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19
Feb
15

Capítulos marginales de la Decena Trágica: El Honor Nacional

BALDERAS EN DECENA TRAGICA4

En esos días que los mexicanos aprendimos a llamar la Decena Trágica, se despliegan, como hilos paralelos, numerosas historias; evidentemente, algunas más trascendentes que otras. Con el paso de los años, muchas de ellas se perdieron, otras permanecieron, pero se disfrazaron y hasta se distorsionaron para convertirse en cosas raras, gracias a la flojera de algunos investigadores y a la facilidad con que se repiten datos que acaban por volverse lugares comunes en ciertas narrativas históricas. Tal es el caso de un fantasma, el fantasma de un periódico, que solamente ganó materialidad postrera gracias a un personaje entrañable para este Reino: don Martín Luis Guzmán.

LA IMAGEN FUGAZ DE EL HONOR NACIONAL

Todas las semblanzas de Martín Luis Guzmán mencionan su participación en la publicación de un periódico, editado en los días más oscuros de la Decena Trágica y la caída del maderismo: El Honor  Nacional. El dato, a falta de referencias más sólidas, e independientes del dicho del escritor y periodista, se ha repetido de uno a otro de los trabajos biográficos sobre Guzmán, sin mayor avance o indagación sobre el tema.

Solamente el ingeniero y político, amigo personal del joven Martín Luis, y a la sazón su jefe en la Dirección de Obras Públicas del Distrito Federal, ofrece algunas claves para saber de los avatares de aquella fugaz publicación. Según refiere Alberto J. Pani, que era el funcionario en cuestión, la hechura de esta hoja suelta –que así la define- de vida brevísima, fue una de las acciones que una combinación de militares y civiles leales al régimen de Francisco I. Madero desarrollaron para enfrentar la crisis política que generó el levantamiento de Félix Díaz y Bernardo Reyes:

…ese grupo de civiles, al que cada día se incorporaban nuevos adherentes, desempeño, durante la Decena Trágica, difíciles y peligrosas labores complementarias o supletorias de la acción desarrollada por la Comandancia Militar contra los alzados de la Ciudadela. Entre ellas cabe mencionar –por ejemplo- las de aprovisionamiento de las tropas –deficientemente hecho por la Comandancia Militar- las de la instalación de la red telefónica de dicha Comandancia con los jefes de las diversas fuerzas que atacaban la Ciudadela y las de redacción y publicación de una hoja suelta diaria, titulada “El Honor Nacional” y encaminada a contrarrestar el efecto depresivo que sobre la masa de la población y, principalmente, sobre la parte leal del Ejército pudiera producir la activa propagación de mentiras con que los reaccionarios y clericales contribuían, cobardemente, al derrocamiento del régimen democrático.

En ese grupo de militares y civiles, Pani menciona algunos nombres, aunque no el de Martín Luis Guzmán, no obstante que éste era su secretario particular en la Dirección General de Obras: están Juan F. Urquidi, hermano del subsecretario de comunicaciones Manuel Urquidi; están dos miembros más del clan Pani, Arturo y Julio, hermanos del Director  de Obras, Miguel Alessio Robles, el diputado Carlos Argüelles, el doctor Ramón Puente, Samuel Vázquez, los ingenieros Modesto C. Rolland, Froilán Álvarez del Castillo y Efraín R. Gómez. Llegan también Luis M. Hernández y el profesor Enrique Peña –que se hará cargo de la corrección de pruebas de El Honor Nacional. Y, aunque no le menciona en esa relación breve de los hechos, es improbable que Guzmán fuese ajeno o no estuviese involucrado en el proyecto, cuando las circunstancias del momento exigían la cercanía y presencia de todos aquellos que, de probada lealtad, apoyaran al gobierno maderista en crisis.

Durante años, los biógrafos o aspirantes a biógrafos de Martín Luis Guzmán, empezando por Fernando Curiel, aseguran que no hay rastro del tal periódico, y sospecho, entre otras cosas, porque no se ha buscado a profundidad, o porque no lo hemos buscado donde realmente habría probabilidades de que estuviera. Susana Quintanilla afirma que hasta la fecha “nadie ha dado con un ejemplar” y yo creo que se debe a que no nos hemos puesto a buscarlo, ninguno de los que hemos escrito sobre don Martín Luis, con la debida seriedad.

El hecho de que, hasta la fecha no se hayan localizado ejemplares de la edición, tiene que ver con el perfil del material y el propósito para el cual se realizó. Atenidos a la descripción de Pani, -al que por alguna razón que desconozco y me intriga, nadie le hace el menor caso, ni lo consulta como fuente en las biografías de  don Martín Luis, con excepción de Jaime Ramírez Garrido y una servidora- para hacer El Honor Nacional se optó por su brevedad, rasgo característico, manejable y de rápida distribución, de mano en mano, y como un material de claros propósitos contrapropagandísticos, destinado a frenar la desconfianza entra la población y la defección de las tropas leales.

Pani agrega que la hoja suelta estaba dirigida, principalmente, a las tropas leales al régimen maderista, en un intento por evitar posibles defecciones, y, sólo en segundo término, a la población de la ciudad de México. Si se considera que durante la Decena Trágica, muchas familias se encerraron en sus hogares y hubo quienes, hallándose fuera de ellos, se quedaron encerrados en sitios tan extravagantes como el Café de Tacuba, sin animarse a salir a la calle en esos diez días, resulta comprensible que El Honor Nacional tuviera una circulación limitadísima.

