Posts Tagged ‘Muerte de Ignacio Manuel Altamirano

07
Mar
11

Memorias de otros días: la muerte de don Nacho Altamirano 3

Joaquín Casasús escribió en Washington la crónica de la muerte de don Nacho en 1906.  La dirigía a Micrós (Ángel de Campo),  también antiguo alumno de su suegro. El abogado devenido en embajador estaba atacado de la misma nostalgia del hogar que Altamirano había sentido en París. Mucho le había consolado, en su misión diplomática en Estados Unidos, que un buen amigo (Micrós) se asomara a la casa de la calle de los Héroes para ver cómo andaban las cosas, y reportar que la amada biblioteca se mantenía a la espera del día en que su propietario volviera a acariciarla. Curioso que Casasús se refiera su casa como ubicada “en la calle de Humboldt”, aunque la duda se disipa si recordamos que la calle de Héroes, en aquellos años en que no había este cruce monstruoso de avenidas en Hidalgo y Paseo de la Reforma, se abrió en continuación a la línea trazada por la calle de Humboldt, que aún existe, azarosa y discretamente, a grado tal que sorprende saber que la vieja y coqueta casa del Club Primera Plana dice estar en Humboldt. Héroes sería, de hacerle caso a algunos planes -y planos- que aún se conservan, la calle que llevaría al Panteón Nacional, historia de huesos ilustres, que finalmente nunca se construyó.

En ese proyecto de remodelación urbana es que había nacido el hogar de los Casasús. Los recuerdos compartidos con el amigo de muchos años lo motivó a recordar, y a rescatar la memoria de los últimos días del coronel Altamirano.  Comenzó por decir que, a su llegada a Europa, advirtió de la gravedad en que se encontraba don Nacho. Además, a la distancia, aseguró que Altamirano jamás se percató de que lo estaba matando la tuberculosis. Es más: papá Nacho se ufanaba de tener buenos y sanos pulmones porque, de chico, en su pueblo, los había fortalecido masticando trozos de ocote. Y, sin embargo, para los días en que se hallaban en San Remo, a ninguno de la familia le cabía duda de que la tuberculosis era el mal bicho que. lentamente, les arrancaba a su querido Papá Nacho.

La Villa Garbarino tuvo la virtud de reanimar a don Nacho: le encantaban los jardines, el sol del cual podía disfrutar en la terraza. Las semanas previas a la mudanza de alojamiento, hasta él mismo ya se había hecho a la idea de que moriría muy pronto. La belleza de la villa le reanimó. Incluso, se puso a hacer planes: estaba seguro de que viviría para ver la primavera, y aventó al cesto de la basura algunos proyectos de viajes por Europa, que la familia había fraguado, con la esperanza de verlo alegrarse al pisar algunos de los sitios emblemáticos de la cultura clásica, que tanto amaba. Ya no quería ir a Grecia, ya no se le antojaba visitar Roma, dejó de importarle conocer Alejandría. Quería, sin más, regresar a casa, a México. Y volvería, volvería, pero no en vida.

Cuenta Casasús que, si bien no era muy grande, la casa era muy cómoda, con balcones que miraban al mar, y desde ellos, en esos días, podía verse, a lo lejos, la isla de Córcega. En el jardín había naranjos, camelias y enredaderas. Emocionados por la alegría de don Nacho, la familia entera se puso a hacer planes: en abril, no bien  hiciese el mejor tiempo para viajar, se irían en vapor, desde Génova a Nueva York. De ahí, otro barquito los trasladaría a Veracruz, del puerto se irían por ferrocarril a la ciudad de México, y en coche, corriendo a casa, seguros de que, una vez en el hogar,  la vida del abuelo se prolongaría.

Y, sin embargo, la familia, en el fondo, se tragaba la desesperanza, el dolor de ver su querido enfermo todavía débil. El mismo Altamirano tenía tan claro el final de sus días, que desarrolló un ritual que enternecía a sus parientes, pero también les lastimaba el alma: todas las mañanas, al despertar, Héctor, el mayorcito de los hijos de los Casasús, entraba al cuarto de su abuelo, a saludarlo y, como se estilaba en ese entonces, a besarle la mano. Entonces, Altamirano tomaba la cabeza del niño entre sus manos, y le acercaba el rostro. Se entablaba cada mañana el mismo díálogo, originado en una obsesión: “el maestro no quería ser olvidado”. Habla Casasús:

-“¿Tú sabes quién soy yo?

-Sí, papá Nachito -contestaba Héctor

-¿Y te has de acordar de mi?

-Sí  -respondía

-Y, ¿Cuando seas hombre, tendrás presente mi fisonomía?

-Sí  -volvía a contestar una vez más.

Y aquel diálogo se repetía siempre el mismo, todos los días; porque si él  podía conformarse con el olvido de algunos, con la ingratitud de muchos, con las veleidades de sus amigos y aun con los desdenes de su patria, quería que, cuando menos, mis hijos conservaran un culto a su memoria y lo amaran y lo veneraran siempre como el patriarca de la familia, como el que diera el pan a su madre, la instrucción a su padre, y el amor, la dicha y la felicidad a todos”.

Hasta aquí Joaquín Casasús. Todas las mañanas, también, llegaba de visita el doctor Vio Bonatto, que atendía a don Nacho desde los días parisinos. Lo auscultaba, le aplicaba una inyección que no nos cuenta Casasús qué era, le administraba calmantes para paliar los ataques de tos que le impedían dormir -a mí se me ocurre que seguramente, entre esos medicamentos, habría algo así como perlas de éter, populares en el siglo XIX para broncas de tos, tuberculosa o no-  y luego se ponía a contarle historias heroicas a don Nacho; historias de las luchas italianas contra el papa y contra los austriacos; Altamirano debe haberse emocionado muchos con aquellas narraciones que tanto se parecían a las que él había vivido en México.

Fue Bonatto quien le presentó a la familia a un colega suyo, el doctor Maragliano, para que diese una segunda opinión. El resultado fue deprimente: el médico no sólo confirmó el diagnóstico de tuberculosis agravada por los otros males de don Nacho. Afirmó, con una seguridad que resulta escalofriante de leer, que Altamirano moriría en febrero. La familia, que deseaba con todas sus fuerzas que el médico italiano se equivocara.

