31
May
16

Tres postales de memoria. Dos: inscripciones de la Torre de Londres.

grafiti torre de londres celdas siglo xvi

Encontré esta imagen en el vértigo de las redes sociales.  Uno de los muros de las celdas de la Torre de Londres. Hay más, muchas más inscripciones. Todas pertenecen a prisioneros que por las más diversas razones fueron enviados allí a pudrirse en vida, esperando la muerte. No todo mundo tuvo la relativa fortuna de Catalina Howard y Ana Bolena, las dos esposas de Enrique VII a las que ejecutaron allí mismo en fast track.  No todos los prisioneros de la Torre hicieron mutis discreto aunque sangriento, como los dos sobrinitos de Ricardo III, legítimos aspirantes a la corona inglesa, a los que su tío les recetó unas vacaciones todo incluido en la susodicha Torre y nadie volvió a verlos más. Creo recordar que en algún momento de los años setenta del siglo pasado, alguien dio cuenta del hallazgo de un esqueleto infantil en las obras de restauración de la Torre.  De todas maneras, las reinas ejecutadas y los principitos han ido a engrosar la enorme lista de fantasmas ingleses que hacen las delicias de los aficionados a las curiosidades paranormales.

Pero los autores de las inscripciones que aquí veo son otra cosa: escudos de armas, crucifijos, nombres grabados en la piedra para evitar que se perdieran en la noche del tiempo. Buscando algunas referencias me encuentro con que muchas de estas inscripciones datan del siglo XVI, cuando el conflicto religioso derivado de las pugnas entre Enrique VIII -otra vez el mismo- y la iglesia católica, sumado a los líos de faldas que ya conocemos, llenó estas celdas de señores que un día fueron poderosos y que decididos a defender su fe, fueron a dar con sus huesos, anglicanos y papistas por igual, porque esa baraja de monarcas que sucedieron al terrible Enrique, dieron para largos días de persecución religiosa.

Pero, después de casi quinientos  años, la piedra permanece. De Enrique VIII quedará un poco de polvo, algunos huesecillos. De sus reinas, poco más o poco menos. De sus hijas, la desdichada Bloody Mary y la formidable -y conflictiva- Gloriana, Elizabeth I, no ha de quedar mucho más. De todos estos prisioneros, es difícil decir el paradero de sus despojos. Pero sus nombres están ahí, en la piedra rascada, tallada como estrategia para no volverse locos en la cárcel, pero también para dejar testimonio de una prisión injusta y una persecución en una tierra polarizada. Caramba, qué coincidencia.

Ahí están los nombres y los símbolos y los escudos de armas en la piedra, y que la piedra siga ahí, que la Torre permanezca en pie y que aún hoy, con trabajos podamos leer sus nombres: Tyrrel, Howard, Arundel, Peverel y muchos otros más.  La justicia está en la piedra; en la permanencia de la piedra, triunfando sobre la muerte.

31
May
16

Tres postales de memoria: la justicia de la historia. Uno: Cotita de la Encarnación.

El fin de semana pasado traje a las páginas de La Crónica de Hoy el recuerdo de la comunidad de varones juzgados por sodomía en la ciudad e México entre 1657 y 1658, cuyo personaje más visible, Juan de la Vega Galeano o Galiano, quien se enfadaba si no le llamaban por su nombre de guerra, Cotita de la Encarnación, y cuya historia abreviada pueden leer aquí.

De Cotita escribió en su tiempo Gregorio Martín de Guijo, autor de uno de esos alucinantes diarios de sucesos, donde se funden los sucesos relevantes con los prodigios y las miserias. Dijo el contemporáneo de Cotita que era muy buen lavandero, que era limpio, aseado “y curioso”. habló de su jubón blanco con muchas cintas de colores en las mangas. En el siglo XX, ya desmecatado (como si alguna vez hubiera estado demasiado contenido), Salvador Novo, en uno de los últimos libros de su vida, “Las locas, el sexo y los burdeles, también tocó el tema. Pero el nuevo siglo trajo, como señalo en el #HistoriaEnVivo de esta semana, otro tipo de rescate memorioso: que Cotita haya sido reivindicado como víctima de un “crimen de odio”, para ser una de las referencias históricas en una marcha del orgullo homosexual en la Puebla de 2012, habla de los sucesos que sobreviven pese a los esfuerzos por desvanecerlos. Contradicción brutal: muchas cosas que el Tribunal del Santo Oficio censuró y prohibió y burocráticamente -en el peor sentido de la palabra- almacenó, son hoy plenamente conocidos: bailes, canciones, impresos, entre comedias, hojas volantes y periódicos, de los cuales algunos sobreviven y otros no dejaron más huella en la tierra que esa mención en un edicto, pegado alguna vez en los muros de una iglesia novohispana.