Para El Honor Nacional, Francisco I. Madero dictó un artículo el 17 de febrero de 1913, que debió aparecer en la edición que debió aparecer hoy hace 102 años, el día 18. Pero el periódico ya no pudo circular, pues, no bien Alberto J. Pani salió a la calle, después de  cerrar la edición, se enteró de la aprehensión del presidente Madero por el general Aureliano Blanquet. Allí se acabó la circulación de la hoja suelta. Incluso, la última edición, estimaba Pani, se quedó sin distribuir, y consideró que la corrección de las pruebas de esa última edición de El Honor Nacional, hecha por él y por su hermano Julio, fue también la última de las actividades “oficiales” que desempeñó durante la Decena Trágica.

El artículo de Madero fue escrito porque, convencido de los leales estaban ganando la batalla en la Ciudadela, “estaba tan de buen humor que me ofreció su colaboración para El Honor Nacional” -pobrecito, don Pancho- en uno de esos casos de desfortuna que nos impide leer las últimas frases políticas del presidente Madero, y a diferencia de otros materiales periodísticos que sí copió Pani para su libro, éste no fue reproducido en”Mi contribución al nuevo régimen”, escrito en una época en que intentaba tundirle a José Vasconcelos -que lo detestaba, lo despreciaba y le apodaba “Pansi”- por las abundantes majaderías que contra él había escrito el tempestuoso Ulises Criollo. Eso sí, Pani reseña que el texto comparaba las acciones y lealtades del Senado y de la Cámara de Diputados con respecto al régimen maderista.

Azarosa, como aquellos días, fue la existencia de El Honor Nacional. Se imprimía en los talleres que poseía la Secretaría de Comunicaciones, en la Aduana Vieja de Santo Domingo, hoy la parte antigua del edificio de la Secretaría de Educación Pública, y si no se ha localizado aún, ejemplar alguno se debe, precisamente, a su materialidad de hoja suelta, generada y distribuida a las volandas, en momentos donde la mera distribución de ese impreso recién hecho, implicaba riesgo para la vida.

Don Martín Luis, en sus años mozos. Tenía 25 años en los días de la Decena Ttrágica.

Don Martín Luis, en sus años mozos.

Tiempo después, Martín Luis Guzmán escribiría en “El Águila y la Serpiente”, inspirado en los días previos a su partida hacia el norte del país junto con Pani, los riesgos que se corrían al hacer resistencia, con la “guerrilla de pluma” tan cara a los decimonónicos, ejercicio que no sólo tenía que ver con la fugaz hoja suelta, sino con las actividades, que, separados de sus empleos en el gobierno, desarrollaron en los primeros meses del régimen huertista, y que, evidentemente, no les eran nuevos; muy probablemente, tenían como origen los mil y un artificios desarrollados para hacer circular El Honor Nacional. Leídos un siglo después resultan de una temeridad que no deja de tener un toque de suicida ternura:

En la capital de la República, Alberto J. Pani y yo actuábamos, motu proprio, como avanzada de la Revolución –avanzada sin armas, se entiende, mas no sin pluma ni, sobre todo, sin dactilógrafa-. Documento subversivo que caía en nuestras manos era documento destinado a circular profusamente. Hacíamos las copias cuándo en el despacho del ingeniero Calderón, cuándo en nuestras casas, y las distribuíamos por procedimientos de propaganda tan primitivos como audaces. Solíamos ir por la calle y detener, de pronto, como frase perentoria, al transeúnte de aspecto propicio: “Tome usted: léalo y páselo a sus amigos”. Solíamos también, en las oficinas del Correo y del Telégrafo, dejar olvidados en las mesas los papeles vengadores… Así fue como algunos escritor revolucionarios conocieron más lectores que El Imparcial.”

Esos “escritos revolucionarios” no eran parte de El Honor Nacional. Algunos investigadores han señalado como fecha de muerte del periódico mayo de 1913, fecha en la cual intenta Guzmán su primera salida del país, con la pretensión de unirse a la rebelión que, contra Victoriano Huerta, se gesta en el norte. Errores de apreciación y falta de recursos lo devolverán a la ciudad de México al poco tiempo; y es, tras su regreso, en que se convierte, junto con Pani, en  agente propagandístico de los opositores al régimen nacido del cuartelazo. Pero esa circunstancia no significa la resurrección de El Honor Nacional. Huerta nunca mandó cerrar el periódico (como se atreve a escribir Julio Patán por andar repitiendo sin investigar)  por la sencilla razón de que la hoja suelta nunca tuvo una redacción propia, que su producción resultó relativamente escasa, y que se había terminado el día en que Francisco I. Madero fue aprehendido por los golpistas. Es probable, incluso, que el nuevo presidente, al calor de los acontecimientos, nunca hubiese visto el impreso.

De lo que sí tenemos testimonios es de la reunión sostenida entre Pani y José Vasconcelos, en la cual ambos personajes definen, en sus difíciles circunstancias, las “actividades revolucionarias contra la dictadura de Huerta”, que en adelante habrían de emprender. Guzmán explicará en qué consistió parte de esas “actividades revolucionarias”, en El Águila y la Serpiente, con detalles acerca de las circunstancias en las que sobreviviría en aquellos días, cuando él y Pani hacían su trabajo subversivo con tal éxito, que los agentes huertistas “empezaron a pisarnos la sombra”.