Así transcurrió el fin de año, y supongo que una parte de enero. Casasús cuenta que se enfrascó en preparar un libro y una conferencia que debía pronunciar en Lyon. Marchó a hacer su encargo, y cuando volvió, se dio cuenta de que no había mejoría alguna; en efecto, Ignacio Manuel Altamirano se moría, poco a poco.

Una mañana, posiblemente a fines de enero, cuenta Joaquín Casasús, el día amaneció bueno y soleado. Don Nacho quiso sentarse en la terraza, y la familia tomó la idea como una buena señal: a lo mejor el abuelo se sentía mejor; tal vez tendría mejor destino; tal vez sí lograrían llevarlo a México con vida.

Pero no fue así. Una vez acomodado en la terraza, hizo que su yerno se sentara junto a él, y procedió, sin prisas a dictarle su testamento, para consternación de Casasús. Pero bien decía el antiguo discípulo: como don Nacho siempre había vivido pobre, no había fortunas de legar ni pleitos familiares que dirimir por adelantado. Tampoco tenía deudas. Lo más importante de aquel documento eran las diposiciones de Altamirano sobre el destino final de su cuerpo. Así, le dictó a Casasús:

“No quiero que me dejen en tierra extranjera; y como el medio más seguro para volver a la patria es la cremación de mi cadáver, después de que yo muera imponga usted su voluntad y mi deseo, y lleve a la patria mis cenizas”.

No era extraña la precisión de la indicación de don Nacho. En aquellos tiempos era una absoluta extravagancia, teñida de herejía, que a alguien se le ocurriera incinerar sus restos. Peculiares como eran los mexicanos del siglo XIX, estaban muy acostumbrados a la idea de embalsamar cristianos al punto de la perfecta conservación, pero eso de incinerar cadáveres…. como se verá, la decisión de don Nacho, que católico al modo de su época, digamos que no era, armó cuatro o cinco mitotes domésticos cuando en México se supo del tema, pues algunas versiones indican que el cadáver de Altamirano fue el primero en ser cremado en el mundillo decimonónico mexicano.

Después de aquella mañana, ni don Nacho ni su yerno volvieron a hablar de la muerte.  Casasús opinaba que, liberado de sus inquietudes y dejando en él la responsabilidad de actuar como cabeza de familia, el escritor pareció descansar de sus inquietudes y temores. Pero, sabedores de que el final se aproximaba, la casa estaba silenciosa; prohibieron a los niños jugar y reír para no perturbar al abuelo en sus últimos días.

Una mañana de febrero, llegaron dos visitantes: un par de mexicanos, médico uno de ellos, que acudían a interesarse por la salud de don Nacho.  Esperanzados, rogaron al galeno examinara al abuelo enfermo. En amable conversación  transcurrió el examen, y al terminar, el doctor habló con la familia. Con alguna extrañeza les dijo que no escuchaba nada en los pulmones de Altamirano que indicara tuberculosis. Detectaba, en cambio, que el mal se hallaba en los bronquios. Tal vez era posible que el abuelo no padeciera la terrible enfermedad. Aconsejó que marcharan a Génova, a unas pocas horas en tren, con una muestra de la saliva de don Nacho. Allí, en el Instituto Bacteriológico, podrían confirmar su apreciación: el bacilo de Koch no era lo que mataba al antiguo coronel.

Toda la familia se esperanzó: a lo mejor sí era bronquitis; a lo mejor, con un poco de ayuda, Papá Nacho se repondría y regresaría a México a jugar con sus nietos en el jardín soñado en la calle de los Héroes.

Con presteza, Joaquín, Catalina y el pequeño Héctor, se aprestaron a emprender el viaje. En su cotidiana visita, el doctor Bonatto fue puesto al corriente de la opinión del médico mexicano. Su respuesta, que aquí cito del texto de Casasús, es una deliciosa muestra de cómo procedían los médicos antiguos, bien entrenados en el sentido originario de la semiótica: “Los médicos viejos -me dijo-  hemos diagnosticado siempre, sin temor de errar, la tuberculosis, tomando el pulso a nuestros enfermos. Jamás tuvimos necesidad, para el diagnóstico, de que Koch nos hubiera revelado la existencia del microbio que destruye el organismo humano”. Todo un caballero, el doctor desechó la posibilidad de sostener una junta con su colega mexicano, y animó a los Casasús a marchar a Génova para convencerse: No había necesidad de discutir con el paisano del enfermo, dijo, “de cuya ciencia y experiencia no quería dudar”.

Salieron para Génova el  lunes 13 de febrero. Llegados a la ciudad, y entregadas las muestras, en la mañana del día 14 tendrían en sus manos los resultados. Pero Joaquín y Catalina perdieron la noción del tiempo porque el pequeño Héctor se enfermó aquella noche.  Entretenidos en atender al pequeño, no se enteraron de lo que ocurría en San Remo: No bien se marcharon, la respiración de don Nacho se debilitó. Aurelio telegrafió a Génova: “Nacho, en agonía. Vénganse. Aurelio”.  El deterioro fue rapidísimo, y, sabedor de que se trataba del fin, llamó a su lado a Aurelio y lo tomó de las manos. La cercanía de la muerte asustó al guerrerense que había peleado decenas de batallas sin pestañear.  Sabía que se estaba muriendo. Con la voz ahogada le dijo a Aurelio “¡qué feo es esto!”

 Quizá no haya mejores palabras para describir a la muerte. Quizá no haya expresión tan clara para explicar la certeza del fin, salida de la boca de alguien que ama la vida. Apenas don Nacho pronunció esas últimas palabras, murió.  Aurelio volvió a telegrafiar: “Nacho ha muerto. Aurelio”.  Los enredos y los azares hicieron que Catalina leyese primero este último telegrama, y rompió en llanto. Solo entonces Casasús halló el otro mensaje. Se apresuraron a volver a San Remo, ese día 14, al mediodía.

En la villa Garbarino, Casasús se dispuso a cumplir la voluntad de su suegro. Pasó por el trámite necesario para sacar las cenizas de Italia, llevarlas a Francia y de allí a América. Para su buena suerte, en San Remo sí había horno crematorio, establecido por una asociación de librepensadores que deseaban dar destino similar a sus restos. Así, completó los trámites para incinerar a Altamirano.

