, como un ensayo histórico, su trabajo de investigación. Eso nunca ocurrió.

Miralles, que como diplomático vivió en el Salvador, tuvo tiempo de enterarse de todo el asunto. Luego, habló de una abundante correspondencia sostenida con Deneke, donde el salvadoreño le acabó de soltar toda la historia. Agregó que Deneke tenía en su poder el diario de Justo Armas y que le había mostrado a él parte del análisis grafológico.

Las declaraciones de Miralles  parecen perseguir el fin de suavizar el hecho, completamente gandalla, por donde se quiera ver, de que tomó todo lo que le había contado Deneke para hacer su novela, donde, insistió, hay muchas cosas de ficción y faltaban los logros recientes de Deneke, como los resultados de las pruebas de ADN.

Con ese afán, Miralles reclamaba que “la historia de Rolando Deneke merece una oportunidad” y agregó que ” a mí me gustaría que antes de enjuiciar su tesis, o que se apresuraran a descalificarlo, los académicos y especialistas mexicanos trataran de informarse mejor acerca de lo que tiene Rolando Deneke entre sus manos”.

Como puede verse, eso no ocurrió. La historia de Deneke fue apaleada en los círculos académicos y el que fue más generoso con ella, José Manuel Villalpando, todavía le sigue jugando a reconocer el atractivo del tema, pero a no acabar de comprometerse o descomprometerse con la historia.

En este fandango doméstico, Rolando Augusto Deneke no asomó la cabeza ni por casualidad.Nunca dio entrevistas para bien ni para mal, nunca concretó aquel ensayo que dijo Miralles, y nunca se conocieron en México los estudios que había promovido y costeado. Sin haber movido un dedo, su historia cayó en la tierra fértil del proverbial sospechosismo  mexicano, que es donde permanece. Porque a estas alturas, doce años después, solamente Konrad Ratz se ha concentrado en aportar más elementos para probar que, en Querétaro, Fernando Max se quedó muerto y bien muerto.

El Cerro de las Campanas después del fusilamiento, como lo dibujaron y fotografiaron en ese junio de hace 146 años.

El Cerro de las Campanas después del fusilamiento, como lo dibujaron y fotografiaron en ese junio de hace 146 años.
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6 Responses to “Muerto y bien muerto: esas leyendas acerca de Maximiliano indultado.”


  1. 1 Antonio Fuentes
    julio 10, 2013 en 4:56 pm

    Maestra Bertha: Definitivamente hacía falta la historia completa de este evento de imaginería. Fíjese que Manuel Villalpando, como no queriendo, pero muy gustoso de comentarlo, platicó en su programa “El siglo XIX”, que se transmitía por Radio ciudadana los domingos, la historia de Justo Armas; aclarando desde luego que era una fábula, pero audiblemente desilusionado de que la casa real de Austria hubiera negado la muestra del cadaver del pobre Max, dando con ello por terminada toda posibilidad de comprobar lo incomprobable. Fue más allá: habló del “Yucatán”, el velero de Maximiliano que llevaba su menaje, en tiempos ya de resuelta huida, y que se cree oficialmente naufragó en el caribe. El historiador (nunca antes mejor aplicado el nombre, porque ¡qué historias se aventaba!), dijo que el buque en realidad puedo haber enfilado secretamente hacia El Salvador y con ello redondeaba la posibilidad de esta novela.

    Personalmente me interesé en el tema y busqué en la red la historia. En la página que el maestro Villalpando tenía, había una pequeña monografía con el supuesto. Ya no está abierta. Queda en cambio, el testimonio de una bien conservada señora de muchos años que dice haber conocido al famoso señor Armas. Basta poner en Youtube “Justo Armas” para conocerla.

    Nos falta, para concluir, que nos cuente la historia final del templo en el que fue velado el empeorador de México, que según otra leyanda, o quizá ésta no lo sea, fue derribado en una noche para evitarle a los conservadores la existencia de un templo de peregrinaje monárquico. Ya ve que a los tradicionalistas les encanta la necrofilia, con momias (y huesos de venado) paseantes, que se alquilan y pierden y todo eso.

    Un poco más en serio, en su libro tradiciones y costumbres de México, de Ignacio Manuel Altamirano, hay relatos interesantes sobre los cemeterios de la ciudad de México y el día de muertos. Me encanta especialmente el que habla del panteón Francés y de su pariente paupérrimo, el de la Piedad. Haber si nos habla de ellos un día.

    Un abrazo. La escucho el sabado. Seguimos.