En adelante, la ruta hacia la Revolución sería el norte del joven Guzmán. Con la mirada adiestrada del joven repórter que ya era, recorrió el país para unirse a los hombres de las tierras desérticas de Sonora y Coahuila, No sólo es el escritor que ha hacho sus primeras armas en la revista Nosotros, ni es únicamente el joven inquieto que ve en la política el sino del resto de sus existencia. Viaja también el lector cuidadoso de aquellos días complejos: lee, lee el mundo y lo piensa; sus metas políticas y  su indignación lo guían; camina hacia adelante, a buscarse un mejor destino del que ha tenido hasta el momento.

Nadie más hablaría después del El Honor Nacional. Es perfectamente comprensible. Guzmán lo recuperará, en los recuentos de su vida, no todos, ciertamente. Pero en la amplia nota necrológica que en 1976 abarcará 26 páginas de Tiempo, dando cuenta de “La Muerte de Axkaná”, y que repite, en buena parte, la nota biográfica publicada en el mismo Semanario de la Vida y la Verdad en octubre de 1967, en ocasión de los 80 años del Director Gerente, está consignado. Probablemente, en algún repositorio, en un archivo aún no trabajado a fondo, aún se conserven algunos ejemplares de El Honor Nacional.

 

 

 

 

 

 

 

14
Feb
15

Melancolía de febrero: Liverpool esquina Berlín, colonia Juárez

El hogar de la familia Madero en el lejano junio de 1911, cuando todo parecía teñirse de optimismo y esperanza.

El hogar de la familia Madero en el lejano junio de 1911, cuando todo parecía teñirse de optimismo y esperanza.

Mirar los testimonios fotográficos de la Decena Trágica siempre me produce un poco de melancolía. Ya he contado a los visitantes de este Reino que las calles que aparecen en esas imágenes me son caras y cercanas: son los caminos de una parte de mi infancia,  hasta dimensiones recientemente descubiertas. Por eso miro con un dejo de tristeza el viejo edificio de la Ciudadela, descafeinada para siempre de las huellas de los tiros en su fachada, como yo la conocí hace muchos años.

Hace una semana me di cuenta que alguien con una rara idea del pasado, decidió quitar, de la casa de Turín, en su confluencia con Marsella y Versalles, en la orilla de la colonia Juárez, la placa que hasta hace muy poco consignaba que allí estuvo la embajada cubana y la residencia de Manuel Márquez Sterling. Así se va raspando, limando el pasado, la memoria, con la desaparición de sus rastros materiales. Por eso nos queda solamente el consuelo de la historia y de contarles a los más jóvenes lo que allí pasó, para que sea algo más que unos pocos párrafos en los libros de historia.

Con el paso del tiempo, algunos nuevos sitios se integraron a mi iconografía personal de la Decena Trágica, en particular algunos inmuebles de la Colonia Juárez de la ciudad de México, que aún existen y que fueron escenarios de días que parecían luminosos y que luego se convirtieron en jornadas de profunda oscuridad. Uno de ellos se encuentra en la esquina de las calles de Liverpool y Berlín: allí  estuvo el hogar de la familia Madero.

Por lo que sabemos, era una hermosa casa. Con un amplio balcón sobre Berlín, donde, en junio de 1911, don Pancho se dirigió a los entusiastas que lo siguieron, después de su entrada a la ciudad de México y su recorrido triunfal, hasta la colonia Juárez, donde habitaban fortunas porfirianas, familias “bien”, diplomáticos y personajes varios que, en las horas oscuras de 1913, mucho tendrían que decir.

Un breve recorrido por las calles de la colonia Juárez muestra qué pequeño era el microcosmos de los personajes que algún papel desempeñaron en la Decena Trágica. Dos o tres espacios permanecen como fueron hace 102 años. Otros han desaparecido y su huella en los acontecimientos casi se ha perdido. En otros casos, como el hogar de los Madero,  queda el rastro que manos nobles, me parece, han querido conservar.

casa madero 2 (2)

No es sino una placa, una huella de memoria pequeñísima que no fue puesta por el aparato histórico-cívico-gubernamental. Manos probablemente piadosas que decidieron conservar la huella del pasado, aunque fuera tan amargo.

Hoy día, esta casa pertenece a la Orden de Malta. Tiene una peculiaridad: carece de los letreros que identifican las calles.  Es la única de las cuatro esquinas del cruce de Liverpool y Berlín que carece de ellas. Por lo tanto, no es un caso de gandulería, como en tantos rumbos de la ciudad inmensa, donde ni por asomo aparece un mísero letrero que nos permita determinar si ya nos perdimos o seguimos en rumbo, no. Es, de alguna manera, un gesto de respeto a lo que hubo y hoy ya no está.