Era 15 de febrero -escribe  Casasús que era Miércoles de Ceniza- cuando sacaron el cuerpo de la villa. En la entrada, se encontraron a una comisión de estos librepensadores, quienes, enterados de la muerte de un antiguo liberal (masón, por cierto), patriota y hombre de letras, deseaban homenajearlo, y acompañar el cuerpo al crematorio. Es cierto que también lo hacían por respaldar el procedimiento. Según Casasús, alegaron que Altamirano, con su última voluntad, iba a “dar un ejemplo a esta ciudad, digno de ser imitado y es muy justo que tomemos participación en esta que juzgamos importantísima ceremonia”.

Joaquín Casasús recordaría que, horas más tarde, cuando regresó al crematorio, con una urna de madera de olivo, forrada de seda blanca por Catalina,  alcanzó a ver en el horno, que abrieron ante sus ojos, “una forma blanca, como el mármol, que iba deshaciéndose a medida que salía”. Las cenizas hicieron el periplo que la familia entera había soñado para regresar a casa: San Remo-París-Nueva York-Veracruz-México. Al principio, se resguardaron en la tumba de un viejo conocido de don Nacho: don José María Iglesias. Después, reposaron durante años en una capilla que Catalina mandó hacer para su padre, en el Panteón Francés de la Piedad.

 Allí se quedaron hasta que, en 1934, en el centenario del natalicio de don Nacho, las trasladaron a la Rotonda de los Hombres Ilustres, después de grandes homenajes en la Cámara de Diputados. Allá le llevo flores en Día de Muertos, y algunos otros días al año. También saludo a su busto de bronce cada vez que voy al viejo edificio de la Secretaría de Educación Pública.  Ahora que veo tantos desfiguros públicos e impunes en la vida política e intelectual del país, me doy cuenta de que creo en muchas de las cosas en las que creía don Nacho: coherencia y honestidad, para empezar. Si él viviera, no me cabe duda que haría enormes corajes de ver tantas trapacerías como se cometen a diario.

Pero en fin, que, a su muerte, proliferaron los homenajes en París y luego en México. En uno de ellos, su amado discípulo, Justo Sierra, lo invocó: “Gracias, maestro. No nos has abandonado, no nos abandonarás”.  Su linaje intelectual llegó hasta nuestros días. Alumnos suyos, que no de aula, pero sí de tertulia, debate y redacción de periódicos, fueron Justo Sierra, el fundador de nuestra Universidad Nacional, y Luis González Obregón, cronista y custodio de nuestro Archivo General. En sus manos se quedó el original de la espléndida novela que es “El Zarco”, que, finalmente, se publicó 13 años después de aquel 13 de febrero de San Remo.

En la vejez de don Luis, un muchachito de ojos azules le ayudaba a ir y venir de la tertulia en librerías, y le leía en voz alta, cuando se quedó ciego. Ese chamaco creció en el mundo del periodismo. Se llamó Fernando Benítez, y además de ser uno de los grandes artífices y promotores del periodismo cultural mexicano del siglo XX, dio clases, por años, en la carrera de Periodismo y/o Comunicación de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Allí nos dio clase a muchos que ahora andamos en esto del periodismo. Era barquísimo con la escala de calificaciones, pero nos contaba decenas de historias deliciosas de este que Gabriel García Márquez ha llamado “el mejor oficio del mundo”.

Como ya apunté, hubo en México quien se sacara feamente de onda al enterarse de que don Nacho había decidido ser cremado. Para variar, mi querido Guillermo Prieto entre ellos. Para una velada de homenaje, en junio de ese mismo 1893, don Guillermo preparó un extenso poema para el amigo muerto. Pero el asunto de la incineración, con todo y los argumentos de modernidad, higiene y libre pensamiento que se quisieran no le bastaban al anciano Romancero, de manera que deslizó unos cuantos versos al respecto:

…En el cadáver, la vida

de nosotros se transmite,

parece que oye, que admite

nuestra querella sentida.

Es la forma aunque dormida,

 son sus ojos, son sus manos…

mas la ciencia en sus arcanos

quiere que todo sucumba

haciendo un fraude a la tumba

y una burla a los gusanos…

Lo dicho: don Guillermo era fantástico. Vaya puntada. Don Nacho debe haberse carcajeado, a dondequiera que haya ido.

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05
Mar
11

Memorias de otros días: la muerte de don Nacho Altamirano 2

Las cartas que don Nacho Altamirano escribió en Europa nos revelan dos enfermedades peculiares, quizá más graves que todos los achaques que ya padecía: la melancolía y la nostalgia. Esa frase de su papel membretado me encanta: “Lejos de los ojos, cerca del corazón”.  Desde su establecimiento en París, Altamirano vivía sentimientos hasta cierto punto encontrados. París le gustaba, pero México le hacía falta con todo lo que ello implicaba. Los volúmenes de cartas escritas por don Nacho en esos sus últimos años de vida fueron considerables, sin contar los paquetes que iban y venían entre México y Francia. A don Nacho le llegaban cajas enviadas por Catalina, que contenían cualquier cantidad de sabrosuras, para que el escritor no sintiese tanto la lejanía: chiles, frijoles, chocolates. A veces le mandaban totopos, que se echaban a perder en la travesía, para gran disgusto del guerrerense. Zacates para el baño, liquidámbar y benjuí para la ropa de cama y para aromatizar el departamento de la calle Lafayette. A cambio, Don Ignacio y su esposa Margarita hacían los encargos domésticos para el matrimonio Casasús-Guillén Altamirano, que bien podía darse esos lujos: Joaquín Casasús ya era un exitoso abogado joven, establecido por su cuenta después de haberse formado en el despacho de Manuel Romero Rubio, el suegro de don Porfirio. Le iba bien, ganaba como para encargar a París los vestidos de su esposa, ropa de los niños y algunas curiosidades y caprichos. Algunas cartas de don Nacho nos dan idea de lo que era “encargar ropa a Francia”: “6 camisas de seda para Cata, 114 francos; 6 camisas para usted, 62 francos con 10 centavos. 6 Trajecitos de Héctor, 170.00; cartera con cifra oro, 70.00” Aparte iba una factura por “los vestidos de Cata”, que sumaba la nada despreciable suma de mil 300 francos… Al despedirse, don Nacho apuntaba “… Mis besos a los muñecos… le envío mi corazón”.

