Posts Tagged ‘Francisco Zarco

16
Nov
12

De última hora: (y cómo no iba a ser así): con ustedes, Francisco Zarco

Los afortunados azares  han permitido que a este blog lleguen amigos que me ayudaron a tender un puente con un investigador universitario, tataranieto de don Pancho Zarco. Al leer mi curiosidad pendiente sobre el tema, muy amablemente me ha hecho llegar el retrato de su ilustre pariente, después del tratamiento embalsamador y después, dice el pie de foto, de 110 años de don Pancho se fue al mundo de los muertos, sección periodistas. Me proporcionan el dato de que estas imágenes se publicaron en 1985. El dato ya da para iniciar otro reporteo: sabemos que a raíz de los terremotos de 1985, al panteón de San Fernando hubo que hacerle cirugía plástica: lo repintaron y quisieron darle una mano de gato a las lápidas de los nichos. Tan buena voluntad tuvo un problema: se equivocaron y repitieron los nombres de una hilera del muro del fondo. A partir de ahí, tienen un problema de ubicación que no sé si ya se dieron cuenta, porque nadie le ha movido a la numeración. Pero San Fernando se merece su propio relato, uno de estos días. Por lo pronto, honorable concurrencia, les presento al cuerpo embalsamado de Pancho Zarco:

¿Pertenecerán estas imágenes a los días en que cambiaron a don Pancho de alojamiento, de un nicho en San Fernando, a la fosa con monumento y espejillo de agua que ahora ocupa?  Habrá que ir a dar una mirada a los papeles viejos del que ahora es un museo-panteón. Tengo un par de cosas que contarles además de otros cadáveres  bien conservados. Se los cuento mañana. Ahora, como en película de horror de las de antes, que tengan dulces sueños…..

 

04
Nov
12

Mil maneras de vencer a la muerte 2. Los dos entierros de Francisco Zarco

Al que sí le fue bien, y muy bien, con su embalsamamiento, fue a don Francisco Zarco, ese entrañable periodista liberal de corta pero intensa existencia,primigenio reportero del Congreso de la Constitución liberal de 1857, redactor jefe de El Siglo Diez y Nueve, autodidacta, ministro de Relaciones Exteriores y ministro de Gobernación después de la Guerra de Reforma, pero siempre, y ante todo, legendario periodista. Había vivido con extrema modestia, pero a la hora de su muerte, la patria liberal se esforzó en recompensarlo. Su cadáver tuvo mejor destino que el del infortunado Maximiliano.

Don Pancho se murió de manera prematura en diciembre de 1869, a los 40 años. Unos dicen que de tuberculosis, otros dicen que de alguna otra porquería igual de nociva pero no muy claramente identificada, que pescó durante la segunda mitad de 1860, el último año de la guerra de Reforma, cuando, atrapado por la autoridad conservadora que dominaba la ciudad de México, lo encerraron en la legendaria, malsana  e infame cárcel que desde hacía décadas acumulaba una fama miserable: La Acordada.

Allí lo habían ido a encerrar los conservadores, después de andarlo correteando por media ciudad, mientras Zarco distribuía su Boletín Clandestino, publicación de combate y desaforadamente liberal, que puso a circular cuando la persecución conservadora hizo imposible sacar la edición diaria de El Siglo Diez y Nueve. Parece que la mayor parte de sus contemporáneos sabían las mil y una cosas que tuvo que discurrir Zarco para que la policía conservadora no lo atorara. Sin embargo, ninguno de ellos nos dejó muchos datos al respecto. Zarco menos, quizá por ese prurito peculiar de algunos integrantes del gremio, que yo suscribo, según el cual no somos sujetos de noticia, sino narradores de la noticia, fuera de casos muy excepcionales.

Por eso, hubo que esperar a que Victoriano Salado Álvarez, quien nació dos años antes de que Zarco se convirtiera -oficialmente- en residente permanente del Panteón de San Fernando, se pusiera a escribir sus Episodios Nacionales Mexicanos y convirtiera a Pancho Zarco -que así le decían todos- en mago y escapista, agente subversivo y alegre burlador de la policía. Todo en un capítulo. El tema volvería a salir a la luz en las solemnes oraciones fúnebres que la sociedad mexicana le dedicó a Zarco el día en que se murió.