Hace seis años, un poeta, Luis Felipe Fabre, publicó un libro llamado “Sodomía en la Nueva España”, donde está contado, en clave poética, el caso de Cotita y de los 13 más con los que fue quemado en San Lázaro en 1658. Aquí comparto unos fragmentos:

Dice Gregorio Martín de Guijo en una página de su diario:
Martes 6 de noviembre de este año de 1658.
Dice:
A las once horas del día
sacaron de la Real cárcel de esta corte
a quince hombres: los catorce para que muriesen quemados,
y el uno, por ser muchacho, condenado a doscientos azotes
y vendido a un mortero
por seis años.
Salen
Juan de la Vega,
Miguel Gerónimo, Miguel de Urbina,
Juan Correa, Juan Martín, Juan de Ycita, Benito Cuebas,
Gerónimo Calbo, Joseph Durán, Simón de Cháves,
Nicolás de Pisa, Christobal de Victoria,
Domingo de la Cruz, Matheo Gaspar
y Lucas Matheo, el menor,
y dicen:
Ay de nosotras.
Dice Gregorio Martín de Guijo en una página de su diario:
Lleváronlos por la calle del Reloj y volvieron
por la esquina de las casas de la marquesa de Villamayor,
y fueron vía recta hasta la albarrada de San Lázaro.
Se despobló la ciudad, arrabales y pueblos fuera de ella
para ver esta justicia de catorce personas
por el pecado de la sodomía,
dice,
en una página

Dice Gregorio Martín de Guijo en una página de su diario:
En el brasero se empezó a dar garrote al dicho Cotita
y acabaron con todos los catorce
a las ocho de la noche
que les pegaron
fuego.
Sale
el Fuego: aplausos:
sale el Fuego: verdugo en llamas: sale el Fuego
y ardiente besa a Juan de la Vega en los labios: aplausos.
Un pudoroso biombo de flamas se despliega escondiendo tras de sí
la orgía a muerte del Fuego y los sodomitas
mientras el Otro, teñido de ceniza,
sube al brasero y se pone
a cantar:
de su diario, Gregorio
Martín de Guijo, con límpida prosa
aquí versificada por nefandos afanes de transgénero.

Dice Gregorio Martín de Guijo en una página de su diario:
En el brasero se empezó a dar garrote al dicho Cotita
y acabaron con todos los catorce
a las ocho de la noche
que les pegaron
fuego.
Sale
el Fuego: aplausos:
sale el Fuego: verdugo en llamas: sale el Fuego
y ardiente besa a Juan de la Vega en los labios: aplausos.
Un pudoroso biombo de flamas se despliega escondiendo tras de sí
la orgía a muerte del Fuego y los sodomitas
mientras el Otro, teñido de ceniza,
sube al brasero y se pone
a cantar:
Acaben ya, es nuestro ruego,
brasas, cauterios, rigores,
tormentos, lumbres, ardores,
amante brutal, oh Fuego.
Nada guardes para luego
pues ya, entre requiebros tantos,
morimos pariendo espantos:
se desatan de nosotras,
que en la pira ardemos, otras:
brujas de humo y leves mantos.

El Escribano lee en voz alta un papel que dice:
Juan de la Vega ha muerto.
Dice la Carne: Cotita de la Encarnación,
la Reina de los mayates,
ha muerto.
Dice la Naturaleza: La Reina de las mariposas nocturnas
ha sido seducida por la llama.
Dice la Santa Doctrina: Amén.
El Escribano
prende fuego al papel que dice
Juan de la Vega ha muerto. Y dice: Juan de la Vega
que en vida no fue
más que las permisivas orillas de un agujero
es ya
un agujero sin orillas.
Dice la Naturaleza:
Lamento por Juan de la Vega.
Dice la Carne: Lamento por Cotita de la Encarnación.

