Posts Tagged ‘Federico Gamboa

10
May
11

Incorrecciones políticas 1: el (triste) epílogo del cine del Bicentenario

Permítaseme ejercer mi derecho de pataleo con respecto a la entrega de los Arieles 2011.  En estos tiempos en que el mentado “círculo rojo” se da el lujo de exigir un país de alta conciencia ciudadana, sin que le importe un celestial pistache que la gente a la que se les exige esta conciencia democrática tiene, por lo pronto, preocupaciones más terrenales. Saber qué y de dónde comerán al día siguiente, por ejemplo. Por eso, camino por una ruta de este Reino donde la incorrección política es determinante, y por eso me resisto, en definitiva a creer que “El Infierno” de Luis Estrada, sea la mejor película de 2010, y que el domingo pasado se haya llevado nueve Arieles (la versión mexicana de los Óscares, con las distancias y proporciones inevitables) por su calidad cinematográfica.

Son muchos los caminos de la militancia, de la posición política y de la ideología. Sería ingenuo pensar que el cine, la obra cinematográfica, logra eludir esas aguas pantanosas.  De hecho, no podemos sustraernos en nuestra vida diaria a eso que llamamos “ideología”, y eso no es ningún descubrimiento reciente, aunque cuando salgo de ciertos seminarios allá en el posgrado en Historia de la Facultad de Filosofía y Letras, me parezca que sí. Y por eso entiendo que el ahora multipremiado (palabreja que les encanta a los que hacen las secciones de espectáculos en los periódicos y yerbas informativas similares) director Luis Estrada asegure que su película es su manera de protestar por el deterioro, por la crisis, por la aterradora violencia que fastidia la vida en varias zonas del país que a diario aparecen en los periódicos.  Pero que no me digan que eso basta para convertir a una película como “El Infierno” en la mejor película de 2010.

El asunto no deja de ser interesante. Revisar la historia de estas películas del Bicentenario, sus contenidos, sus discursos y sus resultados, tanto en taquilla como en percepción,  van a dar para un trabajo bonito, que quién sabe si algún día hagan los estudiantes de Historia o los de Comunicación. Pero el caso de “El Infierno” llama la atención. Seamos sinceros: la película de Luis Estrada tiene que ver con el bicentenario del inicio de la independencia y con el centenario del inicio de la revolución como yo tengo que ver con las monjas del Instituto Renacimiento. El argumento puede ocurrir en cualquier sitio, en cualquier año, no en 2010, sino en 2008, 0 en 2009 0 en 2011 sin que la historia pierda su coherencia interna. De hecho, los centenarios aparecen de manera soslayada, apenas en unas pocas secuencias: la entrega de la primaria, que se llama, de manera pedestre y ramplona “Héroes del Bicentenario”, que es como de risa, y la escena de la venganza del Benny en pleno festejo del grito, del Bicentenario, por supuesto, pero que podría ser igualmente sangrienta en 2006, 2008, 2011 y 2012. Si lo que sorprende es que el jurado de la convocatoria de CONACULTA y varias instancias más, destinado a definir los apoyos a guiones de cine, como parte de las  conmemoraciones del año pasado; ese jurado que, se supone entendido en andanzas cinematográficas, haya caído en el garlito, o en la solución cómoda, de premiar con apoyo y etiqueta a un guión al que, parece, le agregaron tres o cuatro cosillas para que parezca “una película del Bicentenario” y pueda participar en la convocatoria famosa.