Los testimonios de otros liberales, como Altamirano o Prieto -qué quieren, eran los mismos y no hay otros- hablan de que el pobre Zarco regresó a su tierra del exilio estadounidense  hecho una piltrafa. Lo que hubiera contraído en La Acordada, sumado a las privaciones y la miseria que hubo de soportar en la Unión Americana en tiempos del Imperio, lo acabaron prematuramente. Todo mundo lo recordaba flaquito, apoyado en bastón, arrastrando los pies para caminar, débil hasta el escándalo. Un anciano que apenas llegaba a los cuarenta años, que aún para los decimonónicos,  era una buena edad para andar infernándole la existencia a Benito Juárez, como estaba de moda hacer entre 1867 y 1872.

Zarco se murió un 22 de diciembre, con cuarenta años y diecinueve días cumplidos. La ciudad se puso de luto, y todos los liberales de importancia, también. Su entierro, nos cuenta el mismo Siglo Diez y Nueve, fue impresionante.  Todo mundo se apersonó en la Calle de los Rebeldes número 2, que hoy es Artículo 123. En ese lugar propiedad del impresor Ignacio Cumplido y sede de El Siglo Diez y Nueve, vivía también Zarco -complicadísimos, como siempre, los vínculos entre el periodista y el dueño de los fierros- murió el buen Pancho, que, siendo también diputado, tenía varias semanas de no presentarse a las sesiones del Congreso, de tanta debilidad y padecimiento, después de ocupar, durante octubre, la presidencia del órgano legislativo.

Murió Zarco, pues, y con una celeridad que ya quisieran nuestros Congresos contemporáneos, sus colegas votaron por unanimidad un decreto declarándolo “Bien de la Patria”. la inscripción de su nombre en el muro de honor del salón de sesiones, y la determinación de entregar a su familia  -viuda con tres pequeños- la suma de treinta mil pesos y la determinación de becar a sus hijos para que tuvieran educación en todas las instituciones públicas que les pareciese mejor, para asegurar su futuro.

En un afán de demostrar que la patria es justa a la hora de reconocer lo que sus hijos han hecho por ella, se organizó una impresionante procesión laica para llevar a Zarco a San Fernando. Encabezaba el asunto un montón de niños y niñas, escolares de diversos centros y que a alguien se le hizo muy buena cosa llevar, para mostrar que incluso los más jóvenes se dolían de la muerte de Fortún, que ese era uno de los seudónimos de los que gustó Zarco en algún momento de su vida para escribir ácidos y entretenidos artículos.

Después de los peques, multitud de integrantes de las logias masónicas de la época, pues Zarco sí perteneció a este tipo de organizaciones -lo que explica que, entre los oradores estuviera uno de sus conocidos, también masón, Nacho Altamirano- , después llevaban a la estrella del espectác… digo, al cadáver, en una “caja modesta pero decente”, a hombros de los trabajadores de la imprenta de El Siglo Diez y Nueve, que, por lo que parece, adoraban a Zarco y quisieron hacerle ese homenaje. Eso me gusta: un periodista va hacia la tumba, arropado por los suyos, con los que ha compartido los azares y las glorias fugaces que distinguen al oficio periodístico.

Después del cuerpo de Zarco, avanzaban, calcula el cronista de El Siglo Diez y Nueve que nos dejó la narración, “como un millar de personas”, entre las cuales el responsable -que no firmaba la nota porque sí se estilaba- alcanzó a identificar a Sebastián Lerdo, a José María Iglesias y a Blas Balcárcel, todos ellos integrantes del gabinete de la República Restaurada. Cerraba el grupo “multitud” de carruajes particulares y enlutados.