Dice la Naturaleza:
Memoria de los ajusticiados y Fábrica de las alegorías.
Dice
la Carne: Hagamos un requiem
que sea al mismo tiempo lo contrario: la canción
del deseo: la dolorosa canción del deseo en la voz de un castrati.
Canta el Otro fingiendo voz de soprano contra natura:
Tú, que de amor pereces,
pues en ti ensaña sus dardos Cupido,
San Sebastián pareces:
hermoso y sólo de flechas vestido.
Dulce martirio que de ti te arranca:
¡no es roja tu sangre, milagro, es blanca!
Dice
la Carne: Hagamos un altar
donde todas las imágenes estén de cabeza:
el altar de los santos invertidos: el retablo de los sodomitas.
Dice la Naturaleza:
Memoria de los ajusticiados y Fábrica de las alegorías.

No es extraño, digo yo, que en las redes sociales se patalee y se libren escaramuzas: tercos algunos, militantes otros, ingenuos otros más: defender la “otra historia”, la “otra versión”; peor aún: “la verdadera historia”. Obsesiones, afanes desde la fragilidad humana.

Dice
el Escribano:
De este modo termina
el “Retablo de los sodomitas novohispanos”:
perdonen sus yerros, sus ripios, sus versos farragosos.
Dice: De este modo termina el poema
y vuelve a comenzar
el mundo.

“Vuelve a comenzar el mundo”, escribe el poeta Fabre. Y sí, vuelve a comenzar. Pero acaso que un poeta escriba sobre catorce ajusticiados de hace 350 años,;que vuelva a contar una historia que sigue ahí, en el Archivo de Indias, acaso sea la mejor justicia: no dejar que la huella de un pasado, por doloroso o indignante que sea, se desvanezca ni que se vuelva exclusivo patrimonio de la comunidad de entendidos.

03
Mar
16

Don Guillermo Prieto poeta tierno, amoroso patriota, liberal (casi) puro.

LOS VALIENTES NO ASESINAN LTG 4

A don Guillermo Prieto la historia lo congeló en ese día de marzo de 1859, cuando le salvó la vida a Benito Juárez, a su compadre Melchor Ocampo y al resto de aquel gabinete que gobernaba con facultades extraordinarias, en los primeros tiempos de la guerra de Reforma. Pero es también un personaje que deberíamos conocer más. Es uno de nuestros primeros economistas, aún antes de que existiera tal profesión; educado en la materia, a punta de pescozones y vigilancia, por don Manuel Payno padre, quien ponía a estudiar a su propio hijo -que luego alcanzaría la inmortalidad literaria con “Los Bandidos de Río Frío” y algunas otras hazañas– y al jovencito Guillermo, pues ambos periodistas fueron amigotes y compinches desde tierna edad.

Algunos de los poemas escritos por don Guillermo, son, al mismo tiempo, crónicas francamente sabrosas, como aquel llamado “Trifulca”, que, con un ritmo fenomenal, cuenta la historia del matrimonio que agarrado del chongo en plena calle de Topacio, echa a gritos al bueno y decente tendero que intenta salvar a la mujer de los sopapos del marido. Tiradísimo al drama, reflejo de la condición femenina de sus tiempos es el Romance de la Migajita, flor del Barrio de la Palma y envidia de las Catrinas, que mi querido amigo, Guillermo Zapata, el Caudillo del Son, convirtió en sentida melodía que podría llegar hasta la última fila del Panteón de Dolores, junto a la barda, donde dice don Guillermo que enterraron a la desdichada mujer, muerta de amor y de celos del galán.

Es también el querido don Guillermo uno de los más brillantes periodistas satíricos del siglo XIX: como vivió tantos años, se dedicó a hacerle la vida de cuadritos a muchos personajes sonados de la vida política de nuestro país: fastidiar con constancia a Antonio López de Santa Anna le valió un emocionantísimo destierro a Cadereyta, Querétaro, donde se aburría como ostra. Como el ocio es mal consejero, tanta inmovilidad le dio la circunstancia apropiada para componer esa bomba ideológica que es “Los cangrejos” canción liberal que sobrevivió a Santa Anna y se convirtió en una de las canciones preferidas de aquello que después se iba a llamar La Gran Década Nacional -así, con mayúsculas. Sabemos que en diciembre de 1860, cuando las triunfantes tropas liberales entraron a esta, la sufrida Tenochtitlan, venían cantando Los Cangrejos. Naturalmente, don Guillermo, que siempre fue de lágrima fácil, chillaba, conmovido, a moco tendido, al ver su canción convertida en himno.

