Posts Tagged ‘traslado de los restos de los caudillos de la independencia en 1823

12
Oct
12

Nuevo capítulo: los “huesos patrios” en tiempos de la transparencia.

Una historia bicentenaria más, que todavía no se acaba.

Dicen que la cabra siempre tira al monte. Y las obsesiones son las obsesiones, y las historias largas se van desarrollando en capítulos que, en tiempos de la llevada y traída transparencia, resultan más o menos sonados. La historia de los restos de los caudillos y personajes relevantes del movimiento independentista mexicano tiene un nuevo episodio. lo que demuestra que, al menos por un rato más, los mitotes bicentenarios seguirán dando de qué hablar, y los respetables despojos que ya fueron y vinieron a la Columna de la Independencia, es la hora, oh, hermanos, que no pueden descansar en paz.

Si Miguel Hidalgo, Ignacio Allende y José María Morelos hubieran sabido que sus huesos iban a ser materia de tan sistemática pachanga, a lo mejor disponen la desaparición de todo rastro de su paso por la tierra. El fervor por las reliquias laicas, dos años después de terminado el fandango bicentenario, sigue siendo motivo de pleito y jaloneo. Y esta vez el numerito corre a cargo del Instituto Federal de Acceso a la Información (IFAI), que ha decidido acogotar al Instituto Nacional de Antropología e Historia, y dispone que la entidad responsable de la salvaguarda de nuestro patrimonio histórico está obligada a proporcionar a un particular solicitante  “los estudios de antropología física y osteología” practicados a los ilustres huesos en 2010, cuando el (des)coordinador de las conmemoraciones tuvo la puntada de sacar los restos de la Columna -y en el pecado llevó la penitencia- para someterlos a estudios antropológico-forenses y, de paso, administrarles una mano de gato que, por lo que cuentan, ya les hacía bastante falta, como si, llegado el momento, y si acaso sonara la trompeta del Juicio Final, el Padre de la Patria y sus cuates de aventura tuvieran la necesidad de presentarse con los nobles esqueletos remineralizados y reforzados, a fin de hacer mejor impresión a los ojos del Creador.

Cuando los restos de los insurgentes volvieron a su cripta en la columna en julio de 2011, después de haber pasado un año fuera del nido de piedra donde los pusieron en 1925, todo parecía asunto de paciencia y buena fe. Seguramente, pensaron los inocentes, el INAH  meterá tercera en sus quehaceres, y con la misma velocidad que el respetable público ve en un capítulo cualquiera de CSI o mejor aún, de la popular “Bones”, en dos patadas quedarían listos los estudios, mediciones y reconstrucciones históricas que hubiesen menester.

Pero no fue así.  Con 2010 se acabó la temporada de spa que se le administraron a los “huesos patrios” -escalofriante expresión ésta, inventada en los años 20 del siglo pasado por la audacia e inventiva de un habitual de este blog, el reportero Jacobo Dalevuelta- y, lejos de enterarnos de las desdichas y aventuras que los restos habían experimentado en vida, hubimos de conformarnos con verlos en una espantosa capilla fúnebre encajada en Palacio Nacional, con  recargados tintes decimonónicos y música de fondo -loqueras del (des)coordinador, ya saben- , con la vaga promesa de que “pronto” los investigadores del INAH, guiados por la sapiencia histórica del INEHRM, podrían decirnos vida y milagros de los despojos de los héroes de la patria. Vamos, si en su momento hasta el difunto Alonso Lujambio, con el optimismo que tiene aquel al que no le han contado todas las cosas truculentas del regalito que le han dado, asumió que el rescate y restauración de los ilustres huesos sería motivo de interés multitudinario para todo mexicano que se precie de ser un poquitín patriota.

Antes de lo que se dice se-levanta-en-el-mástil-mi-bandera, ya estaban refunfuñando, en las páginas del periódico Reforma, algunos de los responsables del estudio antropológico-forense, a cargo del INAH, para decir que los #FuertesIndicios (término de moda por razones que ya resulta ocioso comentar) históricos que permitían decir que este cráneo pálido es el del padre de la Patria y no el de color oro viejo con una “M” en la frente, no eran, hasta eso, tan fuertes como en su momento el INEHRM presumió.  Hubo quien asegurara que la tropa de investigadores del INAH había hecho la mayor parte del trabajo. Pero la sangre no llegó al río, y los compañeros del INAH continuaron desarrollando sus tareas,  lejos de los alborotos públicos que perturbaron la versión edulcorada de lo que fueron nuestros centenarios.

No obstante, insisto, la pasión por las reliquias laicas no se desvaneció. Haya sido un reportero, o un curioso simplemente, el caso es que apareció uno de esos productos prototípicos de la transición democrática: una solicitud de información que requería del INAH pelos y señales del proceso de análisis de los aún ilustres, pero a estas alturas ya medio hastiados restos humanos. Aseguro que no fui yo, pero ganas no me faltaron. Y si no lo hice fue porque, recurriendo a las técnicas del oficio periodístico, hice algunas preguntas en las usuales “fuentes bien informadas”, amigos enterados de los procedimientos de trabajo del INAH. Fue así como me enteré de que los investigadores del área de antropología del mencionado instituto, habían registrado todo el análisis de los huesos ilustres como su proyecto de investigación, y que, los protocolos del INAH conceden hasta dos años para llevar a cabo el proyecto en cuestión y ofrecer los resultados del trabajo. Así de sencillo. Nada de oscuras conspiraciones para ocultarnos el pasado contenido en una “revoltura de huesos” -como escribieron nuestros tatarabuelos- ni silencios ocasionados por el hecho inconfesable de que los restos mentados no eran de quienes llevábamos 187 años pensando que eran.

Es uno de esos casos en los que la respuesta más sencilla es la correcta. Una vez iluminada por mi fuente bien informada, decidí que, algún día, más tarde o más temprano, los investigadores terminarían su trabajo, que se traduciría en una interesante publicación del INAH, y que bien valía la pena ser educado, paciente y esperar. En frecuentes conversaciones en Twitter, cada vez que se tocó el tema, esa fue mi posición. He de decir que no todos estaban de acuerdo con esa actitud, tal vez porque no poseían la misma información que yo -un gol más en la coladera de la comunicación institucional-  o porque la saturación de las audiencias mexicanas respecto a la información de las glorias de la investigación forense han generado la creencia, entre el respetable público, de que eso de andar definiendo la identidad del propietario del fémur que uno trae entre manos toma, exactamente, y con comerciales incluidos, una hora. Nada más lejos de la realidad.

De manera que el particular o reportero, decidido a conseguir a como diera lugar la información existente sobre el spa de los huesos ilustres, se fue por el recurso cómodo de pedirle al INAH los datos,  conforme a la Ley Federal de Transparencia y Acceso a la Información Pública. La acción, que produce tanto placer como clavarle una banderilla a un toro que nos es ligeramente antipático, tiene la ventaja de que es más o menos ineludible: te contestan porque te tienen que contestar, aún cuando hay bastantes que dedican un ratito a consumir neurona para soltar lo menos que sea posible, y, en algunos casos, si se puede, no soltar prenda.

En el caso que nos ocupa, en lugar de explicar por la buena de qué se trataba la investigación y los tiempos de realización, además del protocolo de trabajo de los compañeros antropólogos, el INAH optó por la usual reacción de muchas entidades de gobierno: enconcharse, proporcionar la menor cantidad de datos posible e invocar, a toda prisa, al Comité de Información respectivo para declarar reserva sobre tópicos y asuntos que, no afectando la seguridad nacional ni lesionando las finanzas del país, no tenían por qué tenerla.

Claro que, cuando el particular solicitante vio que desde el INAH le pintaban un violín respecto a su solicitud de información, hizo lo que todo preguntón o curioso aficionado a incordiar entidades gubernamentales por medio de solicitudes de información: encajarle al Instituto un recurso de revisión, que, una vez analizado por los comisionados, derivó en una conclusión más o menos previsible: el INAH tendrá que caerse con la información que le habían pedido desde endenantes.