La ruta del cortejo es muy llamativa por barroca y enrevesada, me parece a mí. De Los Rebeldes salieron a San Juan de Letrán, entraron por la calle de San Francisco (Madero) Tomaron parte de la calle de Vergara (Bolívar), llegaron hasta Santa Clara (Tacuba), regresaron por la calle de San Andrés hasta salir a la calle de La Mariscala –es decir, de nuevo a San Juan de Letrán, pero a la altura de lo que hoy es avenida Hidalgo- “y así por las siguientes”. Orientadísimo, como ven, el atarantado cronista. Pero lo cierto es que desde la Mariscala, era muy fácil llegar a San Fernando: avanzar en línea recta, pasar delante de la iglesia de la Santa Veracruz, de San Juan de Dios, pasar por el cruce de lo que ya era el Paseo de la Reforma, cruzar delante del viejo templo de San Hipólito y del hospital para dementes que estaba junto a la iglesia.

De hecho, la pequeña calle que se abriría después, en el reacomodo de la colonia Guerrero y el diseño fallido de lo que iba a ser la rotonda de personajes ilustres, y que separa a San Hipólito de la prolongación del Paseo de la Reforma, lleva el nombre del periodista.

Unos cientos de metros más adelante, estaba el jardín y el templo de San Fernando, con su panteón adyacente, lleno de notables de la patria, desde los conservadores Miramón y Mejía hasta Felipe Santiago Xicoténcatl, Ignacio Zaragoza, parientes de la Güera Rodríguez, los hijos de Benito Juárez muertos en la infancia, actores y funcionarios. Allí, a una gaveta, llevaron a don Pancho.

La ceremonia fúnebre debe haber sido larguísima; Habló el diputado Joaquín Baranda, que  llegaría a ser ministro de educación de don Porfirio, después Nacho Altamirano, a continuación Rafael Rebollar Jr.,  a nombre de una organización literaria Nezahualcóyotl, después el joven pero ya destacado poeta Justo Sierra, un amigo personal de Zarco, liberal también, y llamado Francisco Mejía. Todavía hubo un discurso, a nombre del gobierno juarista, por parte del ministro de Instrucción y Justicia, que era en esos momentos José María Iglesias y al final un señor de apellido Beltrán.

El pequeño problema consistía en que en la caja “modesta pero decente”, no estaba el cadáver de Zarco. Fortún, en el más allá, seguramente estaba revolcándose de la risa.

 

¿Tanto irigote y el muerto no estaba en su entierro? Como puede verse, el hecho de que Heriberto Lazcano no estuviese de cuerpo presente para que los responsables de la seguridad nacional mexicana del siglo veintiuno se cubrieran de gloria, no es el primer oso que protagoniza un gobierno federal mexicano. Pues no, Zarco no fue enterrado el 23 de diciembre de 1869, al día siguiente de su muerte.

¿Y en dónde demonios andaba el muerto? No andaba de parranda, sino protagonizando una misión científica. Fallecido Zarco, uno de sus grandes cuates y compinches, el diputado y periodista Felipe Sánchez Solís, había pedido a la joven viuda del periodista le soltara el cadáver de su marido para mandarlo embalsamar de la mejor manera que hubiese, a fin de redondear los homenajes al gran personaje que sin duda había sido el duranguense. Haya sido porque tomó por sorpresa a la viuda, ya bastante abrumada con la viudez, haya sido porque Zarco aún en vida, dio su permiso, el hecho es que Sánchez Solís se hizo con el cadáver y lo mandó a embalsamar con lo mejor y con el mejor que se pudiera encontrar.

Sánchez Solís no era ningún pelagatos, hay que decirlo; era un liberal de larga carrera, diputado en varias ocasiones, y hacia mediados del siglo había sido director del Instituto Científico y Literario de Toluca. Como siempre eran los mismos en la vida pública del siglo diecinueve,  a Sánchez Solís lo conoció el chamaquito Altamirano, cuando, becado, llegó a estudiar a Toluca. En esos años formativos, Altamirano le dedicó sus primeros versos al director del Instituto, en ocasión de algún festejo escolar. Unos versos espantosos, por cierto.