Varios fueron los clientes de don Guillermo: Maximiliano, desde luego, víctima materializada en uno de esos periódicos, hechos con las peores intenciones, que se llamó El Monarca. Otro de los periódicos indispensables para entender el periodismo de Prieto es La Chinaca, “hecho única y exclusivamente para el pueblo”. Si Guillermo Prieto fue sangriento con alguien, fue con Juan Nepomuceno Almonte. En este caso, Prieto juega un papel importante en la construcción de la pésima imagen que el hijo de José María Morelos tiene hasta el día de hoy. Le deformó el nombre, imitando el habla de los indios de su tiempo; se refería a él como “Juan Pamuceno” o simplemente “Pamuceno”; lo más educado que le dijo fue “indio ladino”, vendepatrias, traidor y mil lindezas más.

Era don Guillermo muy sentimental, llorón y sensible. Cuando se peleó, a fines de 1865 con Benito Juárez, se puso a escribir cartas azotadas y lacrimógenas, dirigidas a Pedro Santacilia, yerno del presidente, a quien ambas celebridades, en sus cinco minutos de divas, pusieron en la incómoda posición de recibir cartas de ambos, donde se cruzaban acusaciones, quejas y majaderías. Un poco pirado por el pleito, escribía don Guillermo: “Ni para servir a mi patria lo necesito; ni mientras pueda hilvanar una cuarteta tengo que buscar arrimo, mientras me llame Guillermo Prieto ni creo que en nuestro balance deba yo más a Juárez que Juárez a mí.” Disculpen el arrebato de mi tatarabuelo honorario, pero así se ponía cuando le herían el orgullo. Hay que agregar que, hasta la fecha, una de las ramas de descendientes de don Guillermo, se rehúsa a hablar del agarrón Juárez-Prieto, porque el susodicho abuelito le enseñó a toda su prole que de eso no se hablaba.

Fue don Guillermo, como se decía en su época, “perrito de todas bodas” o ajonjolí de todos los moles. Vio las epidemias de cólera de 1833,  fue, para vergüenza suya de toda su larga existencia, “polko”; Vio de cerca, aunque sin fusil en la mano (parece que era un pésimo tirador), la dolorosa invasión gringa en el valle de México y es el gran cronista de esos días en que los habitantes de Tenochtitlan decidieron vender caro su pellejo y resistieron la llegada de los gringos, peleando en las callejuelas y los barrios más populares y bravos de la época: por el rumbo de la Alameda, en el Salto del Agua, en las cercanías de Tlaxcoaque, en rumbos de los que apenas queda memoria porque queda una calle diminuta, una plazuela casi inexistente: San Salvador el Seco y San Salvador el Verde.

Fue don Guillermo diputado veinte veces y casi todas por Tacubaya; secretario particular de presidente, hijo adoptivo de reliquias de la patria como don Andrés Quintana Roo -no sabemos que opinaba doña Leona Vicario de tal alianza-, autor de libros de texto de historia y maestro del Colegio Militar. le daba lata un día y otro también, a Porfirio Díaz, con solicitudes de apoyo y apapacho que creía completamente legítimas y justificadas, dada su condición de último ministro de la Reforma.

Fue sufridísimo ministro de Hacienda, que quedó quemadísimo con el asunto de la desamortización y nacionalización de los bienes eclesiásticos, y lo peor, sin beneficio alguno. Mentaba madres porque los méndigos conservadores le quemaron los archivos antes de largarse de Palacio Nacional, y no tenía idea de lo que habían hecho con el erario. Tuvo, en su beneficio, algo que los funcionarios del ramo de este siglo XXI no tienen tan fácil: a don Guillermo no le temblaba la mano para tomar decisiones. Respiraba hondo, se encomendaba a la patria, y firmaba. Es de recordar que fue el autor del primer plan de choque económico del México independiente: en su primera gestión en Hacienda, en tiempos de Mariano Arista, decretó una rebaja de 50 por ciento a los sueldos de militares y de la burocracia. Casi lo linchan. Arista lo protegió, un tanto asombrado de la alocada temeridad de su ministro.