La nota publicada ayer jueves 11 por el semanario Proceso, y que puede leerse aquí    resulta más divertida cuando se sabe que el INEHRM, por boca de su titular, el otrora (des)coordinador de las conmemoraciones de 2010,  en algunas semanas más pondrá a circular un libro que, se dice, será gruesecillo, porque además de c0ntener cuanto acercamiento histórico se generó en torno a los entrañables huesos, es decir, la reconstrucción histórica de sus destinos originales, de sus viajes y de las pachangas en sentido literal, que se armaron a su paso por el Bajío, camino al homenaje y la apoteosis que les administraron al llegar al Valle de México, se adjuntarán los famosos análisis antropológicos y osteológicos, así como su informe final, que, hasta donde sí ha trascendido, nos garantiza que tendremos reliquias patrias y laicas casi casi hasta el fin de los tiempos.

Evidentemente, al IFAI le traía sin cuidado lo que estuviera planeando el INEHRM, como rescoldo del breve destello bicentenario. Como finalmente el organismo encargado de garantizar la transparencia de la información pública en tierras mexicanas no está obligado a recuperar todos los elementos que puedan sustentar sus juicios y sus disposiciones para dar cumplimiento a uno más de los muchos recursos de revisión que seguramente recibe a diario, acabó por disponer que el periodo de reserva ha transcurrido ya, y dos recursos de revisión más tarde, se supone que ya deberemos saber qué ocurrió y qué les ocurrió a los despojos de los padres de la patria. Tal vez la semana que viene, o tal vez en unas semanas, cuando el libro anunciado por el INEHRM aparezca y nos podamos entretener en los dictámenes finales.

Pero como nada es perfecto, y menos la comunicación institucional en estos tiempos, hay quienes piensan que estos estudios se hicieron para determinar si los restos pertenecen a quienes creemos que pertenecen, es decir, si los huesos de Hidalgo son de Hidalgo, si los de Allende son de Allende, y así. De algunos de los personajes analizados, como Leona Vicario y su esposo, don Andrés Quintana Roo, no hay muchas curiosidades; sus decesos están bien documentados, sus inhumaciones y sus exhumaciones igual. En cambio, los restos de los primeros caudillos insurgentes tuvieron horas azarosas y ese modo de contar de los decimonónicos tempranos a veces desespera. Pero de eso hablamos un poco más tarde.

MEA CULPA

Tiempo tiene este blog viviendo de sus glorias, pero con una perra carga de remordimiento. Tanto es el vértigo a veces, que la lista que se titula: “buenos temas para el blog” se va alargando y alargando. Pero ya para qué decir más. Sólo queda hacer acto de contrición y prometer a los paseantes que se aventuran por este reino, que no habrán de menudear las ausencias. Estamos de regreso.

 

 

 

 

 

 

 

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22
Jun
10

Pasear huesos 5: Cuentos desde la cripta

 

Como los representó la prensa mexicana en su paseo de 1895

Los huesos de los padres de la patria se quedaron guardaditos en 1823 y todo mundo se regresó contento a sus quehaceres, a grillarse, a pelearse, a escribir constituciones, a soportar invasiones y demás peculiaridades que suelen ocurrir en los países recién nacidos. Lo bueno es que, por ese pudor peculiar que les dio a los artífices del despósito, de no dejar a la vista de todos los restos colocados en el altar de los Reyes, los próceres de la independencia no pudieron atestiguar tantas barbaridades como cometimos los mexicanos en las siete décadas que siguieron a su llegada a la Catedral Metropolitana.

Claro que tampoco presenciaron algunos acontecimientos trascendentes, otros heroicos y otros más hasta triunfales. Bueno, no se dieron por enterados de la Guerra de Reforma, ni siquiera cuando don Juan José Baz rondaba en las cercanías con las nada sanas intenciones de echarle piqueta a los muros del templo.

Han surgido leyendas urbanas, brotadas de una errata del libro que sobre la Catedral metropolitana escribió Manuel Toussaint en 1948, con una reimpresión de 1973, según las cuales, en 1865, durante el imperio de Maximiliano habría tenido lugar una curiosa exhibición de los restos, que habrían sido llevados al palacio del Ayuntamiento y les habrían puesto coronitas de flores.

 Convendrán que en plena intervención francesa el hecho resultaba demasiado fuerte para la sensibilidad de los liberales que, desperdigados en el país, hacían resistencia, cada quien a su manera, junto a don Benito o sin don Benito, peleados con él o decididos a morirse en la raya con él y por él. Lo curioso es que una revisión de la correspondencia de algunos de ellos, de los textos que publicaron, de los periódicos que hicieron, de los testimonios que dejaron muestra que no hay huella de tal acontecimiento, que a no dudarlo, hubiera resultado una ofensa de calibre mayúsculo para todos. ¿Cómo es que el usurpador austriaco se atrevía a ir a perturbar el descanso de los padres de la patria para sacarlos al Ayuntamiento? Evidentemente, el reclamo habría rebotado de aquí para allá, en el territorio dominado por los liberales republicanos. No está, ni siquiera como para que, a toro pasado, y siguiendo la famosísima Teoría de la Costra de don Miguel León Portilla, los señores, en plena República Restaurada, siguieran abriéndose las venas por la puntada de Max. Igualito a como le hicieron en 1861, recién terminada la guerra de Reforma. Se acababa enero de ese año, y seguían publicando poemas a la memoria de los Mártires de Tacubaya, que habían adquirido la calidad de tales desde 1859.

En concordancia con estos liberales que no dejan testimonio de indignación por un “evento” que nunca pasó, y en respaldo de esta idea de “leyenda urbana”, hay que decir que Agustín Rivera, que fue muy acucioso (que no necesariamente significa ser preciso) en la recolección de testimonios, papeles y materiales para sus Anales Mexicanos: la Reforma y el Segundo Imperio, no deja dato al respecto y sí, en cambio, de las actividades de Max en Dolores, cuando hizo, para escándalo del conservadurismo, su propia ceremonia del Grito, tan cercana a lo que conocemos hoy.

Para tranquilizar momentáneamente mi conciencia (y digo momentáneamente, porque en cuanto haya tiempo, le rasco un poco más a algunas fuentecillas interesantes que por allí aguardan), agrego que tampoco hay dato alguno en el México desde 1808 hasta 1867 de Arrangoiz, pero sí puede verse el berrinche del que fue embajador de Maximiliano en Londres por la ceremonia de Dolores de 1864, donde acusa al archiduque austriaco que se quería convertir en emperador mexicano, de “lenguaje impolítico, falso ofensivo a los antepasados de Maximiliano, a la familia reinante de España, al partido conservador”; de 1865 ni se ocupa, entretenido como está don Francisco, en reprocharle al emperador sus actitudes liberales.  Pero tampoco hay huella del hecho indignante en las Revistas Históricas de don José María Iglesias, que, en cambio, sí cuenta que en ese 1865,  en Chihuahua, un grupo de jóvenes mandaron a decir una misa en la capilla de San Francisco, donde enterraron originalmente los cuerpos decapitados de los caudillos insurgentes, sin otro adorno que una bandera mexicana a media asta y con crespón negro. Añado que en la correspondencia y escritos de mis queridos liberales decimonónicos no hay huella del chisme. Ahora resulta que hay unas “memorias secretas” del Nigromante publicadas en 2009 o principios de este 2010, pero de esas hay que hablar luego porque hay allí una peculiar colección de barrabasadas mezcladas con historias de familia.