En ese núcleo toluqueño, Sánchez Solís tenía una importante batería de profesores liberales. Entre ellos destacaba el padre ideológico de Altamirano, don Ignacio Ramírez, el luciferino y entrón Nigromante.  Ramírez andaba de novio con la hermana de un condiscípulo de Altamirano, un tal Juan A. Mateos, con el que hacía algunas diabluras literarias. Mateos fue otro de los políticos liberales y, en especial, autor de algunas de las novelas históricas decimonónicas, como “Sacerdote y Caudillo”, “El Sol de Mayo” y “El Cerro de las Campanas” y la última de su generación y su género, “La Majestad Caída”, acerca de la debacle de Porfirio Díaz. Y si me he echado todo este rollo genealógico es porque los Mateos eran primos de Zarco (su segundo apellido era, precisamente Mateos). De este modo, hay elementos para creer que la amistad entre Francisco Zarco y Felipe Sánchez Solís era vieja y entrañable.  De otra manera, es difícil explicarse por qué el diputado acabó llevándose el cuerpo de su cuate, mientras la caja modesta pero decente, rellena de piedras o vayan a saber de qué, era objeto de llantos, rollos y discursos.

Por lo que se sabe, el trabajo de embalsamamiento de Zarco fue de primerísima calidad. Una vez terminado el asunto, los técnicos contratados entregaron a don Pancho en la casa de Sánchez Solís, se sabe, vestido con levita y con una gorra en la cabeza. Si se creyó que con eso terminaba el sainete, resultó que no, pues a continuación Sánchez Solís puso al cadáver ante una mesa, bien sentadito –lo que habla muy bien de la flexibilidad que conservó el cuerpo-, con una pluma en la mano y en actitud de escribir.

Aquí el chisme histórico tiene dos versiones: una dice que la zarca momia se quedó “por espacio de unos seis meses” en tan elegante pose, en la casa de Sánchez Solís, y después de transcurrido aquel lapso, el diputado le devolvió el marido a la viuda, quien procedió a sepultarlo. Otras versiones aseguran que Zarco se quedó “años” bajo la tutela de su cuate, hasta que algunas amistades convencieron a Sánchez Solís de que ya estaba bueno de andar jugando a los muertos vivos y que era justo y pertinente mandar a don Pancho a ocupar su reservación en San Fernando.

El asunto de Zarco embalsamado quedó entre los integrantes de la familia Mateos como una curiosa historia familiar. Hay datos de que, a mediados del siglo XX, aún vivía una sobrina del periodista, Lupita Mateos, quien, en la novena década de su vida, aún contaba que de muy chiquita, vio a la momia de su tío Pancho, sentada con su gorra y su pluma en la mano.  Así se las gastaban nuestros decimonónicos.

Esta entretenida historia rebotó, como era inevitable, en la prensa de fines del siglo XIX.  En 1874, en ocasión de un homenaje que una organización literario-cultural, como era el Liceo Hidalgo, rindió a Sánchez Solís, se recordó el asunto del embalsamamiento y tiempo extra en la tierra de Francisco Zarco. La nota, publicada en El Constitucional, del 14 de abril de 1874, mereció la atención de un personaje del siglo XX,  Antonio Martínez Báez, quien decidió averiguar si el chisme era cierto, y, según le contó al compilador de las obras de Juárez, el ingeniero Jorge L. Tamayo, se apersonó en San Fernando y abrió el nicho en el que, finalmente y después de tanto relajo, dormía Zarco la siesta de la eternidad.

Martínez Báez debe haber suspirado con alivio cuando, al abrir el nicho, encontró a don Pancho, en admirables condiciones. Lo que reportó el buen señor en la segunda mitad del siglo pasado, es que Zarco, vestido como la historia familiar señalaba,  “estaba en buen estado”, lo mismo que la madera del ataúd. Agregaba Martínez Baéz que, fuera de algunos detallitos, como el hecho de que los ojos de vidrio que tenía puestos el periodista se habían hundido en las fosas oculares, y se le había desprendido el cabello del cráneo, al igual que el gran bigote de la cara, Zarco estaba perfectamente reconocible, incluida su aguileña y pronunciada nariz.