Porque si miramos con atención la imagen que encabeza esta entrada, veremos que, sobre la cabeza de don Pancho, están, perfectamente identificables y legibles, las placas con los nombres “Liverpool” y “Berlín”. Allí estuvieron y en el desastre del incendio y la posterior demolición de los restos de la casa, desaparecieron, entre ladrillos y cascajo. Como podemos ver en la fotografía de aquí abajo, pasada la quemazón, ahí seguían.

casa madero 4

Por respeto, por silencioso pesar, por peculiar impulso de las autoridades capitalinas, el caso es que esas placas no se han repuesto. Es cierto que los señalamientos están en las otras tres esquinas del cruce. En el fondo, resulta que no son tan necesarias. Pero, ¿esa falta de necesidad es la que explica su ausencia? Querría pensar que no. Preferiría pensar que es tan oscura la huella de lo que allí pasó, por más que nadie de la familia Madero haya salido lesionado y todos hayan vivido para contarlo, que, calladamente, los actuales propietarios del predio, en vez de gestionar la reposición de los señalamientos, han preferido colocar esa otra pequeña placa, que habla de un incendio de otros días.

Tres días después de que el hogar de los Madero se consumiera en el fuego y se redujera a un esqueleto mutilado, los fotógrafos de la Casa Miret fueron a fotografiar el lugar de los hechos. Así la imprimieron como tarjetas postales que circularon con amplitud, casi como una curiosidad, que, acaso, algún despistado pudiera comprar para enviarla a la familia. Don Pancho murió asesinado, como sabemos; para enterrarlo, su familia debió vender su caballo. El dinero alcanzó para pagar otra tumba en el Panteón Francés de la Piedad, destinada a Gustavo Madero. Todo el clan escapaba al exilio, para salvar la vida, pero dejaron lista una fosa para arropar al otro hijo, cuyo cadáver estuvo desaparecido para la familia por varios días. De la casa incendiada, en esos momentos, se ocuparon bastante poco. Había que huir, había que irse. En México se quedaron los vendedores de postales -personajes que a los tres meses de ocurrida la muerte de Madero, se convirtieron en estelares de la obra “El País de la Metralla”- vendiendo, entre su mercancía, la imagen de la destrucción causada por la rabia torcida y la traición, que el día de mañana cumple 102 años de haber ocurrido.

 

22
Feb
13

La última fotografía de Pancho Madero.

MADERO LLEGA A PALACIO NACIONA 9 FEBRERO 1913

Hurgando en los materiales que resguarda la Fototeca Nacional del INAH, me encuentro con varias tomas de los momentos en que el buen Pancho Madero cabalgó, rodeado de los cadetes del Heroico Colegio Militar, un respetable montoncillo de ciudadanos entusiastas mas su obligada dosis de mirones, hacia el Palacio Nacional, la mañana del 9 de febrero de 1913, después de enterarse de la intentona golpista que, en su primer round, dejó acribillado, a las puertas de Palacio, al general Bernardo Reyes, para dolor eterno de su hijo Alfonso. Don Pancho se despidió de su Sarita, que no lo volvió a ver vivo, y se fue ladera abajo, convencido de que, como representaba al bien, no tenía manera de no perder. Una dura contrastación con la realidad, hace un siglo, demostró que no siempre los buenos ganan.

Varias de estas tomas, que dan cuenta de la cabalgata de don Pancho tienen una leyenda, que no por inexacta falta a la verdad: “última fotografía tomada a Francisco Madero”. Inexactas, porque hay varias imágenes del trayecto. No faltan a la verdad, porque nadie volvió a tomarle una foto al buen Pancho Madero. En su cautiverio, en la oficina que era la antigua Intendencia de Palacio Nacional, se dio tiempo para dedicarle una fotografía, en atavío oficial, a uno de sus salvadores durante el tiroteo que el 18 de febrero ocurrió en el Salón de Acuerdos de Palacio, el capitán Federico Montes:

MADERO DEDICADA

Probablemente, por eso, la figura de Madero a caballo es una de las más reproducidas, recreadas y re-imaginadas de esos días de la Decena Trágica. Por eso, en un caso de valoración equivocada, atolondramiento y necedad, la estatua que del bueno de don Pancho nos regalaron las conmemoraciones de los Centenarios de 2010, no es la representación del Francisco Madero que “alevantó” la primera revolución y que promovió la democracia en este porfirista aunque cambiante país. Es, en puntada de mal gusto por la mala oportunidad, la representación del presidente en crisis que cabalga derecho hacia la muerte. No nos dieron al Madero de 1910, sino al de 1913.

En abono del difunto Alonso Lujambio, hay que decir que pudo haber sido peor. Fuentes bien informadas me indican que la propuesta del (des)coordinador de las conmemoraciones de 20910, que por aquellos días dirigía el INEHRM, quería, por uno de esos raptos de locura a los que es tan dado, hacer una estatua de Madero con Sarita, que reproduce aquella foto donde ambos están sentados y la bondadosa señora se afana en pegarle un botón de la manga de la chaqueta.  Mis fuentes bien informadas agregan que tras escuchar aquella puntada, Alonso Lujambio le pegó una arrastrada memorable al (poco) inspirado (des)coordinador. No porque se pretendiera despreciar el vínculo entre Francisco y Sarita, sino porque, aparte de escena completamente doméstica, que pertenece a la vida privada de los personajes históricos, a don Pancho no se le recuerda por lo mucho que quería a su “sarape”, como cariñosamente apodaba la gente del pueblo a la esposa del presidente, que firmaba como “Sara P. de Madero”. El inocente chiste de aquellos años se cuenta solo.