¿Qué sí hay en varias fuentes? El dato de que el último día de septiembre de 1865 se inauguró la estatua de Morelos, originalmente ubicada en la Plaza de Guardiola (asunto que disgustó bastante a Agustín Rivera) y que hoy día se encuentra en la colonia Morelos (pues sí) y cuya réplica se podía ver hasta el domingo pasado en el Museo Nacional de Arte. Ese dato nos servirá para hablar otro día de Morelos.

El caso es que, en principio, los restos de los caudillos insurgentes se la pasan más o menos en paz hasta 1895, cuando esos aguafiestas que con frecuencia somos los periodistas publicaron en diversos periódicos algo que ya era la idea contemporánea de “noticia”: aquel hecho que tiene, además de novedad, impacto colectivo. En esos días ya existían esos que iban por el mundo presentándose como reporters o incluso réporters, que convivían con la tierna imagen de don Guillermo Prieto, yendo a la redacción de El Universal de entonces (que no tiene nada que ver con El Universal de hoy, ni por contenido, ni por sentido ni por linaje familiar) a dejar sus textos aún escritos a mano para que se convirtiesen en tinta y papel impreso.

Se acababa julio de 1895, y en la prensa aparece la denuncia: la cripta donde se encuentran los restos de los insurgentes está llena de polvo, tierra y telarañas y que la urna que los contiene prácticamente se ha deshecho por la humedad y la falta de atención. Parece que la bronca había sido detectada desde los primeros días del año, pero, para variar, nadie había hecho caso. Desde entonces se había asentado que los cráneos tenían letras que permitían distinguirlos (ajá, sí, ¿cuál M es la de Morelos y cuál la de Mina y cuál la de Moreno?), y la otra cosa: hablaban de todos los restos “en un ataúd” (o sea, todos revueltos como parecía que andaban desde 1823) y de una fragilidad tal, debido a la humedad y al descuido, que ni para tocarlos estaban.

Así pues, se acababa julio de 1895, se sabe que algunos personajes entre los que no faltan los periodistas (andan en el asunto Angel Pola y Luis González Obregón) bajan a la cripta y ratifican los dichos de los periódicos: eso está para llorar. Algunos restos están “casi deshaciéndose”, la imaginería se desata: hasta se dice que los albañiles que hacen arreglos en la catedral se ponen a jugar con los restos. Con mayor certeza, se afirma que al tomar uno de los cráneos, el ilustre despojo casi se les desmorona. Se arma el consecuente escándalo y el necesario mitote.

En un clásico caso de “sociedad civil” llenando los huecos que la autoridad deja, una corporación, la “Gran Familia Modelo”, abre una suscrpción para reunir fondos y pagar una nueva urna, bella y decorosa en donde resguardar los dichosos restos. Y entonces, mientras se junta el dinero (los 350 pesos que iba a costar la cháchara en cuestión), pasan cosas deliciosas, prodigiosas y definitivamente mexicanas: 

En una demostración de que, tan cierto hace un siglo como hoy, la buena fe no necesariamente va acompañada de cordura e inteligencia, los restos ilustres reciben un tratamiento de limpieza: los lavan con jabón y estropajo (así estarían), parece que algunos fragmentos de huesos se deshacen en el operativo, y después, para que sequen y blanqueen, se quedan un par de días en un patio de la Catedral que le llaman “de los Coloraditos”, en unos tablones. Díganme si no les suena a que la revoltura de restos ya iba como en su sexta vuelta, porque, aparentemente, es en esa sesión de SPA donde les vuelan algunos pequeños indicios de identificación.

Ahí expuestos, reciben la visita del fotógrafo de El Mundo Ilustrado y del señor Cruces (de Cruces y Campa). Aparentemente, de esos momentos es la foto, preciosa, de los restos absolutamente mezclados en un mini-osario, donde, en un cajón, están cinco cráneos, y en divisiones inferiores, ordenados por tipo de hueso y tamaño (los fémures con los fémures, las vértebras con las vértebras y por ahí le siguen) los padres de la patria contemplan a la posteridad.

Eso de la exhibición de los restos da lugar a situaciones interesantísimas: dice la prensa que asiste gran cantidad de personas a ver a los antiguos insurgentes; como los han colocado sin más ceremonia en los tablones donde deberán secar, El Mundo Ilustrado patalea y se queja de tamaña falta de respeto. El sacristán de Catedral se cae con cuatro cirios que arden en torno a los huesos los dos días que los sacan a tomar el fresco; otros dos espontáneos llevan coronas de flores (si se fijan es lo mismo que arriba mencionaba como la referencia de Manuel Toussaint). Un individuo que un periódico identifica como Eliodoro Orellana y Roldán, llega con su sobrinito Idelfonso, ofrece dos coronas de flores blancas y pide, atentamente, permitan que el chamaquito le de ¡un beso! al cráneo de Miguel Hidalgo, cosa que, ciertamente, le autorizan. El periódico se abstiene de consignar las opiniones del escuincle.

La urna, dibujada por El Universal de 1895.

Al día siguiente, 29 de julio de 1895, se llevan los restos al edificio del Ayuntamiento, donde otro ilustre, Leopoldo Batres, los somete a una seria revisión. De ahí, los trasladan al edificio de la Aduana de Santo Domingo, el actual edificio de la Secretaría de Educación Pública, que es engalanado tan abigarradamente como le gustaba a nuestros ancestros de fines del siglo XIX, con crespones negros, telones rojos, lanzas, armas y águilas y palmas y veinte cosas más, todas colocadas en un estético amontonamiento, para ofrecer digno escenario a la ceremonia civil de homenaje, antes de regresarlos a Catedral, donde los montarán en un catafalco para que escuchen su responso antes de mandarlos a dormir a la capilla de San José.

Así como es de pequeño el trayecto de la Aduana a Catedral, hay guardia solemne y la gente se agolpa en las calles a contemplar su paso: de esos momentos quedará la plana de periódico que he puesto al principio, dibujada por los habilidosos del Gil Blas Cómico. El problema es que la caballería suelta golpes de sable y de animal para contener a los curiosos, y los gendarmes reparten garrotazos. Todo mundo se apelotona en la capilla para presenciar el espectáculo y hay empujones, broncas, apretones y varios raterillos se hacen de fistoles y relojes.

Como en estas cosas nunca se queda bien con todos, muchos reclaman la poca delicadeza de las fuerzas del orden, otros se quejan en la prensa de que el numerito fue “churrigueresco”, con tanta pompa como el Jueves de Corpus de los días de Santa Anna.  El caso es que, pasado el número, la procesión y el homenaje, a medio camino entre lo religioso y lo laico, ahí se quedan los huesos ilustres treinta añitos más, hasta que Plutarco Elías Calles decida que les hará bien cambiar de aires y se los lleve a la Columna de la Independencia.

 NUEVOS ECOS DEL  5 DE MAYO.

Escuchando radio, mientras iniciaba esta entrada, me entero que en las cercanías del estadio sudafricano donde habían de jugar al rato los futbolistas mexicanos y franceses, hay un contingente de poblanos vestidos… de indios zacapoaxtlas (y, de quienes, lamentablemente, no he podido hallar ninguna foto), con el argumento de que es un buen modo de dar ánimos a los once señores que NO tienen en las piernas el honor nacional, porque al fin y al cabo, alegan en su defensa,  ya les “hemos ganado” a Francia, en ocasiones como el 5 de mayo de 1862.  Estas cosas sí me dan como escalofrío, disculpen ustedes.