Los “muñecos” no son otros que tres de los seis hijos que tuvieron Joaquín y Catalina;  los nietos amadísimos de don Nacho, aunque solamente hubiese conocido, para los días de su partida de México,  a Héctor, el primogénito, pues los otros dos, Evangelina y Horacio, nacieron cuando el escritor ya estaba en Europa. Estos chiquitines, de cuya historia se ocupa su pariente, Carlos Tello Díaz, en el espléndido libro “El exilio. Un relato de familia”, eran la adoración de don Nacho, que siempre había sido entero y bravo; bullendo en su juventud para unirse a las fuerzas liberales en los días de la Reforma o a las republicanas durante la guerra de Intervención. Años hubo en que su fogosidad y su, digamos, fundamentalismo liberal habían sido materia de escándalo: en 1861, cuando era diputado por primera vez, se aventó ante el pleno un formidable discurso para echar por tierra una ley conciliatoria, una amnistía para todos aquellos burócratas que hubiesen estado obligados a trabajar para el gobierno conservador en los días de la Guerra de Reforma. Esa ocasión se armó una gran bronca, porque el joven Altamirano aseguró, en la tribuna que, aún cuando tenía muchos conocidos “reaccionarios” (de filiación conservadora”, él era partidario de cortarles la cabeza sin más, “porque antes que la amistad está la patria”.

De más está decir que se armó un fandango memorable en la Cámara de Diputados por tamañas afirmaciones. Al día siguiente, ya le habían puesto un apodo al buen Nacho: “El Marat de los puros”, que, en su momento, le satisfizo bastante. Ese discurso contra la amnistía es una de las grandes piezas oratorias de Ignacio Manuel Altamirano. Habla, con todas las incorrecciones políticas que los timoratos del siglo XXI le quieran ver, de cuestiones de principios, de esos que ahora muchos no conocen y que, en eso que hoy conocemos por partidos políticos, no han visto pero ni en fotografía. Hay que recordar que eran días difíciles los inmediatos al fin de la guerra de Reforma. Ese congreso de junio de 1861 vivía en la consternación por el asesinato de Melchor Ocampo, a manos de las gavillas conservadoras que aún andaban sueltas por los caminos. Indignados, con ganas del desquite, los liberales habían intentado cobrar venganza con las armas en la mano, y el resultado eran dos cadáveres más: el de Santos Degollado, que así intentaba lavar la mancha (para que vean como la bronca liberal-conservadora lastimó tanto al país) de haberle sugerido a Juárez algún nivel de conciliación con los enemigos, y el de un joven militar, gran promesa y esperanza del bando liberal: Leandro Valle. No extraña que en el seno de aquel congreso los ánimos estuviesen tan caldeados. Por eso, ni Altamirano ni los más radicales entre los liberales estaban dispuestos a dejar pasar una amnistía: “… no sería la palabra de perdón, no sería la caricia de la fuerza vencedora a la debilidad vencida;  sería una capitulación vergozosa, un paracaídas, una cobardía miserable….”

Ese es el Altamirano de 1861; el de 1891, cuando tiene 57 años, ya se ha asumido como un anciano, preocupado por lo que ha de ser el resto de su vejez, el destino de los que ama, y deslumbrado por sus nietecitos. Al contar con su yerno, que lo adora, apunta que ya se siente tranquilo, porque, a su muerte, nadie de los suyos se quedará desamparado.  Al hijo político no sólo le agradece ser su sucesor como jefe de la familia y esposo amoroso de su hija predilecta, “la perla de mi corazón, cuyo cariño embalsamó literalmente mi existencia desde que era pequeñita”; también le tiene gratitud por darle a los nietos: “…nació Héctor, y ese pequeñuelo que me hizo saborear toda la dicha del amor del abuelo acabó por ser mi gran ídolo; luego vino Evangelina, justamente cuando iba yo a ausentarme; pero me vine pensando en ella y creció en mi cerebro; después vino Horacio y también crece en mi alma, y lo conozco y lo beso todos los días, como un loco que besa a su sombra, en suma, que creó usted un hogar, que no forma más que uno con el mío y que contiene a los únicos dioses que yo adoro”. El liberal bastante descreído, al modo de su maestro el Nigromante, había encontrado, en su descendencia, la adoración llena de fe y de amor que es tan fácil de cultivar respecto a nuestros niños pequeños.

Por eso, cuando en las cartas, Casasús le pone al tanto de la compra de un terreno aledaño al de la casa de la calle de Héroes, a fin de ampliar el jardín, la respuesta de don Nacho es, sencilla, emocionadamente feliz. “Ese jardín es mi sueño”. Quería dedicarse a la jardinería en su vejez, y enriquecer el lugar con plantas que pensaba llevarse de Francia para México. En ese último año de su vida, ya había decidido: regresaría pronto a casa, tan pronto como estuviese fuerte para cerrar la experiencia diplomática y viajar.

La lectura de la correspondencia también sugiere que estaba más o menos hasta el gorro de varias cosas: de las grillas y de los negocios no tan honestos que de repente veía pasar ante sus ojos, y que, encontrando su resistencia, dada su calidad de cónsul, hallaban terreno fértil en la oficina del embajador. Especialmente le cayó mal un fulano de apellidos Cuenca Creus, que molía y molía por una subvención para hacer no sé que mugroso periodiquillo -nada nuevo bajo el sol; no hará muchos años que llegué a ver todavía, y fastidiando en pasillos del gobierno federal, a alimañas de este tipo, cuya sola habilidad es ser zalamero combinado con servil, recursos que les valen ante los egos enloquecidos y chiquitos de algunos funcionarios-. Como don Ignacio lo mandara al infierno sin escalas, el pillo acabó sacándole dinero al ambajador.  A veces tocaba estos temas en las cartas con su yerno. A fines de enero de 1892 -casi un año antes de su muerte-, a propósito de un buque de nombre Zaragoza, encargado por el gobierno mexicano y cobrado, según cuenta don Nacho, a un precio escandaloso que incluía un beneficio muy gordo para uno o dos involucrados: “Han robado al gobierno y han cobrado con exceso”, refunfuñaba, pero, al mismo tiempo, reclamaba veladamente: “el presidente que me tiene aquí, y que sabe que soy honrado, ¿por qué no me dice nada?” Tantos años después, yo ensayaría una respuesta: precisamente por eso, porque don Porfirio conocía de muchos años a Altamirano y sabía que nunca iba a entrarle a encubrir o facilitar ese tipo de compras con estafa incluida que, hasta cierto punto, resultan inevitables en los recovecos burocráticos, por más candados que se le pongan a las compras con dinero público. Siempre hay un voraz dispuesto a sacar el mayor provecho posible. Don Nacho fue funcionario por breves periodos, y siempre acababan por hastiarle esas conductas que percibía en muchos sitios: la voracidad, la deshonestidad y la costumbre de beneficiarse o de permitir que terceros se beneficiaran del dinero público. Unos cuantos que yo me sé deberían leer, en este 2011, cuando el descrédito los ha alcanzado por estas mismas razones, algunas de las cartas francesas de don Nacho Altamirano.