En fin, que hace 119 años que se fue al otro mundo, con un crucifijo en la mano y una enrevesada leyenda según la cual había al pie de su cama un cura que lo conminaba a arrepentirse de todas sus  tropelías liberales. Lo enterraron en la Rotonda de los Hombres Ilustres -que así se llamaba entonces- y el asunto fue otro fandango: el gobierno de Porfirio Díaz pagó la fosa, pero no el monumento, que tuvieron que pagar, a plazos y con esfuerzos,  la viuda de don Guillermo, Emilia Collard, y su hija María.

¿Sigue aquí don Guillermo? Desde luego. Está en el diorama del Museo del Caracol; en la estatua que le hicieron en la ampliación del Paseo de la Reforma, con un tambache de sus libros al lado y con un manto al desgaire. Estuvo en los primeros libros de texto gratuitos, de donde lo desterró en 1971 el equipo de especialistas del Colmex comandado por doña Josefina Zoraida Vázquez, para acabar colado (jeje) en el libro de lecturas de sexto año de esa misma reforma educativa. Hay al menos dos calles Guillermo Prieto en la ciudad de México, y en muchas ciudades del interior del país hay también calle Guillermo Prieto; en el palacio de Gobierno de Guadalajara, en el patio de los naranjos, está el relieve que lo representa cubriendo a Juárez con su cuerpo. En la Unidad Habitacional Tlatelolco hay un edificio Guillermo Prieto, y mejor aún, unas “Tortas Guillermo Prieto”, puntada que le habría encantado de haberla presenciado. Cada vez que alguien dice “Los valientes no asesinan”, don Guillermo sonríe, en algún lugar insospechado, feliz de seguir en boca de los mexicanos.

A mí, sin embargo, es otra frase suya la que más me gusta. La rescató de los soldados que custodiaban a don Benito y a su gabinete en su viaje hacia el norte; eso soldados que se acordaron un 15 de septiembre que era noche del grito y le dijeron al güero Prieto, para que ayudara a armar la conmemoración. Conmovido, Juárez le dio a Guillermo los pocos pesos que traía en el bolsillo para “la fiesta de los muchachos”. A cambio ellos le dieron esta joya al poeta metido a político: “Y todavía nos acobijamos con la Patria”.

 

 

02
Ene
16

Los números de 2015

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 60.000 veces en 2015. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 22 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

17
Oct
15

Perro… ¿come perro?

buendia

Las generaciones de periodistas que podrían ser englobadas en lo que Jose Luis Martínez S llama “la vieja guardia” tenían un dicho que con frecuencia aparece, entre bromas y veras, en el habla cotidiana del gremio como es ahora: “perro no come perro”. Con el paso de los años, naturalmente, la frasecita ha tenido que pasar por las pruebas del ácido y de la brecha generacional.
A algunos, “perro no come perro” les suena a contubernio, a complicidad en esos recovecos de valores entendidos que no se han ido de las redacciones y espacios similares. A otros, les suena retro, demodé.
Pero en tiempos en que asesinan periodistas y no falta alguien del gremio que diga dubitativo: “vayan a saber en qué andaba”, a ratos parece que este mismo gremio anda, en muchas cosas -moral, profesional, operativamente- algo, bastante desamparado.
A como andan las cosas, no volveremos a ver esas reuniones multitudinarias en las que los periodistas arropaban a un colega amagado por el poder político o fáctico teñido de prepotencia. Es decir, “mostraban músculo”.

Así lo hicieron en 1945 cuando a Martín Luis Guzmán -tan reportero como el que más- se le ocurrió bronquearse con el clero cuando a los honorables señores se les ocurrió andar haciendo procesiones en Semana Santa, estando prohibidas las manifestaciones de fe públicas.
En aquella ocasión, donde se invitó a 600 periodistas y yerbas afines y según Salvador Novo llegaron “como 3 mil”, algunos acelerados hasta propusieron crear un “periódico liberal” que no se hizo realidad porque la concurrencia -con excepción de Siqueiros, que se cayó al punto con mil pesotes de los de entonces- andaba corta de fondos.

Así lucía don Martín Luis en su despacho del Semanario de la Vida y la Verdad.

Así lucía don Martín Luis en su despacho del Semanario del a Vida y la Verdad.