Y luego para que, la gran imagen de esta película, no pertenezca a la historia: ese cuadrito color vino con el 2010, el emblema inercial de las conmemoraciones (porque ni a logo pudimos llegar, carajo), balaceado, como seguramente lo fue alguno de los ociosos señalamientos de la Ruta 2010, pero con la leyenda tan escuchada el año pasado: “nada que celebrar”. A mí me podrán dedicar muchos improperios por lo que voy a escribir, pero una cosa es la pluralidad inevitable en esta sociedad cambiante, con necesidades y aspiraciones y rencores diversos, como es el México del siglo XXI, (empleada en vano para justificar algunos desmadres bicentenarios) y otra muy diferente carecer de una estrategia armada y coherente para desarrollar las acciones y decisiones conmemorativas desde una instancia de gobierno, que evitase que el “cómo festejar/y/o/celebrar/y/o/ conmemorar”  estuviese sujeto a los humores y biorritmos con que se levanta cada mañana un señor con peculiares conductas que hablan de insania mental. Pero de eso bien sabe Banjército, ya qué.

Y, del otro lado, curiosa posición ética del señor director de “El Infierno”. ¿Cómo estar en desacuerdo con la idea de celebrar/y/o/conmemorar/y/o/festejar, insistir en el dichoso “no hay nada que celebrar” y entrarle a un concurso “oficial”, para promover de manera “oficial”, el cine del año de las conmemoraciones, y recibir un dinero “oficial”, que, si bien no resuelve las cuantiosas necesidades de una producción cinematográfica, sumado a los muchos otros inversionistas, ayuda (al hacer una película no hay lana que esté de más), pues cómo no?

Hace ya rato que nos acostumbramos a que en los periódicos, entre notas y opiniones, se asegure que 2010 ha sido el año más violento de este régimen.  Y razones no faltan. Hay muchas historias reales, que, sin tener que llegar al tono de farsa que a ratos tiene “El Infierno”, dan cuenta del crimen, de la impunidad del imperio de la ilegalidad y de los pequeños, medianos y grandes infiernos que se viven en lugares como Ciudad Juárez o  Tamaulipas.  Por eso, precisamente, “El Infierno”, resulta políticamente correcta. Por eso, precisamente, su director, desde el principio la arrojó al mundo como una película “de protesta” dotando de nuevo sentido aquella curiosa expresión de principios de los años setenta. Por ello, precisamente, armó un pequeño revuelo por la clasificación del filme, pataleando porque desde la Secretaría de Gobernación se clasificó a “El Infierno” para ser vista por adultos, en contra de la opinión de Luis Estrada, que pedía, al menos, fuese “para mayores de 15 años”, alegando, carajo, que hay en la película un “mensaje” para los jóvenes.  El que haya visto “El Infierno”, no necesita ser muy inteligente para darse cuenta de que NO es una película que puedan ver por su cuenta y riesgo jovencitos como “El Diablito”, personaje de la historia. Los adolescentes que vemos en estas dos horas, lo que saben de la vida es que quieren ser unos “chingones”, como sus padres, amigos y parientes dedicados a diversas actividades criminales, que le piden a su tío que, cuando se muera, le hará un monumento funerario tan espléndido como el que le hizo a su padre, un sicario muerto. ¿De veras cree el sñeor director de “El Infierno” que todos los adolescentes  tienen conciencia social, tienen ya criterios sólidos para distinguir lo bueno de lo malo, lo legal de lo ilegal, y la miseria profunda del destino de los sicarios?  El comportamiento y los valores de estos chicos personajes de la película son hasta más impactantes que la imagen del escudo nacional bañado por la sangre del capo convertido en alcalde, balaceado por el Benny.

Si tienen ánimo, tiempo, ganas y disposición, pueden tomarse una Coca-Cola para no dormirse y autorrecetarse la entrevista que Ramón Alberto Garza le hace a Luis Estrada acerca de “El Infierno” y que viene en los extras de la versión en  DVD de la película. Es una entrevista malísima por aburrida -la neta, creía mejor entrevistador a Ramón Alberto Garza, a mí me tomó tres noches ver la entrevista sin quedarme dormida- pero ahí pueden ver en versión extensa los argumentos del cineasta Estrada.