    • 2 Bertha Hernández
      julio 10, 2013 en 6:18 pm

      Mi querido don Antonio: con esta historia creo haber cumplido parte del compromiso hecho con usted, ya hace meses, de contar el asunto de Justo Armas, que, antes de 2001, a nadie le daba por comentar, porque no existían referencias del tema, señal de que el asunto nunca se ventiló, ni se llegó a barruntar por nuestros decimonónicos, circunstancia muy diferente a la de la leyenda de los restos de Morelos, que, aún cuando ya sabemos que no había manera de que nadie se los robara, porque desde muy temprano se les revolvieron, había el sordo rumor de que Juan Nepomuceno Almonte se los había escamoteado a la Catedral Metropolitana. Inventos ambos, uno más viejo que otro, pues el famoso Jacobo Dalevuelta, personaje de este reino, inició sus pesquisas recogiendo el chismecillo, que seguramente era añejo, y que nadie, en 1895, cuando depositaron la colección de huesos insurgentes en la capilla de San José, se tomó la molestia en desmentir, pues en esos días era evidente que los restos estaban absolutamente revueltos.
      Nos falta la historia de San Andrés, que pronto estará por acá. Y en cuento a los cementerios dela calzada de la Piedad, tendremos historias. La del cememterio que hoy día es un parque donde juegan niños es una historia que merece contarse, tanto por rescatar la manera en que la ciudad ha ido creciendo, como para mostrar lo que ocurre con un sitio que se deja al abandono y al desmoronamiento.
      Un abrazo, acá seguimos.
      Bertha.

  2. 3 Eduardo Suárez
    julio 10, 2013 en 6:41 pm

    Ya había escuchado la historia pero no conocía las peripecias que la misma había tenido en la prensa, muy proclive por cierto, a transformar las secciones culturales en un chismorreo digno de cualquier vecindad.

    Curiosamente apenas hace unos días Excélsior sacó un artículo sobre la “familia real” de México exiliada actualmente en Australia y representada por Maximilian Von Götzen-Itúrbide, no sé si usted esté de acuerdo conmigo -y si no lo está, me gustaría me pudiera quizás dar su opinión- de que mucha de la nostalgia, si cabe la palabra, por el imperio de Maximiliano está sobrealimentada por la muy pero muy comercial corriente de “¿historiadores?” como Martín Moreno o Zunzuneguí. Dicen que una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad… Sólo espero que este dicho no aplique en este particular caso.

    Saludos, siempre es un placer leerla, dejo el link de mi blog por si gusta dejarme alguna opinión: http://www.hojavolante.blogspot.mx

    • 4 Bertha Hernández
      julio 11, 2013 en 2:51 am

      Estimado Eduardo: gracias por detenerte en este Reino para leer la historia de esta leyenda salvadoreña que adquirió carta de naturalización en México. Leí la nota de Excelsior, donde me parece que el primer nostálgico es el que la escribió, y me parece uno de tantos resabios de nuestro accidentado pasado, que, 146 años después de la caída del segundo imperio, hasta absurdo parece que el siglo y medio de república consolidada no haya bastado para desvanecer el tema y provocar un pequeño revuelo doméstico, mucho más pequeño, por cierto, que mi historia de 2001. No somos el único caso con “familias reales” fuera de la jugada, pero lo cierto es que sí padecemos una peculiar enfermedad: la nostalgia de lo nunca vivido, la añoranza de una nobleza quizá menos improvisada que el conde de Lemonade o el duque de la Marmelade (innecesario traducirlos) inventados por el haitiano Henri Christophe, pero no menos “de nuevo cuño” en comparación con las viejas familias de la nobleza europea.
      Esa nostalgia de lo nunca vivido, que le leemos con alguna frecuencia a ciertos “desmitificadores” del pasado, tiene sus altibajos y sus niveles de seriedad. Quienes hayan leído a personajes como Luis Reed o Salvador Abascal (padre) verán que hay un discurso católico y de fuerte aliento monárquico que aún profesa un cierto sector -minoritario, ciertamente- de los mexicanos.
      Francisco Martín Moreno y Juan Miguel Zunzunegui se cuecen aparte. Abascal -de hecho, cualquiera de los Abascal- puede resultar polémico, y Luis Reed decididamente maximilianista, pero a ninguno se le puede tachar de ignorante. Los dos personaes que mencionas son, solamente, vendedores de espejitos: uno, Francisco Martín Moreno, porque sus trabajos históricos van desde el fusil descarado -detectable en Las grandes traiciones de México- hasta el inventar fuentes y libros de consulta que no existen, proclamarse descubridor de cosas que los historiadores conocen desde hace décadas y cometer pifias que solamente se explican por una vasta -y basta- ignorancia histórica. Algunos de sus rollos han merecido densas apaleadas propinadas por historiadores de mucha valía como doña Josefina Zoraida Vázquez o el padre Manuel Olimón, rigurosos investigadores que, cuando se trata del personaje en cuestión han sido despiadados: el sujeto inventa. Así de simple. Yo dejé de leer sus cosas -hay que leer de todo,ni modo- después del tabique que armó a partir de la autopsia de Álvaro Obregón, documento que uno de los testigos, el célebre criminólogo y médico forense, Alfonso Quiroz Cuarón, desestimó por su chapucería.
      Un escalón más abajo, está Zunzunegui, cuyo diagnóstico es mucha ideología, poca historia y menor rigor de investigador. En él hay, al menos en sus malísimas novelas históricas, un afán constante de reivindicar a Iturbide libertador, quizá más que Iturbide emperador. Cuando le tocan el tema, se pira un poco y el discurso se vuelve atrabancado y atropellado, más centrado en denostar la figura de Hidalgo que en analizar con serenidad el pasado. Su posición es la de un reivindicador visceral, con poca información. Su discurso es ya muy sobado y no es el único en repetirlo: hemos vivido engañados y la “verdadera historia” está en otro lado. Ese es el tópico del cual vive, pues, incluso, imparte un curso con las “grandes mentiras de nuestra historia”, y, para colgarse títulos tan rimbombantes, se me hace que solamente le ha tomado prestado el título a Bulnes y no se ha tomado la molestia de leerlo.
      Me dan infinita flojera los índices de sus libros de ensayo, demasiados lugares comunes y rollos reiterativos; he leído dos de sus novelas -porque me las regalaron e iba a participar en un encuentro donde los dos dialogaríamos- y todas están llenas de cosas que no puede probar, de claros errores históricos, y de un persistente empeño por poner, en boca de personajes nacidos en el siglo XVIII y que viven la última etapa de sus vidas en el XIX, argumentos y rollos de un universitario del siglo XXI.
      Lo curiosos es que ninguno de estos dos personajes, me parece, se asumiría como “de derecha”, de esa vieja derecha católica, hispanista y monárquica. Y sin embargo, sus reivindicaciones vienen de esa derecha. Pero no se han enterado. Tales son los riesgos de la ignorancia.
      Tal vez lo de la nota de Excelsior dé para una entrada en este blog. Prometo darle más pensada al asunto.
      Un abrazo,
      Bertha.