Las enfermedades le amargaron bastante la vida a don Nacho el año anterior a su muerte. Por las cartas, sabemos que con frecuencia le daba lata la diabetes. Debo admitir que no me he metido a averiguar cómo eran los tratamientos hace poco más de un siglo, pero al pensar en cómo comían y cómo bebían nuestros liberales, antes no se murieron todos de muchachos, víctimas de infartos fulminantes. Nomás de ver lo que se zampó don Benito la noche anterior a que le diera el infarto que lo mandó a la tumba, es para que a cualquier nutriólogo le flaqueen las piernas. Por Guillermo Prieto y Manuel Payno sabemos que toda esa generación de ilustres era de buen comer y beber, y la mitad de sus tertulias estaban aderezadas de buena comida y de buena bebida.

Así las cosas, resulta espeluznante leer las relaciones de los males de don Nacho. Sobre la diabetes, su principal padecimiento, escribió a su yerno en octubre de 1892 (cuatro meses antes de morir), después de un par de meses de no hacerlo, explica, aparte de que le había dado  cólera, “no con todos sus caracteres, pero sí bastante fuerte”, las molestias del cuadro diabético. Cuenta que, a causa del cólera,  había quedado hecho un palillo, y que se había mandado a analizar la orina: el resultado indicaba que “eliminaba 39 gramos de azúcar cada 24 horas”. Parece que por esos días hubo un brote epidémico de “cólera asiático” en París del que el cónsul mexicano no se escapó.

Así era el ánimo, entre melancólico y esperanzado de don Nacho a lo largo de 1892 y así seguiría a principios de 1893. En 1892 pensó en pedir una licencia para ir a México durante 5 meses, y conocer a sus nietos. Pero ese mismo año se mudó de domicilio -cuenta que ya no cabía en el departamento de Lafayette, y en el cambio hizo gastos que, le explicaba a su yerno, no le permitían gastar en todo lo que implicaba el viaje. Ya estaba en San Remo a mediados de diciembre de 1892, y aguantaba los regaños cariñosos que seguramente le propinó la familia por no atenderse a fondo. Seguramente los reclamos también venían de los Casasús, que acababan de llegar a reunirse con don Nacho, Margarita y Aurelio. Pero tan malo y tan débil estaba, aún cuando juraba que “la diabetes había desaparecido”, que admitió que se estaba “muriendo de inanición y de fiebre”. Lo que más le fastidiaba era todo el cuadro de descompostura estomacal, que se remontaba a la disentería del sitio de Querétaro, de la cual nunca se había recuperado ni por el mentado vasito de agua de Seltz recomendado por Maximiliano, y que, a partir del cólera, seguramente había terminado de afectarlo a profundidad. Encima, en San Remo se le manifestó algo que los médicos le diagnosticaron como bronquitis.

 Así andaba cuando accedió a irse a la Villa Garbarino: tan débil que lo trasladaron sentado en un sillón, y envuelto hasta la cabeza en mantas, para que no le diera el aire. Aurelio lo ayudaba a subir y bajar de la cama. En alguna otra carta achaca a los problemas gastrointestinales  el “profundo abatimiento físico y moral” que ni la llegada de su familia -los Casasús con las otras hijas de don Nacho y la tribu de nietecitos- había podido disipar.  Era lógico, su salud estaba muy quebrantada; muy probablemente él ya era consciente de su gravedad.

Varios años después de la muerte de su suegro, hacia 1906, Joaquín Casasús escribió una carta larga, dirigida a  Angel de Campo, Micrós, donde contaba cómo habían sido esos últimos días, en Italia, de don Nacho Altamirano. El testimonio, por conmovedor, y por la larga despedida de la vida que hizo “Papá Nacho” como le llamaban sus nietos, merece su propio espacio en este Reino.

03
Mar
11

Memorias de otros días: la muerte de don Nacho Altamirano 1

Estos días recientes, por peculiares azares y obsesiones, han traido a la mesa de este Reino, libros, materiales, detalles que me llevan a darle vueltas a los asuntos de la memoria, del recuerdo, del olvido. Memorias del pasado y del presente, huellas de eso que llamamos “pasado inmediato”, los mecanismos del recuerdo, las obsesiones que nos permiten mantener vivos algunos recuerdos, unos emocionados y vitales, otros oscuros y atormentados. Los recuerdos. E, inevitablemente, su antídoto, el olvido, que a veces cura; el olvido que cae en las horas de inquietud para hacerlas menos duras, para aplacar la ira, para paliar el dolor, para limar las cicatrices que la vida nos deja, poco a poco.  

Los vértigos de los últimos días hicieron que, por poco, se me pasara el aniversario, el pasado 13 de febrero, de la muerte, ocurrida en 1893, en una villa italiana, de don Ignacio Manuel Altamirano. Era febrero, y era San Remo. A instancias de Joaquín Casasús, casado con Catalina Guillén-Altamirano, amadísima hija adoptiva de don Nacho, la familia se había trasladado a una de estas fincas con jardines donde “pasar el invierno”, una expresión que hoy se antoja un tanto pasada de moda, era una realidad persistente. Si acá, en la ciudad de México, las familias pudientes se iban a pasar el verano a sus casas de campo en… Tacubaya… o en San Ángel…