Esta misma imagen de Madero llegando a Palacio fue objeto del trabajo de los encubiertos fabricantes de fotomontajes, que en los días inmediatos a la Decena Trágica y al asesinato del presidente y del vicepresidente. Pusieron entonces, caminado al lado de don Pancho, a Pino Suárez de perfil y a algunos otros personajes, entre otros a Adolfo Bassó, intendente de Palacio, muerto con Gustavo Madero. Así, el creativo desconocido de 1913 quiso poner en el mismo escenario a algunos de los que morirían en esos catorce días, leales al régimen.

Capturado Madero, cada quien se ocultó como pudo, y los que lograron escapar lo hicieron. Alberto J. Pani y sus compañeros civiles,entre los que estaba Martín Luis Guzmán, se hicieron clandestinos; su última edición de El Honor Nacional, aquella hojita destinada a mantener alta la moral de las tropas leales al presidente, se quedó sin circular, de modo que nunca se supieron los términos exactos del artículo que un optimista Pancho Madero había dictado para que circulara ese 18 de febrero.

Me preguntaban, el otro día, en Historia en Vivo, quién, en mi opinión es el héroe de la Decena Trágica. Y pienso que todos los personajes de estos días tan oscuros son héroes, héroes trágicos. Desde los capitanes Garmendia y Montes hasta Manuel Márquez Sterling y Anselmo Hevia; desde Sarita Madero hasta Aureliano Blanquet y Victoriano Huerta. En algunos la tragedia tiene notables alcances, como en el caso de Gustavo A. Madero, de José María Pino Suárez. A Gustavo, que, desde hacía rato advirtió: “Pancho, nos van a matar”, hasta Pino Suárez, que se despidió de su familia el día en que su hija más pequeña cumplía años, y que, apenado por haber olvidado el regalo de la chiquitina, le compró toda su mercancía a un globero que pasaba, antes de irse para no regresar. Héroe trágico el propio Madero, agobiado por la culpa en sus últimos días, sabedor del terrible fin, a manos de soldados borrachos, que tuvo Gustavo. Héroes trágicos todos, hasta el morador del sepulcro del Panteón Francés de la Piedad, a unos metros de las que fueron las tumbas originales de don Pancho y don José María, cuyo nombre se ha caído de la hoy ya centenaria columna que lo adorna. Solamente nos queda la frase tallada en la cantera: “Murió en la defensa de la Ciudadela, el 9 de febrero de 1913”.

 

 

 

 

11
Feb
13

Gotas de historia y briznas de biografía: ecos de la Decena Trágica en el rumbo de la Ciudadela

Así lucía la Ciudadela en febrero de 1913.

Debo confesar que la Decena Trágica es un tema harto sensible para su servidora. Y lo es porque los escenarios de esos días, que en esta temporada se reproducen una y otra vez en periódicos, conferencias y coloquios, son los mismos escenarios de una parte de mi propia biografía. Como buena niña monstruo que fui, las calles que caminaba me decían cosas:  me aterraba con las tétricas leyendas novohispanas reloaded que se publicaban en un espantoso cómic de hace 40 años, y peor cuando caía en cuenta que el macabro suceso en turno “había” ocurrido a tres cuadras de mi casa, o en la plaza cercana, o en la iglesita cercana al Zócalo. A ratos era una verdadera pesadilla para mi padre, que no tenía claro que devoraba los feísimos comics aquellos gracias a la complicidad del más joven de mis tíos maternos, que adoraba y coleccionaba aquellas publicaciones.

Y si mi tío materno se caía con las historias de terror, mis jovencísimos tíos paternos no le iban a la zaga. Chamacos del Centro Histórico también, no eran vagos, sino vaguísimos, y, si entre semana yo no salía del apacible departamento de la esquina de Bolívar e Izazaga, donde las horas transcurrían con la suave alegría de la infancia, entre juguetes, libros, pleitos a golpes con mi hermano y laaargas sesiones de televisión, apenas marcadas las horas por las campanas de Regina, los fines de semana, sábados en concreto, éramos libres de vagar custodiados por los tíos, que aventaban las mochilas de la secundaria y de los primeros años de la prepa para andar por ese Centro que era nuestro territorio conquistado.

Los columpios, en Diagonal 20 de noviembre con Lucas Alamán; la compra de golosinas, en la vieja fábrica de La Giralda, en Chimalpopoca y Bolívar, donde olía a gloria hacia las 4 de la tarde; las carreras estilo perro salvaje en la Plaza Malpica, a las puertas del Registro Civil de Arcos de Belem; las horas largas de trepar, mirar y emboscarse transcurrían en el entonces parque de la Ciudadela, cuando no había rejas ni ajedrecistas ni danzoneros, sólo niños y adolescentes por carretadas, jugando al amparo de la mirada del Siervo de la Nación.

Debe haber sido en esos días que alguno de mis tíos me habló de la Decena Trágica. Eran tiempos, no tan lejanos, en que los restauradores aún no caían sobre los viejos edificios del Centro Histórico, para bien y para mal.  Ahí estaban las piedras viejas, algo raspadas, es cierto, descarapeladas, pero sólidas, desafiantes de la urgencia del presente. Así era el viejísimo edificio de la Ciudadela. “mira, aún tiene balazos en los muros”, me acuerdo que me dijo una vez uno de mis tíos. Y era cierto. Aún exhibía la construcción las huellas de la metralla. Y nosotros, que entonces no rebasábamos la primera década de existencia, mirábamos con la pertinente dosis de asombro, los rastros de los tiroteos.