  3. 5 jose luis
    marzo 7, 2016 en 9:27 pm

    El gobierno de Benito Juárez negoció el indulto a cambio de condonar la deuda que tenia México con Francia. Ademas ya existía fotografías de Maximiliano en el Poder, por que no se fotografió el fusilamiento?, la fotografía del supuesto cadaver se le ven las manos morenas, los ojos chuecos, y cabe perfectamente en la caja mortuoria, existen varias fotografías del supuesto Emperador fusilado que no se parecen entre si. Fue una desaparición forzada

    • 6 Bertha Hernández
      marzo 8, 2016 en 2:29 am

      Estimado José Luis: le agradezco la visita a este Reino No hay tal negociación de condonamiento de deuda. Recuerde que el Imperio cae precisamente porque Napoleón III retira el apoyo, financiero y militar al proyecto de Maximiliano. Así se acaba lo que en Francia se conoce como “la expedición mexicana”. Efectivamente, ya había bastantes fotografías de Maximiliano en el formato de tarjetas de visita, pero no se permite que Francois Aubert fotografíe el fusilamiento por no convertir al emperador y a sus generales en mártires. Aubert presencia la ejecución pero solamente hará, más tarde, un boceto del cadáver envuelto en vendas. Después, le permiten fotografiar las ropas ensangrentadas y agujereadas del emperador. ¿por qué no lo fotografían? De nuevo: por no fabricar una imagen que se conviertiría en materia de culto para los conservadores y monarquistas en derrota.
      En cuanto a la foto que usted menciona, le aclaro que no es una foto del cadáver de Maximiliano. Mucho tiempo creímos en México que lo era. pero se trata de un error de catalogación de la Biblioteca Nacional de Francia, que posee el original de esta foto etiquetada como perteneciente al cadáver de Maximiliano. No sabemos desde cuándo existía esa clasificación errónea, pero sí sabemos quién la trajo a México: fueron los investigadores de Editorial Clío, hacia 1992-1993, cuando hacían el levantamiento iconográfico para los libros de la serie “Porfirio”. Así vino a México esa foto y ha sido uno de los elementos preferidos de los que gustan de jugar con la leyenda del perdón a Maximiliano. Pero mire lo que son las cosas: el año pasado, y gracias a las redes sociales, se deshizo el equívoco. Se trata de un presidente paraguayo del siglo XIX que murió asesinado. Ese tipo de indagaciones no se podían hacer con facilidad ni en 1993 ni en 2001, cuando corrió en México el chisme de Justo Armas, que si tiene paciencia, puede conocer en su origen en este mismo blog. De hecho, es la única foto que NO se parece a las demás de Maximiliano. Si busca en este blog, hay entradas acerca de los días en que se embalsamó a Maximiliano en Querétaro y verá que muchos habitantes de la ciudad, que habían resistido el sitio con Maximiliano, pudieron asomarse a ver el proceso, y nadie armó escándalo porque no fuera el emperador.
      Por último; me parece muy forzado hablar de “desaparición forzosa”. La aplicación de términos del presente a los hechos del pasado no siempre es afortunada.
      Le envío un gran saludo, y nuevamente gracias.


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