Pero tengo que admitir y aprender que el partido de futbol del jueves es un fenómeno interesantísimo y aleccionador para que no nos clavemos en la fantasía y el anhelo de que tooodo el país tiene (ni tiene por qué tenerlas) las mismas ideas que tenemos algunos acerca del pasado y de la utilidad de la historia . Ya podemos darle veinte vueltas al asunto, llevarlo a una emisión de “Discutamos México” (¿es que hay alguien que aún lo vea?) y ejercer el derecho al pataleo, pero lo cierto es que la gente usa el conocimiento histórico que posee PARA ESTO: para decir que un triunfo futbolístico es casi  (no, sin el casi) tan memorable, tan grande, tan relevante, tan trascendente, como la única gran victoria militar de la historia mexicana (porque a mí no me digan que la batalla de Camarón es como para sentirse muy orgullosos), y que una victoria es una victoria, y que el partido del jueves 17 será tan recordado como el combate en Loreto y Guadalupe. Y la pachanga consecuente, tan grande que alcanza a todo mundo. He sabido de un prestigioso encuestador que ha recibido este mensaje: “Las armas nacionales se han cubierto de gloria: Ignacio Zaragoza y Javier Aguirre”.  Otros han festejado una variación de la frase inmortal: “las piernas nacionales se han cubierto de gloria” y hasta han acusado al pobre sargento De la Rosa de “inspirar” a los futbolistas mexicanos (gulp).

Hay que añadir que en la prensa de ese jueves 17 de junio hay al menos dos cartones, para ser más exactos, en la edición del diario Milenio que amalgaman la batalla del 5 de mayo con el futbol. Independientemente de lo que pensemos algunos y de lo que opine Ignacio Zaragoza donde quiera que esté (porque una cosa es el servicio a la patria y otra muy diferente es reaparecer en la prensa mexicana junto al entrenador de la selección nacional de balompié), aprendamos la lección: aún pervive entre los mexicanos, y goza de cabal salud, esa “historia patria” que muchos critican de oídas o porque no les tocó vivirla o porque se la imaginan como uno de los perversos complots del Estado mexicano de los tiempos del priato, destinada a construir un discurso de blancos y negros, de buenos y malos y todos esos discursos que a estas alturas espero que ya no sorprendan a nadie, porque todavía hay por ahí uno que otro que, agarrado de ese discurso, aún pretende venderse como el inconoclasta que se opone valiente, heroicamente, con frases medio escandalosas, a ese fantasma de la “historia oficial”. Está bien ser críticos, pero no a lo bestia, diría yo.

Nomás para documentar el asunto, ahí les van los cartoncitos, que, desde luego, son de los compañeros de Milenio.

Sin comentarios

El otro cartón también está como para echarle una pensadita…

Ups… esta entrada sí está terminando como un auténtico Cuento desde la Cripta… que nos sirva de lección: mensajes desde lo que mi querido don Pepe Fonseca llama, con toda razón, el México Real.

16
Jun
10

pasear huesos 4: una, dos ¿tres revolturas?

Pues hete aquí que en la Villa de Guadalupe, hacia la segunda semana de septiembre de 1823 empezaron a concentrarse los enviados que traían los restos de todos los personajes de la insurgencia, próceres, héroes o como gusten llamar.  Mientras los restos de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez hacían su tour de la nostalgia, el reencuentro con sus fans y el gran desagravio multitudinario que todo el Bajío le prodigaba a los iniciadores de la insurrección,  de Ecatepec se trajeron al padre Morelos y quienes nos dejan testimonios, como Carlos María de Bustamante, se tomaron la molestia de acotar que su cuerpo “estaba entero”, ni decapitado ni cosa parecida, por deferencia de su gran contrincante, Félix María Calleja. De Valladolid traían “en un baulito enlutado”, los restos de Mariano Matamoros, y desde el Cerro del Bellaco, en Guanajuato, los de Xavier Mina.

Hay que decir que, los testimonios nos indican que nadie se tomaba el asunto como forzado, o que tanta ceremonia y homenaje se debiera únicamente a que el decreto que disponía el rescate y homenaje de los restos estuviera firmado por José Mariano de Michelena, Miguel Domínguez, Vicente Guerrero y José Joaquín de Herrera, del mismo modo que nadie se tiró a la tragedia por la disposición de que los ilustres y reivindicados restos fueran a reposar a la Catedral. El jovencísimo México era un país absolutamente católico, no había fieros comecuras que se negaran a depositar sus preciadas reliquias en un recinto religioso, ni hubo clérigos que ofrecieran tenaz y pública resistencia (lo que no excluye la posibilidad de que hubiese muchos inconformes). Sin embargo, no se armó ningún mitote que, de tan grande, perturbara la magnitud de la ceremonia. Es interesante agregar que esto viene a corroborar las recientes conclusiones de la Conferencia del Episcopado Mexicano, según las cuales las excomuniones de Hidalgo y Morelos habían sido levantadas en sus trances de muerte. Iba a estar más difícil que las autoridades de la Catedral admitieran, así como que de buenas a primeras, a un par de excomulgados, aunque fuesen los padres de la patria.

En el caso de los cuatro caudillos de los primeros días de la insurgencia, los habitantes del Bajío se esmeraron y produjeron poesías que, además de homenajear a los restos de los señores en cuestión, cumplían a la perfección con la encomienda del desagravio que determinaba todas las disposiciones del Congreso. Aquí, otra octavita de aquellos días:

Octava

Amor y gratitud y loor eterno

y lágrimas salobres y sollozos

a las cenizas frías de un Padre tierno

en tributo ofrezcamos presurosos;

pues a manos de furias del Averno

y en medio de suplicios horrorosos

su sangre derramó por darnos vida

y por sellar la libertad querida.

Ah, un detalle interesante. Este decreto de 1823 ya dispone que las tropas harán a los restos famosos “los honores que previene la ordenanza para los capitanes generales, con mando en jefe y que fallecen en la plaza”. Como pueden ver, hay interesantes antecedentes del reglamento del ceremonial militar al que se ha atenido la forma del paseo de huesos del otro día.

Ha de reconocerse que los encargados de las exhumaciones trataron de hacer bien su trabajo. El acta de exhumación de Mina, hecha el 27 de agosto de 1823,  asegura que, apoyados en la guía de dos “individuos”, los encargados del asunto se internaron en el Campo del sitio del Fuerte de los Remedios, y no les quedó duda alguna de que se tratara de Xavier Mina, y “fueron depositadas sus reliquias” (ojo con el término) “en un féretro lo más decente que en esta hacienda pudieron proporcionar”.

Como de costumbre en estas ocasiones de contento, no faltan las complicaciones: los sanmiguelenses escribían a Guanajuato pidiendo permiso para tomar, de los recursos del ayuntamiento, lo necesario para costear las exequias (le calculaban unos 60 pesos); los de la jefatura política de Guanajuato respondían que no tenían facultades para ello, pero que les echaban una mano con la Diputación Provincial para que les autorizaran la medida, en fin, para variar, naaaada nuevo.

Fue tanta la prisa que traían en el Tour del Bajío que, en el reporte que hacía el 19 de septiembre el sanmiguelense Ignacio Cruces, que hubo de admitir que, la neta, no habían tenido tiempo de corregir el borrador de la oración fúnebre que prepararon. Lo cierto es que en esos días no hubo quien durmiera en San Miguel, entre cañonazos de artillería, redobles cada cuarto de hora hasta las 9 de la noche y continuados a partir de las ¡cuatro de la mañana! y hasta las 9, cuando tocaba que cantaran misa que se desarrolló entre “dobles” de tambor y más cañonazos de artillería. Inolvidable el asunto, como pueden ver.

Lo que es inquietante, para el que le inquiete esta historia, es que en todos estos documentos se habla de los “ilustres huesos”, sin precisar, bien a bien a qué tantos huesos se refieren, es decir, ¿cabezas y cuerpos reunidos de los señores que habían sido decapitados, como se supone que ocurrió en Guanajuato? lo que sí refieren es que, a su llegada a México, el famoso teniente Luna estaba entregando UNA URNA  que “conducía” -contenía- los “respetables restos”. Cómo estaban acomodados, cómo se cuidaron de identificar cada uno de ellos, es cosa que no se detalla, pero nadie nos asegura que, desde entonces, uno que otro hueso hubiese ido a dar a donde no le tocaba.