Entre tanta corrección política y crítica en una película que NO ES un documental, que va del humor negro a la reproducción ácida de situaciones que a menudo se leen en periódicos chilangos y no chilangos, la  Academia Mexicana de Ciencias (?) y Artes Cinematográficas decidió ser, igualmente, políticamente correcta,  y decidió otorgarle a “El Infierno” los Arieles a: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor (Damián Alcázar, El Benny, otra decisión que se me antoja incomprensible), Mejor Coactuación Masculina (Joaquín Cosío, el formidable Cochiloco que se lleva la película), y Mejor Edición, Mejor Sonido, Mejor Diseño de Arte (¿¿y las formidables reconstrucciones de época de “Hidalgo, la Historia Jamás Contada” y de “El Atentado”??), Mejor Maquillaje y Mejores Efectos Especiales.  Nueve Arieles, nada menos, como trofeo a la corrección política y a la afirmación de que, efectivamente, “no había nada que celebrar”; y como nunca hubo estrategia mediática que consolidara la idea de que SÍ había algo qué celebrar, así se quedaron las cosas en los Arieles.

En este punto también hay que decir que una película del Bicentenario se llevó el Ariel al mejor Largometraje Documental: “La historia en la mirada”, de José Ramón Mikelajáuregui y producida, orgullosamente, por la UNAM-

Me consuela unas migajas que el Ariel a la Mejor Música Original se le entregó a “Hidalgo, la historia jamás contada”; disco del todo recomendable y que se debe al talento de Alejandro Giacomán.  Pero las nominaciones eran muchas y se las merecía esta espléndida película que demuestra cómo, en el siglo XXI, hay actores, productores y directores que pueden intentar con éxito un acercamiento diferente, antisolemne y gozoso a los padres de la patria. Todo eso significaba la nominación de Demián Bichir por su desempeño como Hidalgo, y las nominaciones de la película por Mejor Actor, Mejor Coactuación Femenina, Mejor Coactuación Masculina, Mejor Edición, Mejor Música Original y Mejores Efectos Especiales. Y tampoco entiendo porqué no se nominó a Mejor Película.

“El Atentado” consiguió nominaciones por Mejor Fotografía, Mejor Vestuario y Mejor Diseño de Arte, Mejor Maquillaje y Mejores Efectos Especiales. Si el jurado de la Honorable Academia hubiese sabido milagros y andanzas del peculiar don Federico Gamboa, tal vez Daniel Giménez Cacho se hubiese llevado una nominación por su encarnación del apasionado pero medroso “Pajarito”. Esta película, que ahora en DVD muestra unos excelentes materiales extras y un muy elogiable detrás de cámaras, se merecía mejor suerte y mejor recepción del público. Su recreación de la novela de Álvaro Uribe, a su vez recreación de uno de esos extraños episodios de la historia del porfiriato, me parece, ahora y gracias al DVD una película que, ojalá, ganara los adeptos que la taquilla no le concedió.

“Chicogrande” obtuvo nominaciones por Mejor Película, Mejor Director, Mejor Coactuación Masculina, Mejor Actuación Revelación, Mejor Fotografía, Mejor Sonido, Mejor Diseño de Arte y Mejor Maquillaje.