Bastantes años más tarde, los suficientes como para que algunos se acuerden y otros no tengan la más remota idea de lo que aquí digo, un gobernador de Guerrero -caramba, qué coincidencia- llamado Rubén Figueroa, tuvo la mala ocurrencia de amenazar al columnista Manuel Buendía. La solidaridad gremial se manifestó en otra reunión, igualmente masiva, en el restaurante del desaparecido Hotel del Prado, en julio de 1979.
Durante ese encuentro solidario, Buendía, a quien yo no conocí -lo mataron el mismo año que entré a la licenciatura- dijo algo que aún es válido, a pesar del tiempo transcurrido: “Allá, en los pueblos del interior, es donde el periodismo requiere auténtica valentía personal, porque las banquetas son demasiado estrechas para que no se topen de frente -por ejemplo- el periodista y el comandante de policía de quien aquél hizo crítica en la edición de esa misma mañana. Aquí la incomodidad más seria que sufrimos es la de no encontrar mesa en nuestro restaurante favorito de la Zona Rosa.”
En 1984, cuando le pegaron de balazos a Buendía a la salida de su oficina en la colonia Juárez, el gremio, además de indignado, muy asustado, convirtió el funeral del columnista en una demanda generalizada de justicia y seguridad para el gremio. Pero de ese momento, una señora con décadas en este oficio a la que me honra llamar amiga, le dijo a otro cercanísimo amigo: “entonces, fue el miedo el que nos unió”.
Pienso todas estas cosas al enterarme que el columnista Jorge Fernández Menénez -que tiene sus fans y sus malquerientes- acusa al columnista Julio Hernández -que tiene sus fans y sus malquerientes- de encabezar y promover uno de esos recursos ciudadanos que están tan de moda para darle corporeidad al derecho de pataleo, una petición colectiva enchange.org, que exige prohibir la difusión del documental “La noche de Iguala” realizado por Fernández Menéndez. Un integrante del gremio que promueve la censura al trabajo de otro integrante del gremio. Tantos años después, ¿resulta que perro sí come perro?
O, acaso, ¿hay integrantes del gremio que en los momentos pertinentes encuentran más rentable y/o conveniente y/o preferible el activismo al periodismo? Entonces no es un caso de “perro sí come perro”, sino uno de “activista ex-perro pretende comer perro”.
Como siempre ha sido en esta tribu, cada quién sus intereses y cada quién sus mieditos. Porque ese gran miedo que alguna vez acicateó el movimiento colectivo -y que, admitámoslo, nos ha llevado también a hacer osos espectaculares, como el que protagonizamos cuando unos guerrilleros mandaron al otro mundo a los vigilantes de la puerta del viejo edificio de La Jornada- no ha aparecido.

De modo que la polarización gremial sembrada hace unos cuarenta años en una historia que merece ser contada en otra ocasión,  ahora fructifica en la censura pública ejercida entre pares, de balcón a balcón. Es en días como estos que, con alguna melancolía, mi entrañable don Pepe Fonseca y yo volvemos a decirlo: ya no los hacen como antes.

25
May
15

“A Gremlin from the Kremlin” o disfrutemos la propaganda antinazi

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Corría 1944. La Warner Brothers, que ya había producido abundantes caricaturas de propaganda antinazi, alcanzó un nivel altísimo de humor corrosivo y despiadado, como corresponde al mejor espíritu de la caricatura, como se había cultivado en el siglo XIX y como se había afinado en las primeras décadas del siglo XX. El resultado fue una verdadera delicia, tanto desde el análisis de  la propaganda, como desde la simple gana de disfrutarlo. Se llamó “Russian Rhapsody”.

La Warner, que a la par de los estudios Disney, había producidos diversos materiales animados de tipo propagandístico, había ensayado diversos recursos: El pato Lucas (Daffy) peleando con una negra águila alemana, del mismo modo que el Pato Donald se había alistado en el ejército estadounidense e incluyo había tenido un sueño absurdo donde vivía en la Alemania nazi, lejos de la tierra de promesas y libertad que estaba en América. Incluso, hay por ahí unas muy medianas caricaturas de Superman peleando contra japoneses. Pero la Warner  acertó cuando volvió a uno de sus conceptos fundamentales en materia de animación: las Merrie Melodies, historias animadas que se creaban a partir de una pieza de música de concierto, en busca de la concordancia y la armonía.