 A Joaquín Casasús se le había partido el corazón al llegar a San Remo y encontrar a Altamirano, a su esposa Margarita y a su hijo adoptivo, Aurelio, en un alojamiento que se conocía como la Pensión Suiza. El que en esos días de 1893 era un joven. próspero y ya influyente abogado, opinó que la dichosa pensión estaba ahogando a su suegro y maestro. “El, acostumbrado a vivir al aire libre, a respirar el de las montañas del sur, a llevar una vida siempre activa…”. Resulta peculiar la reconstrucción de los recuerdos que, en 1906, hacía Casasús: Altamirano no pisaba su tierra, Tixtla, desde 1867,  cuando se dio memorable agarrón con don Diego, hijo de Juan Álvarez, antiguo insurgente y cacique -las cosas, por su nombre- del estado de Guerrero. En sus años de formación, Altamirano había crecido al amparo y protección política de don Juan, y le tenía una lealtad a toda prueba al “Viejo León”, como solía llamarle al insurgente, un anciano en los días de la Intervención, y a cuyos oficios y grillas se debía la existencia del estado de Guerrro.  En cuanto al hijo, la tonada era muy diferente. Sencillamente, no se soportaba con Nacho Altamirano. En aquellos agitados días de la guerra de Intervención y los prolegómenos del sitio de Querétaro, Altamirano criticaba la falta de decisión de Diego Álvarez y lo acusaba de no poner demasiado, digamos empeño, arrojo y/o iniciativa en eso de unirse al resto de las fuerzas republicanas que se concentraban en Querétaro para dar la pelea final. Diego Álvarez, a cambio, lo acusaba de indisciplinado, de levantisco y de andar calentándole la cabeza al pobre de don Juan, que ya estaba bastante viejo, y al que, aparentemente, ya se le iba un poco la hebra y podía caer, de repente en estados de pánico cuando su antiguo protegido, es decir, don Nacho, le contaba de los riesgos de que a los franceses se les ocurriera incursionar en las montañas del sur donde permanecían.

El pleito tomó niveles bastante desagradables, y Altamirano optó por cambiarse de jefe y se unió a otro de sus paisanos para irse a participar del sitio de Querétaro,a donde, finalmente también iría don Diego, mientras Altamirano reivindicaba, con sus participaciones en batalla, su grado de coronel de caballería, otorgado por Juárez en 1863, y hasta se daba tiempo para conocer a Maximiliano, ya preso. De hecho, si al coronel Altamirano no le hubiese atacado una disentería tan perra como la que padecía ya el emperador en derrota (para que vean lo que es tener mala suerte), y como don Nacho apunta en sus papeles, él hubiera sido, por decisión de Mariano Escobedo, cabeza de las tropas republicanas,  el fiscal del juicio que mandó a Max, a Tomás Mejía y a Miguel Miramón al paredón de fusilamiento en el Cerro de las Campanas.

Pero como, aún entre tantos hechos memorables,  la bronca con Diego Álvarez nunca se solucionó, aún le dio a don Nacho bastantes quebraderos de cabeza, aún en esos días de gloria y esperanza que fueron parte de la República Restaurada,  y eso explica que no regresara a su tierra ni de visita. Al menos, no lo consigna, ni en sus cartas ni en sus diarios, materiales todos que, con el correr de los años, se han dado a conocer y hacen de Altamirano un personaje interesantísimo y complejo; más, mucho más que el autor, a secas, de algunas novelas y poemas notables.

Todo esto da una idea de cuántos años llevaba don Nacho, en 1893, de no respirar “el aire de las montañas del sur”.  Era él uno de esos beneficiados de los escasos esfuerzos de educación pública del siglo XIX que nos dio a un político honesto -se murió pobrísimo-, batallador -era bravísimo polemista en las diputaciones de sus años mozos- gran intelectual y notable escritor y periodista, por más que a mí no me guste nadita su novela “Clemencia”, también estoy convencida de que su novela “El Zarco” es una de las mejores cosas que se escribieron en el México del siglo XIX. En don Nacho se había cumplido el ideal educativo de los liberales mexicanos decimonónicos, con respecto a los indios: dejar su condición de seres excepcionales para mal; dejar de ser indio para ser ciudadano, ser ciudadano para ser igual al resto de los mexicanos.

 Entre las muchas cosas que los liberales de la Reforma consideraban perniciosas y dignas de ser arrojadas al caño, estaban los relativos privilegios con que la corona española había creído proteger a los indios en el siglo XVI, convirtiéndolos en eternos menores de edad, con lo bueno (muy discutible) que implicaba, y con lo malo, harto demostrable, que aparejaba. Por eso, leyendo los diarios de don Nacho, en la década previa a su muerte, es posible ver hasta qué punto había dejado atrás su herencia indígena: había salido a los trece años de Tixtla, que, en esos años, aún formaba parte del inmenso Estado de México, para irse a estudiar a Toluca, al Instituto Científico y Literario de esa ciudad.

Un curioso aún puede ir a visitar la escuela de don Nacho; es el edificio de la Rectoría de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM); el auditorio es lo que, seguramente, fue la capilla de la escuela, esa donde el “Señor Altamirano”, según los reportes de conducta que se conservan, “chifla, chupa [“chupar” era “fumar”, no sean mal pensados] y grita.” Llegaba Altamirano a cursar estudios después de lo poco que le había proporcionado la escuela de su pueblo, y por tanto su español era un tanto imperfecto. El náhuatl era el antiguo idioma de los tixtlecos, y, con ese ingreso a la escuela, lo poco o mucho que el joven Ignacio lo hablara, se desvaneció.

Por esos diarios que les cuento, escritos en sus años de madurez, hacia la década de los 80 del siglo XIX, sabemos que se había puesto, nuevamente a estudiar idiomas. Cada tanto, tomaba clase de “mexicano”, es decir, náhuatl.

Una tierna historia da idea de la transformación cultural que en él se había operado gracias a la educación. En sus años de diputado, su alumno muy querido, don Justo Sierra, traía en la cabeza no sé qué ventolera de ley que favoreciese y protegiese a los indígenas. Muchos de sus conocidos se pitorrearon del asunto, y uno de ellos, con agudeza, resumió el pensamiento de muchos: “El único indio al que conoce el señor Sierra es Ignacio Manuel Altamirano, y como tiene más de ateniense que de indio…”

En sus años de estudio, Altamirano llegaría a obtener buenas calificaciones  en latín, y excelentes en francés. Recitando a Lamartine cortejó a su novia, Margarita, en el locutorio del Colegio de las Vizcaínas. Al final de su vida, haber sido cónsul en París, en permuta con la de Barcelona, le hizo realidad un sueño muy acariciado. Este asunto de la permuta le convino a él y a su contraparte, Manuel Payno (don Nacho apunta en sus Diarios que la razón por la que Payno auspicia esta permuta es porque quiere estar cerca del editor Ballescá, célebre en México por algunas de sus ediciones, como México a Través de los Siglos, a fin de cuidar sus negocios como autor y vigilar la marcha de sus publicaciones. No era para menos, el autor de obras como “Los bandidos de Río Frío” tenía mucho que  ver por sus intereses. Pero de él hablamos otro día.