En fin, que este ha sido el destino de las películas del Bicentenario que le entraron a los Arieles. “Héroes Verdaderos. Episodio 2: la Independencia”, por los extraños relajos internos y financieros que se trae White Knight Creative Productions, ni siquiera se inscribió, y conste que era el único largometraje animado, dirigido a público infantil y juvenil, vinculado a las conmemoraciones. El colmo de los colmos, o los efectos de la maldición bicentenaria, como le quieran ustedes llamar, es lo ocurrido con “El Baile de San Juan”, otra de esas películas que se ganó una lanita en la convocatoria de Conaculta, y que, se aseguró en repetidas ocasiones, se estrenaría más bien en octubre. A la hora de la hora, se acabó 2010 y nada. “El baile de San Juan” se estrenó hará cosa de un mes o dos, y pasó absolutamente inadvertida. Insisto, son cosas de la maldición bicentenaria. Ha de ser por eso que, dentro de un siglo, cuando los historiadores anden averiguando qué diablos hacíamos den 2010,  y busquen en los periódicos de 2011 los rescoldos de las conmemoraciones, se encontrarán conque “El Infierno” fue premiada como ejemplo de corrección política, como reflejo de un entorno de desánimo colectivo, como expresión de un sector de la sociedad que estaba convencida de que “no había nada que celebrar” y como amarga crónica de los días que vivimos; como la muestra de que el derecho de decir que “se está hasta la madre”, como se ha puesto de moda afirmar, puede estar por encima de la creación cinematográfica que ilumina y enamora la mirada de los cinéfilos.

07
Oct
10

Cinema Bicentenario. Episodio 1: El Atentado

Toda la escala de la imaginería bicentenaria, convertida en películas

 A estas alturas del partido, la cartelera cinematografica ya también ha sido receptáculo del espíritu bicentenario, si es que ha habido algo que pueda llamarse así. Hablemos primero de dos películas que, siendo sinceros, son las que ocupan el segundo sitio en mis preferencias, de entre las cuatro ya estrenadas y que, directa, indirecta o forzadamente, tienen que ver con este año de conmemoraciones, para empezar porque tres han recibido apoyo financiero de IMCINE, de FIDECINE y de Conaculta, gracias a una convocatoria pra concurso de guión  vinculado a las conmemoraciones. “Películas del Bicentenario”, las llaman, “Películas Bicentenarias”, “Cine del Bicentenario” y hasta la genial puntada de calificarlas de “Películas Patrias”, que se le ocurrió a alguien que controla la página electrónica de Cinemex. Todas estas expresiones han sido acuñadas al calor de los estrenos de septiembre, de las conmemoraciones de septiembre -lo cual demuestra que aún en la percepción más sencilla la efeméride importante era la bicentenaria-, de los rollos de septiembre y de la necesidad de algunos de demostrar que también había cosas que decir, aparte de lo poco o mucho que las conmemoraciones oficiales (federales, estatales o académicas o de cualquier otro pelaje) hubieran querido proyectar y/o promover en los escasos mensajes y contenidos masivos que circularon en un país donde solamente una cuarta parte de la población mexicana tiene acceso (que no quiere decir “usuario sistemático”) a internet y a las lindezas que allí (aquí) almacenamos.

Las películas del Bicentenario son,  además, una de las maneras en que los mexicanos del siglo XXI interrogamos al pasado; no todo pueden ser “foros de reflexión”, ni repartos de libros de historia. No con las cifras de comprensión de lectura que nos recetó la SEP hace algunas semanas.  Las películas bicentenarias no son documentales; para eso están los materiales difundidos por el History Channel y el Discovery; las películas bicentenarias exploran dimensiones que a un público masivo le resultan atractivas y emocionantes; reinventan la realidad; aplican a la realidad la ficción, la narrativa y la tensión dramática,  aunque le pese a algunos. Además, porque, finalmente, el cine es una industria, la película TIENE que dejar dinero. Llevamos cuatro estrenos de películas bicentenarias, tres con apoyo del gobierno federal. De esas cuatro, una ya ha salido de cartelera; la más cara, por cierto: “El Atentado”, de Jorge Fons, y a la que, por lo que se sabe, no le ha ido nada bien en cuestión de taquilla, siendo como se ha afirmado, la película más cara del cine mexicano: 78 millones de pesos, aunque alguna fuente haya fijado el presupuesto de “El Atentado” en 70 millones.