Hoy, creo que lamentablemente para la honorable concurrencia que no llegó a ver aquellos muros agujereados, solamente tenemos una Ciudadela descafeinada: las obras de restauración que le han proporcionado un hogar a la Biblioteca México -madriguera, mucho tiempo, de José Vasconcelos- , al Centro de la Imagen y ahora, a la que parece sorprendente, Ciudad de los Libros, han transformado un sitio con muy mala prensa histórica, en un proyecto que, desde el momento que evita que maravillosas bibliotecas como la de don José Luis Martínez, vaya a parar a una universidad gringa porque acá nadie quiso comprarla, tiene mucho de bueno.

Pero ese descafeinamiento de la Ciudadela, qué quieren, no acaba de gustarme. Le pudieron haber dado su mano de gato sin eliminar las huellas de los tiros, sin rasparle el pasado, sin borrar la crónica muda de hace un siglo, para que nuevos ojos infantiles se asombren y se interesen por una de las mayores lecciones de historia viva de nuestro siglo XX: a la posible democracia se le defiende con ideas, pero sin inocencia, con buena fe pero sin ingenuidad. Cada elección, en este accidentado siglo XXI volvemos a ver asomarse la sombra de personajes que venderían a su madre por tres gramos de poder; cada mañana leemos hechos de sangre que se nos antojan bárbaros e inconcebibles porque se nos ha olvidado que hace un siglo las calles de la vieja Tenochtitlan eran escenarios de crímenes igualmente bárbaros. A ver si en este año, en esta misma plaza, los danzoneros, los ajedrecistas y los futbolistas -que no se han quitado de allí en cuarenta años- le hacen un lugarcito a alguna señal que recuerde que allí, hace cien años, al asesinar a Gustavo A. Madero, se cometió uno de los peores crímenes políticos de nuestro pasado.  No es una cosa de panismos o priismos o perredismos; es un simple recordatorio de que una sociedad que quiere -o al menos dice que quiere- ser mejor, no puede  permitir desastres como los que ya hemos vivido y que pareciera no deseamos recordar.

 

10
Feb
13

Huellas de la Decena Trágica: Don Pancho Madero celebra la constitución.

Don Pancho, el 5 de febrero de 1913.

Don Pancho, el 5 de febrero de 1913.

Esta foto se la tomaron al buen Pancho Madero el 5 de febrero de 1913.  Con todo y su gesto alegre, la verdad es que a su gobierno se lo estaba llevando el diablo.  Un par de días más tarde, su hermano Gustavo, mucho más pragmático y mucho más consciente del desastre político que vivían después de quince meses de gestión presidencial, le escribió a su esposa: la capital era un hervidero de complots antimaderistas y nadie, empezando por el gobierno federal, tenía capacidad alguna para frenarlos.

Ahí donde ven a don Francisco, caminando tan contento, después de conmemorar un año más de la promulgación de la constitución liberal de 1857, lo cierto es que se había salvado por los pelos de un atentado. Ahora sabemos, por la correspondencia de Rafael de Zayas, uno de los civiles involucrados en las conspiraciones, hijo del escritor Rafael de Zayas Enríquez, que el golpe se produciría allí, en el Hemiciclo a Juárez. Las tropas rodearían al presidente, y, sin más preámbulo, lo fusilarían allí mismo, a él y a los integrantes de su gobierno. Y así lo hubieran hecho de no ser porque Manuel Mondragón y Gregorio Ruiz, generales ambos, se apersonaron en la base de los conjurados para convencerlos de que aún no era el momento adecuado. Cuenta De Zayas que Gregorio Ruiz, incluso, prometió que, en breve, los llevaría a la victoria.

Ruiz tuvo algo de razón, pero en lo fundamental se equivocó. Es cierto que, al final, los rebeldes hicieron caer al régimen maderista, pero no fue en presencia del general Ruiz. Días después de prometer gloria y triunfo a sus cómplices, lo fusilaron por mandato de Victoriano Huerta, como secuela de la primera refriega del 9 de febrero. Herido el  leal Lauro Villar, Madero encomendó a Huerta la jefatura militar de la plaza. Una de las primeras cosas que hizo fue mandar a Ruiz al paredón. Era una manera eficaz de eliminar cualquier detalle que lo vinculara con los golpistas, quienes, aún cuando se habían acercado al general jalisciense, al lado de su nombre, en la lista de los que se unirían al cuartelazo, habían apuntado; “no está seguro”.  No contaban con él con certeza. Pero finalmente, Huerta resultó más habilidoso que todos, porque la traición, como la política y la carambola de tres bandas, requieren de inteligencia y audacia, y de cierta dosis de perversidad. El pobre de don Pancho tendría ocasión de aprenderlo. Lástima que lo aprendió de la peor manera posible: en calidad de víctima.

 

 

11
Nov
10

Huellas del día de muertos 2: las tumbas vacías del Panteón Francés de la Piedad

No querría quedarme esta historia de día de muertos en el tintero, no en el año de los centenarios. Sabemos que, después de ser asesinados, Francisco I. Madero y José Pino Suárez, fueron llevados a sus tumbas del panteón Francés de la Piedad, cementerio que todavía existe y donde hay numerosas historias que recuperar de quienes reposaron un rato allí, y de quienes siguen en el lugar.