De otros próceres de la independencia, como Leonardo Bravo o Hermenegildo Galeana, la verdad es que nadie supo encontrarlos, fuera porque habían ido a dar a una fosa común que, incluso ya había desaparecido, fuera porque sencillamente, nadie sabía dónde buscar.

Bustamante nos proporciona, en su Diario Histórico, la crónica de aquellos días, complementada por las aportaciones al homenje colectivo que efectuaron periódicos como La Águila (sí, La) y El Sol. Cuenta don Carlos, el 13 de septiembre de 1823, cuando, por lo que anota, había un aguacero de perros, el Congreso se puso a trabajar en el ceremonial que implicaría pasear a los “huesos patrios” (y dale… el domingo lo acabo de leer en un texto del Reforma… parece que nadie tiene la claridad mental para percibir lo absurdo de la expresión): una comisión de trece diputados, el presidente del Supremo Poder Ejecutivo, y nuevos honores por lo que llamó Bustamante “milicia cívica”. Mientras los señores diputados se ponían de acuerdo, “El Sol” contaba que, a su paso por Querétaro, los restos de los insurgentes eran acompañados por indios y “personas miserables” que, desde muy lejos y con vela en la mano (otra vez: la idea de la procesión religiosa) se unían al cortejo.

Para la mañana del 15 de septiembre, acota Bustamante que los restos de Morelos, enteros, hacían su entrada a la Villa de Guadalupe. Un detalle interesante: eran tres las bandas de música que acompañaban los despojos del cura de Carácuaro y no le tocaban ni marchas fúnebres ni acordes militares: sones y valses para Morelos. Lindo detalle para pensar.

“Los cadáveres” -continúa Bustamante- que en realidad no eran sino restos áridos, iban en cinco urnas. Cómo se acomodaron, quién con quién, cómo y en dónde, es cosa que Bustamante no detalla. Lo que sí nos cuenta es la pomposa procesión que se armó: caballería con uniformes de gala, avanzando al toque de trompeta, la primera urna (¿con los restos de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez?) llevada -ah, qué ironías, por tres antiguos realistas y un solo insurgente; a continuación las otras cuatro urnas. integrantes de la Diputación Provincial y del Ayuntamiento, compañías de infantería y nuevamente, caballería. Detrás, “más de trescientos coches de duelo”. Todo un gran cortejo, mucho más solemne que la simpática fiesta con la que había llegado, lo que quedaba de Morelos, desde Ecatepec.

Como, la verdad, nadie traía prisa, llegaron a la ciudad de México con las frescas de las seis de la tarde, y el cortejo enfiló a Santo Domingo, donde “se depositaron los huesos” para pasar la noche. Aquí viene otro incidente curioso que da mucho qué pensar: “En la noche”, agrega Bustamante, “pasó el jefe político a separarlos [los restos] para que todos fuesen bien colocados en un magnífico carro”. Separarlos por qué, de qué manera, a santo de qué, es otra incógnita, según la narración del periodista insurgente. Lo que sí queda claro es que en su trayecto desde Chihuahua, si es que llegaron enteras y cabales “las huesas”, Guanajuato y demás destinos del tour, los despojos de los señores que nos dieron “patria y libertad” (ok, ok, prometo no volver a usar la archimentada frase) fueron ordenados, reordenados, acomodados, reacomodados, juntados, separados, vueltos a juntar y vueltos a separar.

A la mañana siguiente en muy solemne procesión por las calles de lo que hoy es nuestro Centro Histórico, los restos de los insurgentes avanzaron en calles silenciosas pero llenas de gente. Muchos de los vecinos habían adornado sus casas, conforme al anuncio que el día anterior se había circulado por toda la ciudad, con cortinas blancas y lazos negros.

Por lo que cuenta Bustamante, este sentimiento de desagravio que nos explica que tantos años después sigamos en estas cosas era muy intenso doce años después del fusilamiento de Hidalgo y sus compañeros. Escribe el periodista que mucha gente lloraba y “hacíanse votos por el descanso de sus almas y al mismo tiempo se imploraba la justicia del cielo para que vengara aquellos asesinatos”. Además del desagravio, la venganza, cosa interesante.

Entre grandes ceremonias, rodeados de milicia de niños con tambores, los restos llegaron a Catedral. Bustamante decía que Vicente Guerrero tenía un semblante lloroso, juzgó el cronista, porque recordaba a Morelos. Misa, sermón de una hora pronunciado por el Dr. Argándar, vocal del Congreso de Apatzingán designado por el cura de Carácuaro, responsos y ¡por fin! los restos se quedaron… en la capilla de san Felipe de Jesús, entre repiques de las campanas.

Bustamante refiere que el número se acabó a eso de las tres y media de la tarde. Circulaban abundantes papeles cuyos contenidos llaman la atención, porque se trataba de un ejercicio de memoria, de “actualización”, de dar todos los elementos posibles para que la gente pudiese valorar el sentido profundo de lo que acababan de presenciar, que, ha de aclararse, no es el mismo sentido que tendría lo que vimos el 30 de mayo de 2010.

La Gazeta reprodujo la sentencia de Calleja contra Morelos, e incluso, deja constancia Bustamante, algunos de los textos incluidos aludían a algunos personajes que para ese septiembre de 1823, aún vivían.  Se publicaron las poesías de la pira honorífica que se había montado en Catedral (de esas muestras de arquitectura efímera habría que hablar después), y tres periódicos: El Sol, La Aguila y El Diario de México presentaron “cosas preciosas y dignas de la memoria de nuestros hijos”. Otra vez el ejercicio de la memoria: escribimos, hacemos, para que el pasado no se pierda, para que nuestros hijos no olviden, para que alguien, un día, recuerde lo ocurrido. Como dentro de veinte o treinta años o cuarenta, los niños que estuvieron en Reforma el 30 de mayo dirán que vieron pasar los cráneos de los insurgentes, si es que la memoria de estos centenarios de 2010 pervive y se conserva.

La estadía de los restos en la capilla de San Felipe de Jesús fue provisional; después se colocarían en la bóveda de los virreyes, debajo del Altar de l os Reyes, “hasta que se forme el sepulcro que deberá de contenerlas y que habrá de erigirse con el gusto y arte que pide la justicia y el decoro de la nación mexicana, pues el respeto debido al augusto Sacramente del altar y las liturgias no sufren que estén a la vista”. O sea, no era tanto el entusiasmo por los despojos terrenales de la insurgencia que los estuvieran contemplando a toda hora: se les daría una digna sepultura, resarciendo la ofensa de sus ejecuciones. No sé qué tan consciente de ello era Francisco González Bocanegra cuando escribía la letra del Himno Nacional, muchos años después, pero, con toda esta historia, es muy explicable, más allá del tono épico del himno, esta idea del “sepulcro de honor” que merecía un conjunto de personajes a quienes el México de 1823 se sentía obligado a honrar y desagraviar.

Todo esto ocurrió el 17 de septiembre de 1823; finalmente los restos sí se fueron al que iba a ser su destino durante una buena porción de años; finalmente los congresistas se salieron con la suya, finalmente Miguel Hidalgo sí entró a la ciudad de México, finalmente inició la ruta hacia la nominación  de Padre de la Patria. Iban a pasar varias décadas antes de que se armara otra bronca por los restos de los caudillos insurgentes. Por lo pronto, anotó Bustamante, “Los huesos contenidos en las urnas pertenecen a los señores Hidalgo, Allende, Aldama, Mina, Matamoros, Rosales, Morelos y Jiménez.” Pese a que había razones para cuestionarse si algunos de esos retos eran de quienes se decía que era, y por “razones” me refiero a lo accidentado de los enterramientos en los lejanos días de la insurgencia, la distancia recorrida, los vaivenes del camino, los acomodos y reacomodos en una, en “varias”, en cinco urnas, en dos si le hacemos caso a la relación publicada en la Gazeta Extraordinaria del Gobierno Supremo de México del 20 de septiembre, NADIE se cuestionó si eran o no eran. De unos y otros había mayor o menos certeza de que fueran quienes todo mundo esperaba, deseaba y daba por hecho que fueran.