“El Atentado”, basada en la novela muy atractiva de don Álvaro Uribe, “El Expediente del Atentado” (Tusquets), aborda algunos hechos y personajes históricos: por un lado, el atentado que, en septiembre de 1897, sufrió Porfirio Díaz en plena celebración de las fiestas patrias. Realmente no le pasó nada a don Porfirio; fue, evidentemente una agresión fallida, especialmente porque el autor, un hombre llamado Arnulfo Arroyo, estaba absolutamente borracho. El asunto se enreda con el rápido linchamiento de Arroyo y la oscuridad con que se aborda el caso, que termina con la muerte (para algunos suicidio, para otros homicidio) del inspector de policía, responsable, en primera instancia, de las investigaciones y de la integridad del atacante del presidente Díaz. Son dos los libros que, en el mercado mexicano han tocado el tema en los últimos años: la novela de don Álvaro Uribe, y, con un sentido más de trabajo histórico de divulgación, más que de ficción histórica, “Cuatro Atentados Presidenciales”, de Agustín Sánchez González.

Después de leer  “Expediente del Atentado”, picada de curiosidad, me sumergí en los periódicos de aquellos días. Entre quienes no han opinado bien de la película, surgen las quejas de que, a ratos, la historia les parece oscura y desordenada. Bueno, es que la historia es feamente oscura y su reflejo, a un siglo de distancia, pareciera muy desordenado, añadiéndole las licencias creativas decididas por Fons. De hecho, Álvaro Uribe me cuenta que no existe el expediente judicial del caso Arroyo, ni de los detalles, digamos, “oficiales”, de su ataque al presidente y de su posterior linchamiento y muerte. Toda la información accesible al asunto se encuentra en la prensa de la época, lectura que ya supone toda una aventura. Vean cómo abordó el caso El Imparcial, el legendario periódico oficialista del porfiriato:

La nota, como apareció en El Imparcial en aquel septiembre de 1897.

La crítica de cine es, creo una actividad subjetiva por excelencia. Me parece que han sido injustos con algunos juicios enederazdos contra”El Atentado”, quejándose de haber empleado telones y escenografía en algunas secuencias, en lugar de recurrir a las locaciones. Sobre el tema habría que considerar lo que se hubiese encarecido la producción de hacerle caso a los quisquillosos. Efectivamente, resulta un tanto lenta en algunos momentos, y ciertamente, ayudaría que la audiencia supiese tres gramos más del porfiriato. Pero la realidad es real y ese no es el público que se ha acercado a la película. Creo que sí cumple con dar cuenta de un hecho que, de extraño e inusitado, se vuelve una oscura nota roja, carne de especialistas. La ambientación es excelente y yo no veo mal el asunto de los telones. Quizá en los puntos en los que la Historia con mayúsculas  no nos da mayores respuestas, la narrativa, la literatura, la ficción, nos ofrecen una lamparita para soñar, para intentar explicar y entender algo que, de por sí, en los hechos, fue bastante incomprensible. Échenle un ojo a otro periódico de esos días:

Debajo del retrato de don Porfirio, la nota del linchamiento de Arnulfo Arroyo

El otro punto importante en cuanto a personajes y acontecimientos históricos es uno de los protagonistas principales, encarnado por Daniel Giménez Cacho: el famoso “Pajarito” apodo que disimula a un temeroso Federico Gamboa (sí, el mismo de las fiestas del Centenario y autor de “Santa”); el mismo Gamboa que en su célebre “Diario” anota, inquieto, el hecho de que conoce tanto a Arroyo como al inspector de policía por haber sido condiscípulos suyos. Propietario de una peculiar doble moral, este Gamboa redivivo experimenta una apasionada relación con la prometida de su cuate el policía.

Enredos pasionales aparte, me gusta la lectura  re-creación que de Gamboa hacen primero Álvaro Uribe y luego Fons. “Pájaro de cuenta”, le reprochará la amante dolida el gandul que no quiere comprometer su carrera diplomática-política, tanto por sus amistades de otros tiempos, como por los vínculos que unen a la dama en cuestión con estos personajes problemáticos que se han atrevido a perturbar la paz de las fiestas patrias de 1897. Por cierto, el sobrenombre de “Pajarito” es un seudónimo auténtico, que Gamboa empleaba en su primera juventud para escribir en periódicos.