En los años setenta del siglo XX, una ocurrencia de Luis Echeverría sacó a don Pancho de su nicho y lo puso en tierra, en el mismo San Fernando, a unos pocos metros de la tumba de la familia Juárez Maza. Algunos opinan que la tumba setentera es bastante fea. Eso sí, conservaron la placa de mármol negra con letras de bronce que le pusieron de adorno en 1869. Ignoro si cuando lo trasladaron alguien se tomó la molestia de ver cómo le iba a la momia del periodista. Esa es una misión hemerográfica y archivística que sería bueno acometer.

Pero por lo pronto, les dejo una nota, chiquitita, publicada en El Siglo Diez y Nueve, el 10 de agosto   de 1870, es decir, poco más de medio año después de la muerte del redactor jefe del periódico. No tiene desperdicio y cierra esta entretenida historia de un cadáver ilustre:

EL VERDADERO ENTIERRO DEL SEÑOR ZARCO.

Ayer, a las seis de la tarde, acompañado sólo de varios amigos y con el mayor silencio, ha sido sepultado en el panteón de San Fernando el cadáver del antiguo redactor en jefe de El Siglo. Habían permanecido los restos del señor Zarco depositados en la casa del Sr. licenciado Sánchez Solís, donde el doctor Montaño emprendió embalsamar el cuerpo de una manera perfecta y con todas las reglas más modernas de la ciencia.

El resultado ha sido satisfactorio, según nos han informado las personas que asistieron ayer al entierro; y concluida la operación, para la que se han necesitado muchos meses, los restos de aquel distinguido escritor descansan ya en paz en su última morada.

 

Muchas veces se ha insistido en que Zarco debiera ir a dar a la Rotonda de los Hom… de las Personas Ilustres. Me gusta más donde está; a un par de cuadras de la gran estatua que, para cumplirle un capricho al gremio, mandó hacer Gustavo Díaz Ordaz y que se colocó en el centenario de la muerte del gran cronista de la constitución liberal. Como buen periodista, estará más a gusto en el corazón de la vida de esta ciudad enorme, sin que se le vaya la nota. La Rotonda… ¿qué chiste habría de tener para un reportero?

04
May
11

Estas cosas de la libertad de expresión: maldades de Guillermo Prieto.

Otra vez, Día de la Libertad de Expresión. Pasé delante de la estatua de Francisco Zarco que está a unos pasos de la iglesia de san Hipólito, donde hay verbena permanente, porque allí acuden los devotos de San Judas Tadeo a pedir por la solución a las causas difíciles, desesperadas o imposibles. En contraste, la estatua de Zarco destaca en la placita, impecable, hay que decirlo,  pero vacía. Este 3 de mayo no ha habido ni un solo periodista que se pare allí a decir, a quejarse, a recordar o a patalear. Se nos va olvidando que a este gremio, tan alborotado, tan luminoso a veces, que nuestra sobrevivencia, en muchas ocasiones, ha dependido de lo que podamos mostrar como manada; de esa solidaridad que, cuando se malentiende se traduce en ese “perro no come perro” que mis amigotes mayores que yo pronunciaban con frecuencia. Cuando se entiende bien y se obra bien, cosa infrecuente, da lugar a hechos memorables.

Desde temprano, en Twitter, se leían ayer felicitaciones  para “los comunicadores y periodistas”. El gremio, metido en sus cosas, no hizo mucho escándalo por el asunto. Y, a lo mejor, era un buen momento para hacerlo. Porque hoy, en Tamaulipas, hay periódicos a los que llaman por teléfono “los narcos” (como me lo ha contado una fuente de primerísima mano) para ordenar (sí, ordenar) qué notas se publican y cuáles no; porque hoy, en Ciudad Juárez, los periodistas de allá deben tener un legítimo hartazgo de publicar a diario hechos de sangre de las más variadas magnitudes. Porque mal estamos el día en que, como ocurrió durante la Semana Santa, de un día para otro las fosas clandestinas de Tamaulipas ocupaban la primera plana, y el Jueves Santo, cuando el saldo final era de 177 cuerpos encontrados, la nota ya estaba pequeña y en página par, en interiores. Porque se nos olvida a ratos que los periodistas contamos la novela, pero no tenemos que ser los estelares.