Bustamante explica esta circunstancia de manera muy clara: un mes antes de la solemne procesión, reflexionaba,  a propósito de la petición de la diputación provincial de Valladolid, que deseaba le entregaran los restos de Morelos “la América mexicana abundaba de mármoles y bronces para erigir estatuas, pero carecía de héroes a quienes consagrarlas, ahora ya se le presentan…” Estaban los mármoles, estaban los héroes en las condiciones más materiales que se pudo, estaba creada la tumba honrosa y dignificante. Todos contentos.

El expediente se cumplió de la mejor manera posible; la Gazeta hablaba de una urna con cristales, “lo que proporcionaba que el público viera los preciosos restos de sus primeros libertadores” y “sobrepuestos de metal dorado, arabescos y láminas de plata en que se puso el nombre de cada héroe, que con separación se ven reunidas (o sea, ¿juntas pero no revueltas?) y hacen el contraste más tierno (sin comentarios) y grandioso. Acotaba la autoridad que, pese a lo suntuoso del arreglo, “hecho con la mayor magnificencia” había resultado muy barato a la hacienda pública (perfecto: quedar bien a precio decoroso), “menos de la décima parte que importaban en el anterior gobierno las honras de los reyes”.

El único detallito es que, con tantas carreras, de julio a septiembre no hubo manera que se apresurara la hechura del sepulcro del Altar de los Reyes, de modo que los padres de la patria fueron una temporadita hospedados en la capilla de San Felipe. Quién sabe por qué estas cosas nunca quedan a la hora en que se las necesita. Pero el caso es que se había cumplido y de ello se dejó constancia en las poesías de la pira. Esta, en particular resume de qué se trató el mitote de 1823:

A los mortales despojos

de los inmortales Varones

que habiendo echado los cimientos

de la libertad de la patria,

sacrificados con vileza, murieron heroicamente.

México reconocida y llorosa

les tributa los honores fúnebres

el día 17 de septiembre de 1823

¡Ah!, y el 20 de septiembre se aplicaron los señores congresistas a la conmemoración del Grito de Dolores, que por andar en esto de los huesos, habían pospuesto el día 16. Lindo.

 OTROS HUESOS CÉLEBRES

En estas de los huesos andábamos y casi al mismo tiempo teníamos enfrente dos fenómenos de huesos ilustres, con lo llamativo que tiene uno de los dos casos y los pertinentes matices del otro. Y digo los pertinentes matices del caso porque no van a faltar los que piensen que es una absoluta falta de seriedad traer a colación el debut en público del Coahuilaceratops Magnacuerna (¡¡me encanta el nombre!!), fósil mexicano, si es que a alguien le quedaban dudas con el nombrecito, recientemente descubierto y aún más recientemente mostrado en público.

Creo no faltar a la verdad cuando opino que me parece que la traducción más terrenal y precisa de Coahuilaceratops Magnacuerna es algo así como “Animalote de Coahuila con tamaños cuernotes”, y que me disculpen los paleontólogos, pero nomás ve uno la foto y queda claro que era inmenso el ilustre bicho. Miren nomás el tierno cráneo:

Casi dos metros de cráneo y cuernos ilustres

Al Coahuilaceratops magnacuerna, coincidentemente, lo presentaron en sociedad el viernes 28 de mayo, un par de días antes de que salieran de paseo los padres de la patria. Si nos vamos al criterio de antiguedad, el bichote de Coahuila tiene prioridad: se calcula que vivió hace unos 72 millones de años, en la segunda etapa del Cretácico.

 Al paleontólogo aficionado Claudio de León le debemos el hallazgo, hace siete años, del Coahuilaceratops. De hecho se encontró dos: un bicho adulto y una cría. Le calculan al animal papá (o mamá) dos metros de alto, 6.7 metros de largo, cabezota de 2 metros y cinco toneladas. Los especialistas dicen que este animalote herbívoro le inspiraba saludable cautela al mismísimo Tiranosaurio Rex y que fue el primer dinosaurio cornudo que vivió en México. Toda una celebridad, como se puede ver.

Por lo pronto, hay ya un robot, desarrollado a partir de la reconstrucción de los paleontólogos (y eso también habla de la posibilidad real de reconstruir los rostros que una vez fueron los restos paseados por Reforma) que está en uno de los museos más bonitos de este país: el Museo del Desierto, en Saltillo, donde hoy debe ser delicioso esperar el remojón de su fuente invertida. Si alguien tiene oportunidad de conseguirse, por cierto, el disco de Antonio Russek “Música del desierto”, hecho para el museo, el track 2, “Dinosaurios”, va a ir muy a tono.

Los otros huesos ilustres que salieron a la escena pública no sólo son ilustres: son ilustrísimos. Nada más y nada menos que ¡los huesos de Galileo Galilei! Cuando no falta quien se esté quejando de que se está dando un trato de reliquia católica a los restos de los caudillos insurgentes, resulta que aparecen un premolar y dos dedos de un hombre perseguido por la Iglesia y que, encima, reciben un trato cuasi religioso.

 Desde el 11 de junio, en el Museo de la Historia de la Ciencia en Florencia están los dedos famosos y el premolar, que, aparte de ser objeto de miradas curiosas ha servido para que nos enteremos casi 450 años después, que Galileo rechinaba los dientes mientras dormía. Trascendentalísimo. El hecho de que anden por un lado los dedos y el premolar y el resto del cuerpo ande por otro es una de estas historias parecidísimas a la de nuestros mexicanos próceres.

Ocurre que en 1737, lo que quedaba de Galileo, que se había muerto en 1642, fue removido de su enterramiento original. Trasladaron los restos del pobre hombre a la basílica florentina de la Santa Croce.  Lo bonito es que en pleno Siglo de las Luces, los encargados de la exhumación que eran fervientes estudiosos de la obra de Galileo, decidieron separar 5 piezas de los restos. Y sí, tenían toda la intención de conservarlas como reliquias.  Una vértebra se fue a la Universidad de Padua (qué elecciones. La de la vértebra, digo), un dedo estaba en el Museo Galileo, y estas tres piezas de ahora desaparecieron, hasta el año pasado, cuando un coleccionista adquirió un relicario del siglo XIX y dentro halló los ilustrísimos huesos y el premolar.

De manera que los que se quejan por el trato de reliquias que se les está prodigando a  los restos de los insurgentes mexicanos bien podrían repensar esta deliciosa paradoja de los huesos de Galileo. Por lo demás, y hasta donde yo sé, ni el hallazgo ni la exhibición han variado un gramo la trascendencia histórica del caballero, aunque no deja de ser llamativo, por decirlo de manera fina, que pongan los deditos junto a los lentes y algún telescopio. Pero en fin. Los discursos de la memoria se integran de las piezas más inusitadas.  De los huesos mexicanos, les cuento un par de cosas más.

 

 

 

03
Jun
10

Pasear huesos 3: una novela que ya dura 187 años

Siendo absolutamente estrictos, debiéramos dar gracias de que hay huesos paseables. Para el propósito para el que los queramos. Para dejarlos ahí guardaditos, para exhibirlos, para escribir una novela, eso no importa para lo que quiero decir. Tal ha sido la historia de estos restos humanos, que es de llamar la atención que quede algo más o menos sólido. Pero de esas determinaciones (la solidez) se hará cargo el INAH, responsable, por ahora, de hospedar y mandar al SPA a los padres de la patria.