Por pura estética, aquí dejo la imagen de una tumba interesante, la de don Joaquín Casasús, abogado y funcionario público porfiriano, habilidoso en cuestiones financieras -se le considera, según algunos, de esos economistas mexicanos que existieron antes de que existieran los economistas profesionales, negociador, en tiempos de don Porfirio, para el caso de disputa de límites en la frontera con Estados Unidos; esa zona que se conoce como El Chamizal. Don Joaquín, entre otras cosas, logró que el arbitraje del monarca italiano Víctor Manuel III fuese favorable a México ( a saber por qué no lo mandaron a averiguar, antes de que se muriera, en 1916, qué pasaba con la propiedad de la isla de Clipperton; ), aunque , a causa de algunos problemitas y cambios de administración ocurridos en México a partir de 1910, los de Washington se hicieron los desentendidos por medio siglo y hasta la gestión de Adolfo López Mateos en la presidencia de la república “nos regresaron” unas hectáreas, allá por 1964. El otro detalle de don Joaquín es que fue yerno de Ignacio Manuel Altamirano (otro santo tutelar de este reino), y que, en el sitio que es hoy esta cripta llena de flores, donde descansan personajes de la familia Sierra Casasús (los Sierra de don Justo y los Casasús de don Joaquín, emparentados con los Díaz de don Porfirio, como puede leerse en el precioso libro de Carlos Tello Díaz “El Destierro. Un relato de familia”), es el sitio a donde finalmente, se quedaron unos años las cenizas de don Nacho Altamirano, muerto en San Remo en 1893 y cremado allí mismo.  Cuando los Casasús trajeron a México lo que quedaba de don Nacho (era cosa muy rara en aquellos años que anduviera pidiendo uno que lo incinerasen después de muerto), en mayo de ese mismo 1893,  las cenizas apasionadas del novelista que había sido coronel de caballería durante la guerra de intervención, fueron hospedadas por uno de sus contemporáneos, don José María Iglesias, fallecido un par de años antes. Catalina Guillén Altamirano, hija de don Nacho y esposa de don Joaquín, mandó levantar una capilla -como se describe en los relatos de la época- donde poner la urna que habían traído desde San Remo y que saldría del Panteón Francés de la Piedad en 1934, cuando se llevaron a don Nacho a la Rotonda de los Hom… de las Personas Ilustres.

Esta tumba, uno de los espléndidos ejemplos de arquitectura funeraria del Panteón Francés de la Piedad (que está un poco menos descuidado desde que hace unos diez o quince años les arrearon un soberano periodicazo en el semanario Proceso), está cerca de la capillita neogótica que preside la avenida principal del cementerio, donde cada marzo las jacarandas azulean y hasta invitan a caminar pensando en cosas que sobreviven a la muerte, como las ideas, el amor  y la memoria. Cerca de la capilla abundan las estatuas de ángeles dolientes, de mujeres que existieron o a lo mejor que nunca tuvieron materialidad, pero que allí narran el discurso de la muerte decimonónica, como la entendían nuestros bisabuelos.

Pero las tumbas de las que quería hablar no están cerca de la capilla. Más bien, están muy cerca de la barda del cementerio que da a la escandalosa y polvorienta avenida Cuauhtémoc de la ciudad de México. Inevitablemente, son tumbas contiguas. Sepultaron a sus ocupantes originarios el mismo día, al mismo tiempo, en febrero de 1913. Los personajes a los que me refiero son Francisco Ignacio Madero y José María Pino Suárez. Si alguien tiene la oportunidad de ver ese documental espléndido visualmente, pero discutible desde la perspectiva histórica, que se llama “La Revolución Espírita”, producido por Manuel Guerra y con guión de Alejandro Rosas, podrá ver un rescate fílmico interesante: muchas ocasiones se ha visto un pequeño metraje del sepelio de Madero y Pino Suárez, asesinados, dicen unos afuera de la entonces Penitenciaría (hoy Archivo General de la Nación), otros dicen que dentro y sus cuerpos fueron arrastrados al exterior. Lo usual es ver unos cuantos segundos de la llegada de los ataúdes al Panteón Francés, del momento en que los bajan de los carros y la gente echa a andar junto a ellos. En “La Revolución Espírita” puede verse un fragmento de película más largo que permite ver, entre los dolientes, a Pedro Lascuráin, canciller de Francisco I. Madero, y que fungió como presidente los 45 minutos necesarios para designar a Victoriano Huerta secretario de Gobernación y allanarle el camino legal pero para nada correcto, a la presidencia de la República.

Allí quedaron enterrados Madero y Pino Suárez. Allí hasta que, en fechas diferentes, fueron trasladados, Madero al monumento a la Revolución, allá en la colonia Tabacalera, en 1960, cuando se conmemoraban los cincuenta años de la revolución de 1910, y los de Pino Suárez (que por cierto, estaba emparentado con Joaquín Casasús), hasta 1986, a la Rotonda de los Hom… de las Personas Ilustres. Al Francés los siguieron las esposas: doña Sara Pérez, en una tumba contigua a la de su esposo, y doña María, en la misma fosa, como consignan las placas de cada sepulcro.