Tan malo el exceso como la  ausencia de libertad de expresión, esta historia tiene que ver con las esperanzas y el optimismo que la alternancia política y partidista trajeron a los sectores ilustrados, educados y opinadores de este sufrido país. Ahora que se vuelve a poner de moda quejarnos desde la barrera, porque eso y no otra cosa hacemos los periodistas chilangos con respecto de los colegas del interior de la República, también disimulamos que, las borracheras de libertad de expresión que permitieron acomodarle a Vicente Fox soberanas palizas durante su sexenio, han derivado en peculiares crudas que permiten acomodarle soplamocos similares a Felipe Calderón,bastantes veces con razón, pero perdiendo los modales y el estilo (lo Cortés no quita lo Cuauhtémoc, dicen por ahí), muchas veces con cierta razón, y otra buena cantidad de ocasiones sin razón alguna. Para el caso, a veces da la impresión de que sale lo mismo. Esas actitudes, además de las consecuencias del poco rigor con que a veces trabajamos la información, nos genera una popularidad de la auténtica tiznada. Matan, golpean, agreden, hostilizan u hostigan a un reportero -o reportera, para que no muelan- y mientras nosotros chillamos y nos quejamos, la mitad de la honorable concurrencia nos mira con harta indiferencia, o a veces con cierta malsana satisfacción. No faltará el que diga: “Se lo merecen por mentirosos/y/o/metiches/y/o/exagerados/y/o/malaleche”. No si buena prensa, lo que se dice buena prensa, los periodistas no acabamos de tener.

Somos un gremio que sostiene complejas relaciones con la sociedad; aún más complejas son las que tenemos con el poder. Vínculos de amor-odio, de codependencias con densas raíces, que harían las delicias de cualquier psicólogo. Siempre nos jaloneamos con el fuerte bagaje de ética profesional que nos enseñan en las escuelas, con el peso de nuestra herencia histórica, según la cual, como nuestros tatarabuelos profesionales, tenemos que ser arrojados y valientes hasta la heroicidad, y si se puede alcanzar el martirio, hasta resulta enaltecedor y fantástico. Difícil esta chamba. Como, también, es histórica la persecución a los periodistas que escriben y/o dicen y/o publican más de lo que los buenos modales y lo políticamente correcto y el miedo mezclado con respecto a los hombres del poder permiten.  Ya es conocida por muchos aquella historia del texto, “escrito con ponzoña de escorpiones”, que una ocasión Guillermo Prieto le dedicó al presidente  Antonio López de Santa Anna en ocasión de su cumpleaños.

Ya es sabido que don Guillermo, que era una completa mula, en el buen y más extenso sentido de la palabra, encima se moría de la risa cuando Santa Anna lo amenazó con patearlo, pues no se figuraba al general, cojo desde los tiempos de la Guerra de los Pasteles, haciéndose camotes ante la disyuntiva de patearlo con la prótesis que usaba o con la pierna buena. Cuando el presidente advirtió que Prieto ya ni le contestaba, ocupado como estaba en aguantarse las carcajadas, hizo el ademán de levantarse con bastón en mano, para no quedarse con las ganas de apalear al periodista gandul. Guillermo decidió que no había a qué quedarse y se peló de inmediato a espacios más acogedores, pero de poco le valió.