“Pájaro de cuenta”, reclama una amante resentida para con su contraparte, medrosa y cobardona. En estos tiempos en que Gamboa ha vuelto a estar de moda en algunos círculos, “El Atentado”, que algunos califican de “thriller histórico” (no “trailer histórico” [??], como escribieron en su boletín los compañeros de comunicación de una de las entidades patrocinadoras del filme, el gobierno de la Ciudad de México) es una razón más para que el bueno, aunque miedoso de don Federico, que en sus últimos años festejaba ser un ancianito porfirista y conservador, mantenido por una “mujer pública” o sea su eterna “Santa”,  se siga inquietando en su tumba del Panteón Francés de la Piedad. Yo sí me voy a comprar el DVD. A mí sí me gustó.

15
Sep
10

El grito según Federico Gamboa

El desfile del centenario, cuando el pobre de Federico Gamboa se moría de nervios

Últimamente, don Federico Gamboa ha dejado el cómodo limbo del pasado en el cual se encontraba, y ha regresado, respondiendo a la invocación. Se han comparado con él, lo han invocado como santo protector, hemos citado su célebre Diario para retratar el ambiente de los días de las fiestas del Centenario del inicio de la Independencia, hemos calculado que, en los últimos dos años, debe haberse retorcido varias ocasiones allá en su tumba del Panteón Francés de la Piedad.  Interesante personaje, propietario de una curiosa moral con dobleces, lo que habla de su actualidad, y de repente nos lo encontramos convertido en uno de los protagonistas de la historia que cuenta “El Atentado”, la reciente película de Jorge Fons, donde lo pintan en un retrato bien interesante y cercano al señor que leemos en los Diarios, con todos sus miedos, con sus disimulos, con sus mentiritas y mentirotas piadosas.

Mucho mejor escritor que político, nos dejó, entre otras cosas un auténtico best seller mexicano: Santa, esa historia de la prostituta porfiriana, con una textura tal que se vuelve un peculiar y detallado fresco del mundo de hace un siglo. En esa novelita, publicada en 1903,  que aseguró la manutención de don Federico en sus últimos años (contaban que, muerto de la risa, se ufanaba de que lo mantuviese una “mujer pública”)  y que hoy se sigue vendiendo, el bueno del señor Gamboa nos dejó un chispazo de lo que eran los Gritos hace un siglo. Y aquí está:

A espaldas del carruaje, los portales de Mercaderes truncos y asimétricos por el Centro Mercantil, terminado casi, y que en los pisos concluidos ya, ha derrochado las lamparillas incandescentes. A la diestra, la vetusta casa de ayuntamiento, la “Diputación”, también encortinada y  alumbradísima, sin lograr borrarse las arrugas y el sombrío aspecto que le prestan los años; maciza, ingrata, anacrónica. A su frente –limitando al norte la extensa plaza- la Metropolitana , monumental, eterna, imponente;  erguidas sus torres, grises sus muros, valiente cúpula, formidable en su conjunto de coloso de piedra, inconmovible al que no arredran ni el tiempo ni los odios, luce igualmente faroles y colgaduras, todo arcaico a la antigua todo, los faroles de aceite, las colgaduras desteñidas, venerables, olientes a incienso, ¡con quién sabe cuántos lustros a cuestas! A su lado, el sagrario en su perpetuo y desgraciado papel de pegote churrigueresco.