Y es que desde 1823 se cuentan unas historias impresionantes y que tienen que ver con nuestra afición a las reliquias. Y, al rascar un poco, lo que nos encontramos en aquel lejano 1823, es una disputa por el poder y la trascendencia entre un emperador y un congreso, y una muy clara idea de que a estos restos ha de hacérsele las honras fúnebres de las cuales muchos de ellos carecieron en el momento exacto. Alrededor de estos huesos ha habido más de una bronca política. Es inevitable, ese ha sido, si le quieren decir así, su destino, desde el mismo momento en que Miguel Hidalgo le dijo a sus compañeros que había que ir a coger gachupines.

Vamos por partes. Rascando entre mis papeles, me hallo una entrevista que el 9 de marzo de 1994 concedió Enrique Krauze a José Luis Perdomo Orellana y a mi amigo Oscar Enrique Ornelas para El Financiero, a causa del lanzamiento de un libro bastante disfrutable: Siglo de Caudillos. En aquella oportunidad, los reporteros interrogan a Krauze acerca de los restos de Porfirio Díaz que siguen en el cementerio de Montparnasse. Antes digan que a nadie se le ha ocurrido resucitar el tema, porque se vuelve a armar la bronca de hace algunos años, cuando volvió a cobrar fuerza la idea de traer los mentados restos de regreso (la segunda, de hecho. Hubo una primera hace aún más años, donde anduvieron involucrados algunos de los artífices de la paseada de huesos del domingo). Los juicios de EK que a continuación reproduzco son adecuados para la coyuntura:

-Si por usted fuera, ¿los despojos de Porfirio Díaz no estarían en Montparnasse y sí aquí en México?

Sí, pero tampoco le haría yo ningún tipo de recibimiento, de arco triunfal, día de fiesta nacional y repique de campanas y Te Deum y misas. Yo simplemente digo que es un poco ridículo exiliar a una persona post mortem.

Y agrega esto, que es lo interesante:

Somos un pueblo muy dado a adoptar actitudes muy extrañas con respecto a los huesos… quizá nos venga de la cultura mediterránea esa santificación de las reliquias y huesos

Ese “muy extrañas” que Krazue dijo hace dieciséis años se traduce en la tendencia a andar almacenando huesos, vísceras y demás materia humana perteneciente a personajes relevantes. En descargo nuestro hay que decir que no somos los únicos, aunque se nos dé bastante esta afición, y no entre todos los mexicanos, para aplacar los reclamos que surjan en este punto. Nomás echémosle un rápido vistazo a algunos ejemplos llamativos.

En muchas partes del mundo se guardan las reliquias de alguien; a veces pesa el asunto  mágico-religioso, a veces no. En la catedral de Colonia guardan en un cofre de oro y plata tres cráneos que se atribuyen a los Reyes Magos.  Recuerdo muy nebulosamente y no he vuelto a verla, una imagen de un esqueleto en exhibición de una monja coronada que se aseguraba era Santa Rosa de Lima. El cuerpo incorrupto de santa Bernadette Soubirous se exhibe en una vitrina encristalada en Nevers, en Francia. Por cierto, una empresa que se dedica a elaborar maniquíes de alta costura, se ofreció a aplicarle a la santa, en cara y manos, una capa finísima de cera, por aquello de la buena apariencia.

 Ah, y unos que SÍ pasean huesos, de hecho un cráneo, son los fieles de San Yves (1253-1303), santo medieval, abogado para más señas, con fama de justiciero y protector de los pobres. Es el santo patrono de Bretaña (Francia) y de los abogados y cada año sacan el cráneo del pobre hombre a pasear desde la catedral de san Tugdual hasta la población de Minihy-Tréguier, donde nació san Yves. Lo llevan en andas abogados prominentes y hasta donde se sabe es considerada una gran distinción formar parte del séquito del cráneo.

Otros restos famosos, motivados por la moda y el usual miedo a la muerte, son las momias de Palermo, bastante espeluznantes y que están en la iglesia de los frailes capuchinos de esa ciudad siciliana. Se trata de momias, digamos, artificiosas, porque saltaron a la fama el día que los frailes se dieron cuenta de que el tipo de tierra que había bajo su  iglesia conservaba los restos humanos. De hecho, no conserva los cuerpos tal cual antes de la muerte, más bien los deseca. Pero los frailes se entusiasmaron con la idea. Hicieron un experimento con un pobre fraile que se murió hacia 1600 y tuvieron la ocurrencia de exhibirlo públicamente. Acto seguido, tooodos los ricos de Palermo querían un servicio igualito para cuando les tocara marcharse de este mundo.

Las catacumbas de Palermo llegaron a tener como 8 mil personas que habían optado por este tratamiento. Pero si en el siglo XVII lo consideraron un lujo que algunos podían darse, cien años después la cosa se volvió alucinante: las catacumbas eran ya un club de ricos: estaban divididas por género, profesión y clase social. En pleno Siglo de las Luces, los palermitanos llevaban allí a sus muertos, ataviados con sus mejores vestidos, en muchas ocasiones escogidos por los difuntos como una de sus últimas voluntades, y no contentos con ello, los visitaban con frecuencia, les llevaban flores y les contaban las novedades de la familia. Este es, hasta donde conozco un ejemplo espléndido de lo que podríamos llamar “teoría presencial de las virtudes de los restos humanos” que, evidentemente, acabo de inventar para referirme a esta curiosa idea (por llamarla de algún modo) según la cual hay que tener enfrente lo que queda de nuestro héroe, pariente o celebridad preferida para que entendamos a cabalidad las virtudes que lo adornaron, y que me parece, se ha mencionado en uno o dos sitios en los últimos días. La diferencia  es que los habitantes de Palermo lo hacían en el siglo XVIII.

En el siglo XXI hay otra vertiente científico-comercial: la de los cadáveres “plastinados” del médico alemán Gunther Von Hagens, que detonan grandes escándalos dondequiera que se exhiben, excatamente por lo mismo que algunos han reclamado en el México del 2010: a los muertos, opinan, hay que dejarlos descansar, no andar manipulándolos. Una versión mexicana de esta habilidad científica puede verse en la entrada del Museo de Medicina de la UNAM, el antiguo palacio de la Inquisición. Allí hay un cuerpo humano tratado con algo que en el cedulario se llama “carbowax” y que genera un efecto parecido a la plastinación de Hagens.

Algunas, digamos “reliquias funerarias laicas” del siglo XX son, claramente, producto de un uso político del pasado. Son conocidas las fotos de los cuerpos momificados de Lenin y Stalin esperando juntitos el fin de los tiempos a la vista de todo mundo. Otro ejemplo y que tiene una larguísima leyenda atada al féretro es el cuerpo de Eva Perón y que está admirablemente narrada en el libro de Tomás Eloy Martínez “Santa Evita”. El mecanismo de la reliquia religiosa es el mismo. Y los mexicanos procedemos igual: ¿acaso no conservamos aún, en su frasco, el corazón de Melchor Ocampo en Morelia? ¿Acaso no siguen los restos de Iturbide en Catedral, y abajo de su urna, el corazón de Anastasio Bustamante? ¿Acaso no estuvo, durante años, el brazo de Álvaro Obregón en su monumento, en el parque de la Bombilla de la ciudad de México? De Álvaro Obregón no sorprende nada si uno revisa los elementos del “culto cívico” (y la expresión no la inventé yo) que los gobiernos posrevolucionarios fomentaron en torno a él, por lo menos en los veinte años posteriores a su asesinato en el parque de La Bombilla, donde permanece el monumento. Este es el uso cívico-histórico que durante siglos han tenido los restos de algunos personajes históricos.

Hay otros usos absolutamente comerciales, como los que ejercen los encargados del panteón de Guanajuato, que cobran la entrada a su famoso Museo de las Momias, venden souvenires en las tiendas que prosperan a la salida del panteón, firman contratos para su exhibición en el extranjero y ya se preocupan por la inminente competencia que les significará el rescate de un conjunto de cuerpos momificados descubiertos recientemente en Zacatecas.