Esa misma noche, un grupo de soldados sacaba a Prieto de su hogar y lo aventaba, lo desterraba a Cadereyta,  en Querétaro, como castigo por andar pasándose de gracioso. Si hoy día no se me ocurre mucho qué hacer en Cadereyta -con perdón de los queretanos- , a mediados del siglo XIX la cosa debe haber estado para morirse de emoción. Prieto ni siquiera tenía permiso de subirse a un caballo; le vigilaban los movimientos y su “entretenimiento” consistía en largarse todas las tardes a caminar alrededor del quiosco del pueblo, para que no se aburriera.  Si Santa Anna hubiera sabido que el ocio es padre de cierta perversa inventiva, de la cual Guillermo Prieto poseía toneladas, habría pensado en algún castigo más concreto, como una tanda de azotes, un par de semanitas en el bote, una multa de esas que sí duelen. Pero a su Alteza Serenísima se le fueron las cabras y le proporcionó a don Guillermo el espacio suficiente como para escribir un libro bastante bueno: “Viajes de Orden Suprema”, donde cuenta sus fechorías queretanas, y , en respuesta a la convocatoria de Santa Anna para un concurso del cual saldría nuestro himno nacional, perpetró una de sus maldades más conocidas: compuso “una marchita” que pidió a un cuate de la capital inscribiera con nombre falso.

El nombre de esa “marchita” era “Los Cangrejos”, canción satírica que sobrevivió a Santa Anna, que fue grito de combate en la Guerra de Reforma, a grado tal que en la entrada triunfal de diciembre de 1860, de las tropas liberales a la ciudad de México, avanzaban cantándola; que en la guerra de Intervención los republicanos se la restregaban en la cara a los franceses e imperialistas. Tan efectiva la canción, que es una de las antiguas piezas que nos heredaron los mexicanos del siglo XIX y que todavía hoy se graba y se ejecuta, reflejo de lo que pasa cuando la palabra se enfrenta al poder con causas y razones sólidas.

En años recientes… bueno, no tanto, Manuel Buendía hace ya veintisiete años que murió, y esto que narro a continuación ocurrió más atrás, cuando a Buendía lo amenazó directo y de frente el gobernador de Guerrero, Rubén Figueroa, el gremio reaccionó como uno solo: muchos, muchísimos integrantes del gremio se reunieron y ofrecieron una comida de apoyo y solidaridad al columnista amenazado, en un salón del Hotel del Prado, paradoja simpática, el mismo sitio donde Diego Rivera pintó el mural donde representó al querido Nigromante con su frase inmortal “Dios no existe”, y se armó un embrollo similar al que en su momento causó Ignacio Ramírez en la Academia de Letrán, a grado tal que Rivera, que no era ningún pusilánime, optó por cubrir la frase escandalizadora de las buenas y mochas conciencias.

En aquella comida, Miguel Ángel Granados Chapa, que siempre se ha manifestado alumno de Buendía, fue orador, y por cierto, recordó este incidente de la vida de Guillermo Prieto. De esta manera, me parece a mí, los periodistas del siglo XX reafirmaron su linaje, y renovaron sus vínculos con los arrojados periodistas liberales del siglo XIX, los personajes de aquellos días en que perro sí comía perro, en que se daban unos agarrones formidables de periódico a periódico, y hacían acopio de valor para decir lo que creían era su deber decir. Eran de una incorrección política estos liberales, que hoy resultan francamente deliciosos. A lo mejor recobramos el sentido de la libertad de prensa y repasamos las andanzas de estos hombres. Podemos decir lo que debemos decir, pero con inteligencia; podemos patear al que se lo merezca, pero con estilo; podemos vivir al filo de la navaja sin convertirnos en mártires o en niños héroes que nadie llorará al cabo de un año. Nos falta volver a aprender las sutilezas de esto que llamamos la libertad de expresión.

26
Dic
10

Regalos navideños 2: los diciembres de Francisco Zarco.

Pancho Zarco, reportero, en sus dominios

GUANAJUATO.- Hoy que escribo es Navidad. Y, ayer que pensaba en  la estatua de mi tatarabuelo Guillermo Prieto, cuando recorrí mentalmente la placita donde está la gran estatua de Francisco Zarco, me acordé que Zarco tiene, en su biografía, grandes momentos navideños. De hecho, muchas cosas, de principio a fin, le ocurren en diciembre, muchas importantes, entre ellas, el principio y el fin de su biografía. Pancho Zarco nació en Durango, Durango, un 3 de diciembre de 1829. Vivió solamente cuarenta años, pero muy intensos. Muchas de sus andanzas tuvieron momentos culminantes en diciembre, y se me hace buena cosa recordar algunas, al pie de su estatua.