Se trata de piezas impecables, donde música y acción se ensamblan de manera disfrutable. Las hay tiernas, simpáticas, burlonas o simplemente entretenidas. Pero cuando la Warner aplicó toda la mala fe de la que podía ser capaz su estudio de animación, sin emplear a sus personajes consagrados, brotó una pequeña joya.

Esa pequeña joya es la “Russian Rhapsody”, donde, con un fondo de música clásica que se transforma, facilona, en acordes que brincotean en el swing y el jazz, unos perversos duendes rusos sabotean de manera bárbara el avión que pilotea Adolf Hitler y con el que pretende bombardear Moscú, después de anotarse un muy risible discurso -los amigos del sitio Dangerousminds.net consignan que el batiburrillo verbal del Hitler de la caricatura está inspirado en una filmación de la célebre Leni Riefenstahl conocida como Triumph of the Will, e incluye los nombres de los dibujantes del estudio que les dieron vida, a los protagonistas de esta caricatura que dura 7 minutotes de completo delirio.

La caricatura incluye un diario que anuncia la intención de Hitler de bombardear Moscú.

La caricatura incluye un diario que anuncia la intención de Hitler de bombardear Moscú.

La caricatura es absurda, alucinante de principio a fin, y con un ritmo explosivo, entre cancioncillas que anuncia la inminencia del desastre, se dedica a pulverizar a Hitler gesto por gesto, palabra por palabra: se burla de su oratoria, de su exaltación, de sus decisiones. Los duendes, que son unos verdaderos desgraciados, son definidos como “A Gremlins from the Kremlin”, definición que agarran como bandera de guerra para fastidiar el avión de Hitler, y de paso, a Hitler también.

El asunto es aún más interesante si se mira cómo la caricatura señala a Stalin como el gran espantapájaros de Hitler: ante una máscara del personaje, Adolf, a esas alturas ya bastante histérico, grita como quinceañera aterrada; pero ya no hay remedio: los duendes ya hicieron de las suyas, el avión se cae a pedazos y a Adolf no le queda otra que intentar, sin éxito, salvar el pellejo.

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La caricatura podría haberse llamado, con perfecta coherencia, “Gremlins from The Kremlin” y ser igualmente efectiva. Pero, en fin: disfrútenla. Los que tuvimos de niños la suerte de que en el Canal 5 no se fijaran mucho en estos matices de la programación de los productos de la Warner, la vimos unas pocas, poquísimas veces en televisión. Yo creo que a estas alturas es un objeto de culto del mundo de la animación.

 

Ahora que vuelvo a bucear en lo que fue la entrada de México en la Segunda Guerra Mundial, señalaba en una conversación con los amigos de Twitter, que una de las grandes líneas de estudio de aquel conflicto es, a no dudarlo, la propaganda. La que se hizo en Europa, la que se hizo en Estados Unidos, poderosísima y recreada en muchos países, la alemana, desde luego. Todavía no se acaba de trabajar mucho material sobre estas acciones propagandísticas en el caso mexicano, y hay cosas formidables, algunas de las cuales les contaré después.

Una pieza más que merece una lectura detallada, es “The Ducktators” de la Warner también, pero en blanco y negro y de 1942. Evidentemente, el propósito es el mismo: fastidiar y revelar  al respetable auditorio quiénes son estos líderes del Eje… transformados en patos. El pato-Mussolini es una pequeña genialidad. Acá está:

 

La verdad, con este tipo de caricaturas, agudas, con propósitos definidísimos, las aventuras de Lucas, Donald y Porky -Disney tuvo el buen gusto de no involucrar en esto a Mickey- están bien a secas, y eso explica que, a la distancia, el largometraje que aspiraba, en ese contexto de guerra a promover la unidad de los países latinoamericanos y la hermandad con los Estados Unidos, “Los Tres Caballeros”, iniciada a fines de 1942 y estrenada en 1944, parezca hasta aburrida. La verdad.

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18
Abr
15

Postal del pasado reciente: recordamos al reportero García Márquez

Se agradece esta hermosa imagen a los amigos de ClasesdePeriodismo.

Se agradece esta hermosa imagen a los amigos de ClasesdePeriodismo.

Por todas las páginas de reportajes, de crónicas, de notas, de columnas y de artículos, recordamos con ese amor que se tiene a las figuras entrañables, a las que tuvieron que ver con nuestros años de descubrimiento del mundo, al reportero Gabriel García Márquez.

 

 




En todo el Reino

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