 

El corazón de Melchor Ocampo, como podemos verlo hoy en el antiguo Colegio de San Nicolás, en Morelia

En materia de pertenencias no nos quedamos atrás.  Las pertenencias de los personajes históricos se tratan con la misma reverencia que el rosario, el anillo, el báculo o hasta las astillas del ataúd, como en el caso del beato mexicano, jesuita para más señas, Miguel Agustín Pro. Aquí se las enseño:

A veces, estas estampas con reliquia del beato Pro se consiguen en la iglesia de la Sagrada Familia, en la colonia Roma de la ciudad de México

Los restos de los protagonistas de la Independencia no se escapan de todos estos usos: la veneración laica que imita y sucede a la religiosa, la exaltación de las virtudes de las personas que alguna vez fueron esos restos y los usos políticos, faltaba más. Ahora también se les aplica la “curiosidad científica”. Sello de los tiempos ha surgido la duda en el espacio público: ¿serán, no serán de quienes decimos que son?  Aunque, probablemente, esas preguntas debimos hacérnoslas hace 187 años, cuando se dispuso trasladar los restos de los insurgentes a la capital mexicana.

1823: Cuando dejamos de ser imperio.

Edmundo O´Gorman narró de manera deliciosa, en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Historia, la manera en que el emperador Agustín de Iturbide y su Congreso se enfrentaron por una cuestión de trascendencia histórica: quién era el artífice de la Independencia de México. No estaba en juego cosa menor: nada más y nada menos que el paso a la historia de Iturbide, y por otro lado, las aspiraciones republicanas de muchos congresistas que le oponían, a los sueños de trascendencia del emperador, la imagen de Miguel Hidalgo como real constructor de la independencia. Ese pleito iba a durar mucho tiempo y, de alguna manera, hay sectores de la sociedad que siguen en ésas. En un folleto, José Joaquín Fernández de Lizardi puso a discutir a ambos personajes, en el más allá, y no hubo manera de que se pusieran de acuerdo.

Pero en el México de 1823, a la caída de Iturbide, una de las primeras preocupaciones de los congresistas fue construir un panteón cívico propio, fincar en él elementos de unión y de identidad para el jovencísimo país que éramos, acabar en definitiva con la idea de que Iturbide era el gran hacedor de la Independencia, y por eso se apresuraron a emitir un decreto, el 19 de julio de aquel año, donde declararon (artículo 13 del decreto) beneméritos de la patria a Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez, Morelos, Abasolo, Matamoros, Leonardo y Miguel Bravo, Hermenegildo Galeana, Mina, Víctor Rosales y Pedro Moreno. Además,”sus padres, mujeres e hijos y así mismo las hermanas” sobrevivientes de Hidalgo, Allende, Matamoros y  Morelos serían pensionadas por el gobierno mexicano. Como pueden ver, por la redacción del decreto, nadie estaba tirado al drama por la posibilidad de que algún cura tuviese más parentela, además de sus hermanas.

El artículo 14 del decreto es, me parece, esencial para entender por qué hacemos con estos “restos patrios” lo que hacemos: “Y respecto que al honor mismo de la patria reclama el desagravio de las cenizas de los Héroes consagrados a su defensa, se exhumarán las de los beneméritos en Grado Heroico que señala el artículo anterior, y se depositarán en una caja que se conducirá a esta Capital, cuya llave se custodiará en el Archivo del Congreso.”

El desagravio es fundamental, conseguido el objetivo político: muchos de los personajes beneficiados por el decreto habían fallecido de muerte infamante: fusilados por la espalda como traidores, cuatro de ellos decapitados y separados los cráneos enviados a la Alhóndiga de Granaditas para susto y escarmiento del pueblo, y afrenta final de parte de sus contrincantes. El Congreso reivindica a la insurgencia: son beneméritos, son héroes. Explicitada su valía, el país se apoyaba en las virtudes de esos personajes como el cimiento de la nueva construcción.

El decreto mentado dispuso, emitido en julio, que las exhumaciones tenían que hacer se para que tooodos los restos llegaran a la ciudad de México para que los depositaran en la catedral “con toda la publicidad y pompa”, el 17 de septiembre de ese mismo año. Medida inconsciente, si las hay, pensando en lo complicado que era en 1823 ir a toda carrera a Chihuahua, rescatar los restos, juntarlos con las cabezas que estaban en Guanajuato, ya no en las jaulas de las esquinas de la Alhóndiga, sino sepultadas en el panteón de San Sebastián de Guanajuato, a donde habían ido a dar el 28 de marzo de 1821, por órdenes de Anastasio Bustamante.

Así, pues, se procedió, aparentemente, con la idea de “aprisa” que se podía tener en aquel entonces: hay documentos fechados en Chihuahua el 18 de agosto de 1823 (nomás un mes después) , según los cuales se dieron instrucciones para que a la brevedad sacaran el cuerpo de Hidalgo de la Capilla de la Tercera Orden y los de Allende, Aldama y Jiménez del cementerio de la ciudad. Cosa, que, según los documentos, se apresuraron a cumplir.

 Prácticos como ya eran desde entonces los chihuahuenses, ellos sí pensaron en prevenir que no se les revolvieran. José de la Fuente, en su “Hidalgo Íntimo” reproduce las instrucciones emitidas en Chihuahua donde dispone que, “acomodados con la separación conveniente los restos de cada Benemérito difunto, separado e individualmente en términos de que con facilidad presten indubitable convencimiento de a quién corresponda, se depositen en una caja…”. Es decir: si a alguien se le revolvieron en el proceso, no fue a los señores de Chihuahua.

 Se consigna en el documento que la exhumación se efectuó el 20 de agosto de 1823 y que, puestos en una caja cubierta “de bayeta azul” (algo como una funda de tela), se trasladaron “por cordillera” hasta Guanajuato, para reunir los cuerpos con las cabezas. El sistema de cordilleras era un mecanismo de comunicación en el cual un mensajero recorría con un documento un circuito integrado por diversas poblaciones.  Usualmente portaba documentos que la autoridad de cada pueblo copiaba. La idea, probablemente, se refería a recorrer las ciudades y poblaciones ya definidas en el sistema, como ruta segura para llegar a tiempo a la capital.

Y sí… llegaron, más o menos a tiempo… después de numerosas fiestas y actos que eran el gran desagravio que los mexicanos le ofrecían a los caudillos insurgentes. Al mismo tiempo, andaban en el Cerro del Bellaco desenterrando a Xavier Mina; rescatando de la hacienda de la Tlachiquera, en León, el cuerpo decapitado de Pedro Moreno (la cabeza, hasta donde se sabe, nunca se recuperó; Isauro Rionda indica que “un pariente” la rescató en Santa María de los Lagos en Jalisco y luego la enterró quién sabe dónde). Los restos de Chihuahua habrían llegado a Guanajuato el 1 de septiembre, se habían reunido cuerpos con cabezas y se habrían entregado a un teniente Luna. Pasaron el día 3 a San Miguel el Grande donde se les recibió con gran fiesta y ceremonia. De ahí, a Celaya, el día 4 en Apaseo el Grande y luego a Querétaro el día 5 (para estas alturas eso ya parecía tour de estrella de rock). El 6 de septiembre andaban por un poblado conocido como La Cañada y de ahí tomaron camino hacia la Villa de Guadalupe… y ahí los dejamos, reviajando, hasta mañana.

Para que pasen buena jornada, les dejo uno de los poemas guanajuatenses que se escribieron y circularon en esa época, esta vez en honor a Allende:

Octava

Libertad resonó en el pecho amante,

del Ilustre campeón americano,

y con valor intrépido y constante,

sacudió el yugo del soberbio hispano

De Allende esta virtud tan relevante

cual Héroe le fijó en el fasto Indiano;

mas por salvar la Patria ¡ay, Dios! perece,

y mayor en la tumba resplandece.




En todo el Reino

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