Zarco debutó en el periodismo a la tierna edad de 13 años -o sea, desde chiquito era una auténtica plaga- por allá de 1842. Anduvo de aquí para allá, en lo que mejor sabía hacer, o sea, periódicos. En 1849 sabemos, de cierto, que estaba escribiendo para El Álbum Mexicano, y un año después ya está haciendo El Demócrata, que alcanzó 103 números y que se dedicaba, en particular, a hacerle la vida de cuadritos al presidente Mariano Arista.

En la década de los cincuenta del siglo XIX, se mete a la grilla, y resulta diputado suplente por Yucatán, mientras elabora curiosidades como el Presente Amistoso dedicado a las Señoritas Mexicanas, una cosa de lo más peculiar -pero bueno, esto de escribir es como plaga; cuesta trabajo quitarse el gusto y la manía- , ya embarcado en su curioso y tormentoso vínculo con el impresor Ignacio Cumplido.

Diciembre de 1851 debe haber sido un mes movido en la biograrfía de Zarco, porque el 1 de enero de 1852 comienza a escribir en las páginas de El Siglo Diez y Nueve, con el seudónimo de Fortún, con el cual hizo auténticas maravillas, llenas de humor y de ironía, y unió su destino a ese periódico, que creo yo era el verdadero amor de su vida, como suelen ser las historias de periodistas.

Como, además, hacía de las suyas en un periódico llamado Las Cosquillas, Mariano Arista, presidente, deseaba, con toda su alma, meterlo al bote.  Por eso tuvo que andar escondido todo el segundo semestre de 1852, porque a Arista le importaba un celestial pistache el fuero del diputado Zarco y lo buscaba para entambarlo el mayor tiempo posible. En diciembre de ese año, otra vez diciembre, el Congreso emitió un dictamen que absolvía al incómodo periodista, y Zarco pudo estar en paz esas navidades. De todos modos, Arista ya estaba a tres patadas de irse también para su casa.

Desde abril de 1853, Zarco asumió el puesto de redactor jefe -en los hechos, el director del periódico- de El Siglo Diez y Nueve. Desde allí miró el acontecer diario y su gran momento, aquel Congreso Constituyente de 1856-1857, que creó la Constitución liberal que los diputados y el presidente Comonfort juraron el día de la fiesta de San Felipe de Jesús, el 5 de febrero de ese mismo año. Navidades caóticas las de ese año, cuando Comonfort desconoció la constitución recién nacida y se desató la guerra de Reforma. Zarco optó por quedarse en la ciudad de México, escribiendo a favor de la causa liberal, y, cuando ya no pudo continuar con la publicación de El Siglo Diez y Nueve, a causa de la represión, y para no dañar al periódico con la publicación de sus ideas y sus argumentos contra los conservadores, dejó la dirección del periódico y, embozado, oculto, agazapado, el buen Fortún se puso a editar El Boletín Clandestino, que todos sabían muy bien de quién era obra. Naturalmente, tuvo que vivir en constante ocultamiento. Parece que la mitad de sus contemporáneos sabían las que el pobre Pancho Zarco tuvo que pasar en aquellos tiempos; curiosamente, nadie las narró en detalle. Muchos años después, Victoriano Salado Álvarez, al escribir sus Episodios Nacionales Mexicanos, lo hizo personaje de su narración de la Guerra de Reforma, precisamente en esos días de disfraces, carreras y clandestinidad.

Sin embargo, las autoridades conservadoras acabaron por pescarlo y encarcelarlo el 13 de mayo. Cuentan que esos meses en una prisión helada, húmeda y malsana, acortaron la existencia de Zarco; se asegura que, haya sido tuberculosis o no lo que le arrancó la salud, lo adquirió en la asquerosa cárcel de la Acordada. Pero, como sabemos, los liberales entraron triunfantes a la ciudad de México en diciembre de 1860. Acababa la guerra civil y los vencedores se apresuraron a soltar al buen Pancho, que, en la puerta de La Acordada, miró la luz del día. Era Navidad.




En todo el Reino

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