Así era el periplo que había llevado, en 1889, a don Nacho Altamirano, a aceptar un cargo diplomático en Europa. Las malas lenguas decían que el nombramiento emitido por Porfirio Díaz pretendía sacar a su antiguo compañero de oposición a Juárez, para que nadie le hiciera sombra. Los chismes decían que esa designación, y la que años antes había hecho sobre el genial y vistoso Vicente Riva Palacio, mandándolo de embajador a España. Las mismas malas lenguas, enteradísimas, las canijas, no dejaban de rec0rdar que, en las elecciones de 1884, a la hora de la reelección de Porfirio Díaz, la tercera, de hecho, en los recuentos habían salido 26 votos para don Nacho, otros tantos para Ramón Corona e igual cantidad para el general Riva Palacio. Si alguien tenía dudas de que el recuerdo de héroes de guerra de la intervención con fama popular y eso que ahora se llama “buena percepción”, de estos tres caballeros era como un foco de alerta para don Porfirio, con este tipo de nombramientos, las cosas se iban aclarando.

Para completar el panorama de la grilla, fue por esos años que el reportero Manuel Caballero (uno de esos primeros reporteros al modo contemporáneo) entrevistó, después de plagosear un rato, al general Escobedo y se volvió a armar la pelotera, cuando se supo que el famoso coronel López, compadre de Maximiliano y que permanecía con los sitiados allá en Querétaro, fue a negociar -enviado por Max, una de las revelaciones- la rendición de la ciudad y de las tropas imperiales, a cambio de la vida del emperador y sus generales.

Como a López lo agandallaron por la directa -que no lo chamaquearon, como a los actuales secretarios de Estado mexicanos- y nunca pudo obtener garantías para Max (Garantías de qué, coronel, se debe haber pitorreado Escobedo: Esto, por si no lo sabe, es una guerra civil de a deveras), la ciudad cayó y la historia se terminó en el Cerro de las Campanas, de la manera que ya sabemos.

A causa de los chismes desatados, don Nacho tuvo que agarrar la pluma para defender -miren lo que son las cosas- a don Porfirio y a su nombramiento. Después de tantos años de sostener una clara distancia con el régimen porfirista, optó por entrar a la institucionalidad y aclarar que él no estaba detrás de los chismes, y que, todo lo contrario, estaba muy agradecido por la distinción. Cansancio, hartazgo de vivir con demasiada modestia, el anhelo de pisar Europa, la verdad es que no sabemos del todo las motivaciones de don Nacho.  Hasta allá no llegan los escritos que nos dejó, contrapunteados por el relajo que se traían en un periódico, “El Universal”, donde las aludidas malas lenguas habían revelado todo.

Le hicieron una despedida en un salón de la Sociedad de Geografía y Estadística, y Altamirano no quiso pronunciar ningún discurso. Eso sí, prometió que, aún cuando todos sus amigos y discípulos, sus familiares y seres queridos, estuvieran lejos de sus ojos, estarían siempre cerca de su corazón. Y cumplió. Mandó imprimir esa frase en su papel personal, ese donde también estaba su nombre; el mismo donde escribía constantemente a casa, para saber de todo, para hablar de todo, para que a veces lo agobiara la nostalgia. “Aquí” -llegó a escribir- “el llanto obligado del viejo indio llorón”. Gran escritor de cartas, su talento epistolar era el recurso esencial del que se valía para no olvidar a México, para que no lo olvidasen al otro lado del mar. Entre que se le diagnosticó una diabetes brutal, su entrada en la vejez y una presumible tuberculosis que empezó a crecer en Europa, se empezó a poner débil. Convencido de que andar en climas más tibios que los de Francia le sentaba bien y lo sanaba, a ratos viajaba, en busca de mejoría. A veces se quejaba de que, para caminar de su casa al consulado, tenía que caminar agarrado a las paredes, y ocasiones tuvo en que, tan sin fuerzas se hallaba, que no atinaba a comer sino unas pocas cucharadas de fideos. Así que, en tal estado, se marchó para Italia. Quería recuperar la salud; ya quería regresarse a México. Ya soñaba con hacerse jardinero en sus días de anciano y jugar con sus nietecitos en el jardín de la casona que Joaquín Casasús construyó en la colonia Guerrero, en la calle de los Héroes. Por eso andaba en San Remo, y por eso accedió cuando su yerno sugirió alquilar una de las villas de la ciudad que aún quedaban desocupadas y allí, pasar juntos, los Casasús Guillén-Altamirano, el matrimonio Altamirano y Aurelio, todo el invierno. Allí, a la Villa Garbarino, llegaron, y allí se iba a morir don Nacho.

11
Nov
10

Huellas del día de muertos 2: las tumbas vacías del Panteón Francés de la Piedad

No querría quedarme esta historia de día de muertos en el tintero, no en el año de los centenarios. Sabemos que, después de ser asesinados, Francisco I. Madero y José Pino Suárez, fueron llevados a sus tumbas del panteón Francés de la Piedad, cementerio que todavía existe y donde hay numerosas historias que recuperar de quienes reposaron un rato allí, y de quienes siguen en el lugar.