Ahora me asalta la duda, pero lo más probable es que doña Sara, a quien José Emilio Pacheco describió en “Las Batallas en el Desierto” como una viejecita eternamente enlutada por su marido asesinado y que vivía relativamente cerca del Panteón Francés, en la calle de Zacatecas, en la colonia Roma, siga sepultada allí. Las crónicas con fotos que he visto de la exhumación de Madero no hablan del “sarape de Madero”, apodo que la señora llevó en tiempos de la revolución, ni de que se fuese en el mismo paquete de su esposo al monumento. Me da más duda si doña María Cámara de Pino no sería trasladada, en vista de la fosa compartida, a la Rotonda en compañía de su esposo.

Pero junto a las tumbas de los Madero, que han recibido a algún otro huésped de la familia, junto a la de los Pino Suárez, hay otra tumba, a la que la gente le presta menos atención. De hecho, víctima del descuido, ya no se sabe a quién pertenece el sepulcro. La lápida nos permite inferir (ahora que está de moda inferir sobre restos humanos) que se trataba de un varón. Y de hecho, llegó un poco antes que don Francisco y don José María al Panteón Francés, y más o menos por las mismas razones. Esta es su tumba:

El ocupante de la tumba, muerto “en defensa de la Ciudadela la mañana del 9 de febrero de 1913”, cayó abatido tal vez un poco después de que el padre de Alfonso Reyes falleciera “de ametralladora” a las puertas de Palacio Nacional. Quien se asome, en estos días de noviembre, ahora que ya faltan solamente NUEVE días para el Centenario de la Revolución, aparte de mirar las tumbas de Madero y Pino Suárez, de quienes se han escrito y escriben muchas páginas desde hace un siglo, ojalá también le eche una mirada de cierto afecto a uno más de los personajes de otros días, de esta ciudad que es la misma y al mismo tiempo pareciera que nada tiene que ver las calles capitalinas de 1913. No sabemos el nombre del propietario del sepulcro, como de tantos otros; todo lo que podría contarse de él forma parte de lo que mi amigo Salvador Rueda llama “los capítulos marginales de la historia”, que aguardan a que nos pongamos a trabajar y lo narremos a los que gustan de mirar el pasado.

 

05
Sep
10

Postales Bicentenarias 5: la bala del capitán Garmendia

Uno de los pasillos de las oficinas presidenciales en Palacio Nacional

Si atendemos los anuncios de la prensa, a estas horas del domingo 5 de septiembre, cuando estamos  A DIEZ DÍAS de la fiesta (ojo, fiesta) del Bicentenario,  la Galería Nacional  de nuestro Palacio Nacional, habrá sido inaugurada.  habrá que ver, eso sí, CUÁNDO de a deveras puede recorrerse. Pero lo importante es que la gente podrá asomarse, cuando se pueda, a las oficinas presidenciales, nada feas, ciertamente, pero aquí lo relevante no es solamente la belleza del espacio, que es grande. Se trata más bien de que la gente, TODA la gente, puede caminar por un espacio que, durante décadas, les han dicho que les pertenece y al cual nunca han tenido acceso, aunque nomás sea para mirar, con esa alegre curiosidad del niño que nos alienta en el cuerpo, con la gana de asomarse a examinar las huellas de la memoria, los rastros de un pasado anclado en las historias de los abuelos, de los bisabuelos, en los libros que a veces encontramos en las librerías de viejo, en las piedras viejas, que han visto tanto.

Si lo dicho se mantiene (ya sabemos que en esto de las palabras de honor surgen, a la hora de la hora, docenas de componendas y justificaciones) ojalá  los visitantes de Palacio Nacional puedan ver la placa y el mueble que cuentan una historia: la del capitán Gustavo Garmendia, quien le salva la vida a Francisco I. Madero, en los días terribles de la Decena Trágica, cuando, a la mitad de una junta de gabinete, ese 18 de febrero de 1913, irrumpe en ese salón de Palacio Nacional  el coronel Teodoro Jiménez Riveroll, junto con el mayor Pedro Izquierdo, seguidos de un grupo de soldados. Dispararán contra el presidente, y Marcos Hernández, al cubrir a Madero con su cuerpo, caerá muerto. Garmendia, uno de los asistentes de Madero, al grito de “¡Al Presidente no se le toca!”, matará de un balazo a Jiménez Riveroll. Unos minutos más tarde, Madero será prisionero de Aureliano Blanquet, para ser llevado a la muerte, pero el gesto de Garmendia, la marca de una bala rebotada en uno de los muebles de ese salón, permanecen. Allí, quienes visitan el salón encuentran esta placa:

“La República rinde homenaje de gratitud a los capitanes Gustavo Garmendia y Federico Montes, quienes en este lugar, el día 18 de febrero de 1913,  salvaron con su intervención enérgica y valerosa, la vida del presidente Francisco I. Madero del ataque de los infidentes”, reza el testimonio de hierro. La placa fue puesta en 1972, y, afortunadamente, a nadie se le ha ocurrido quitarla. Es un rastro de la memoria de otros días. a unos metros, en una cómoda, está la huella de la bala; hay que arrodillarse para verla, pero ahí permanece:

Afortunadamente, nadie ha querido cambiar el mobiliario por uno más de moda

¡Cuántas historias no tenemos regadas por allí!  ¿No sería buena cosa recobrarlas en estos días de centenarios?




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