Por dondequiera, vendimias, lumbradas, chirriar de fritos, desmayado olor de frutas, ecos de canciones, fragmentos de discursos, arpegios de guitarra, lloro de criaturas, vagar de carcajadas, siniestro aleteo de juramentos  y venablos; el hedor de la muchedumbre, más pronunciado; principio de riñas y final de reconciliaciones; ni un solo hueco, una amenazante quietud; el rebaño humano apiñado, magullándose, pateando en un mismo sitio, ansioso de que llegue el instante en que vitorea su independencia…

De pronto, un estremecimiento encrespa todavía más aquella mole intranquila. Luego, un silencio que por lo universal asusta y emociona, uno de esos silencios precursores de algo extraordinario. Diríase que hasta lo inanimado se reconcentra y recoge. Compenetradas las cien mil almas que inundan la Plaza, parecen no formar sino una sola. ¡Todos callan, todo calla!… lo mismo las bandas unidas que los privilegiados de los balcones y que los miembros del rebaño. Todos miran el reloj del Palacio, suspendida la respiración, clavados los ojos en la diáfana muestra de la impasible maquinaria, latiendo presurosos todos los corazones en todos los pechos…

Y pausadamente, el reloj de Palacio y el de la catedral rompen juntos ese silencio; primero con cuatro campanadas lentas –los cuatro cuartos de la hora-, después con once, que nacen con idéntica lentitud mecánica. No bien han nacido, cuando, todo a un tiempo, se enciende el balcón histórico, el de barandal de bronce, y dentro de un óvalo de rayos eléctricos, surge el Presidente de la República, símbolo en medio a tanta claridad, sin otras divisas que la banda tricolor que le cruza el pecho y lo convierte en el ungido de un pueblo. Con noble gesto coge la cuerda pendiente de la esquila parroquial que atesora Palacio, la hace sonar una vez, dos veces, y ella suena maravillosamente,  como ha de haber sonado, allá en Dolores, cuando despertó a los que nos dieron vida en cambio de su muerte.

Cae de la Catedral tupida lluvia de oro, sus campanas repican a vuelo. Atruenan los aires millares de cohetes, las bandas ejecutan nuestro himno,  el canto nacional; en la lejana Ciudadela, disparan los cañones la salva de honor; los astros en el cielo, miran a la tierra y parpadean, cual si fuesen a verter lágrimas siderales, conmovidos ante el espectáculo de un pueblo delirante de amor a su terruño, que una noche en cada año cree en sí, recuerda que es soberano y es fuerte.

Hay madres que han levantado a sus hijos por encima de la multitud y en alto sostienen, como una ofrenda, como una restitución de sangre que nada más a la Patria pertenece.

Y de todos los labios y de todas las almas brota un grito estentóreo, solemne, que es promesa y es amenaza, que es rugido, que es halago, que es arrullo, que es epinicio:

-¡Viva México!…..

Y para que no olvidemos a esa gente que no tiene computadora ni internet, y que viene desde Neza, desde Chimalhuacán; esa que hace diario dos horas de metro y microbús a su trabajo, que no podría pagarle el cine a sus tres o cuatro hijos sin reventar el presupuesto de la quincena y que, entonces, solo tiene la posibilidad de disfrutar estas ocasiones de contento, gratuitas; Chapultepec los domingos, el Grito y los desfiles de septiembre; las luces del Zócalo engalanado; aquí está, como era hace 97 años y como es hoy; eso que le causa escozor a algunos historiadores; “el pueblo”, eso que les choca a algunos politólogos porque es una categoría inasible, bronca, compleja y sentimental. Esa masa complicada y voluble es la verdadera propietaria de estas fiestas masivas. Por eso, por primera y última vez, diré lo que me vino a la mente hace unos minutos, cuando acabo de leer en la prensa que hay “boletaje” repartido para que la gente entre al Zócalo, entre empleados públicos, funcionarios y militantes políticos destacados: o sea, verbena popular descafeinada. Porfirio Díaz se habría carcajeado. En suma, son chingaderas.  Pero en esta historia, como dijo una vez  Jacobo Zabludovsky, cada quien va a tener el éxito que se merece.

Recuerditos del tiempo de don Federico




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