Por pura estética, aquí dejo la imagen de una tumba interesante, la de don Joaquín Casasús, abogado y funcionario público porfiriano, habilidoso en cuestiones financieras -se le considera, según algunos, de esos economistas mexicanos que existieron antes de que existieran los economistas profesionales, negociador, en tiempos de don Porfirio, para el caso de disputa de límites en la frontera con Estados Unidos; esa zona que se conoce como El Chamizal. Don Joaquín, entre otras cosas, logró que el arbitraje del monarca italiano Víctor Manuel III fuese favorable a México ( a saber por qué no lo mandaron a averiguar, antes de que se muriera, en 1916, qué pasaba con la propiedad de la isla de Clipperton; ), aunque , a causa de algunos problemitas y cambios de administración ocurridos en México a partir de 1910, los de Washington se hicieron los desentendidos por medio siglo y hasta la gestión de Adolfo López Mateos en la presidencia de la república “nos regresaron” unas hectáreas, allá por 1964. El otro detalle de don Joaquín es que fue yerno de Ignacio Manuel Altamirano (otro santo tutelar de este reino), y que, en el sitio que es hoy esta cripta llena de flores, donde descansan personajes de la familia Sierra Casasús (los Sierra de don Justo y los Casasús de don Joaquín, emparentados con los Díaz de don Porfirio, como puede leerse en el precioso libro de Carlos Tello Díaz “El Destierro. Un relato de familia”), es el sitio a donde finalmente, se quedaron unos años las cenizas de don Nacho Altamirano, muerto en San Remo en 1893 y cremado allí mismo.  Cuando los Casasús trajeron a México lo que quedaba de don Nacho (era cosa muy rara en aquellos años que anduviera pidiendo uno que lo incinerasen después de muerto), en mayo de ese mismo 1893,  las cenizas apasionadas del novelista que había sido coronel de caballería durante la guerra de intervención, fueron hospedadas por uno de sus contemporáneos, don José María Iglesias, fallecido un par de años antes. Catalina Guillén Altamirano, hija de don Nacho y esposa de don Joaquín, mandó levantar una capilla -como se describe en los relatos de la época- donde poner la urna que habían traído desde San Remo y que saldría del Panteón Francés de la Piedad en 1934, cuando se llevaron a don Nacho a la Rotonda de los Hom… de las Personas Ilustres.

Esta tumba, uno de los espléndidos ejemplos de arquitectura funeraria del Panteón Francés de la Piedad (que está un poco menos descuidado desde que hace unos diez o quince años les arrearon un soberano periodicazo en el semanario Proceso), está cerca de la capillita neogótica que preside la avenida principal del cementerio, donde cada marzo las jacarandas azulean y hasta invitan a caminar pensando en cosas que sobreviven a la muerte, como las ideas, el amor  y la memoria. Cerca de la capilla abundan las estatuas de ángeles dolientes, de mujeres que existieron o a lo mejor que nunca tuvieron materialidad, pero que allí narran el discurso de la muerte decimonónica, como la entendían nuestros bisabuelos.

Pero las tumbas de las que quería hablar no están cerca de la capilla. Más bien, están muy cerca de la barda del cementerio que da a la escandalosa y polvorienta avenida Cuauhtémoc de la ciudad de México. Inevitablemente, son tumbas contiguas. Sepultaron a sus ocupantes originarios el mismo día, al mismo tiempo, en febrero de 1913. Los personajes a los que me refiero son Francisco Ignacio Madero y José María Pino Suárez. Si alguien tiene la oportunidad de ver ese documental espléndido visualmente, pero discutible desde la perspectiva histórica, que se llama “La Revolución Espírita”, producido por Manuel Guerra y con guión de Alejandro Rosas, podrá ver un rescate fílmico interesante: muchas ocasiones se ha visto un pequeño metraje del sepelio de Madero y Pino Suárez, asesinados, dicen unos afuera de la entonces Penitenciaría (hoy Archivo General de la Nación), otros dicen que dentro y sus cuerpos fueron arrastrados al exterior. Lo usual es ver unos cuantos segundos de la llegada de los ataúdes al Panteón Francés, del momento en que los bajan de los carros y la gente echa a andar junto a ellos. En “La Revolución Espírita” puede verse un fragmento de película más largo que permite ver, entre los dolientes, a Pedro Lascuráin, canciller de Francisco I. Madero, y que fungió como presidente los 45 minutos necesarios para designar a Victoriano Huerta secretario de Gobernación y allanarle el camino legal pero para nada correcto, a la presidencia de la República.

Allí quedaron enterrados Madero y Pino Suárez. Allí hasta que, en fechas diferentes, fueron trasladados, Madero al monumento a la Revolución, allá en la colonia Tabacalera, en 1960, cuando se conmemoraban los cincuenta años de la revolución de 1910, y los de Pino Suárez (que por cierto, estaba emparentado con Joaquín Casasús), hasta 1986, a la Rotonda de los Hom… de las Personas Ilustres. Al Francés los siguieron las esposas: doña Sara Pérez, en una tumba contigua a la de su esposo, y doña María, en la misma fosa, como consignan las placas de cada sepulcro.

Ahora me asalta la duda, pero lo más probable es que doña Sara, a quien José Emilio Pacheco describió en “Las Batallas en el Desierto” como una viejecita eternamente enlutada por su marido asesinado y que vivía relativamente cerca del Panteón Francés, en la calle de Zacatecas, en la colonia Roma, siga sepultada allí. Las crónicas con fotos que he visto de la exhumación de Madero no hablan del “sarape de Madero”, apodo que la señora llevó en tiempos de la revolución, ni de que se fuese en el mismo paquete de su esposo al monumento. Me da más duda si doña María Cámara de Pino no sería trasladada, en vista de la fosa compartida, a la Rotonda en compañía de su esposo.

Pero junto a las tumbas de los Madero, que han recibido a algún otro huésped de la familia, junto a la de los Pino Suárez, hay otra tumba, a la que la gente le presta menos atención. De hecho, víctima del descuido, ya no se sabe a quién pertenece el sepulcro. La lápida nos permite inferir (ahora que está de moda inferir sobre restos humanos) que se trataba de un varón. Y de hecho, llegó un poco antes que don Francisco y don José María al Panteón Francés, y más o menos por las mismas razones. Esta es su tumba:

El ocupante de la tumba, muerto “en defensa de la Ciudadela la mañana del 9 de febrero de 1913”, cayó abatido tal vez un poco después de que el padre de Alfonso Reyes falleciera “de ametralladora” a las puertas de Palacio Nacional. Quien se asome, en estos días de noviembre, ahora que ya faltan solamente NUEVE días para el Centenario de la Revolución, aparte de mirar las tumbas de Madero y Pino Suárez, de quienes se han escrito y escriben muchas páginas desde hace un siglo, ojalá también le eche una mirada de cierto afecto a uno más de los personajes de otros días, de esta ciudad que es la misma y al mismo tiempo pareciera que nada tiene que ver las calles capitalinas de 1913. No sabemos el nombre del propietario del sepulcro, como de tantos otros; todo lo que podría contarse de él forma parte de lo que mi amigo Salvador Rueda llama “los capítulos marginales de la historia”, que aguardan a que nos pongamos a trabajar y lo narremos a los que gustan de mirar el pasado.

 

03
Sep
10

Ah, qué don Germán

Cuando Germán Dehesa escribió apenas la semana pasada que los médicos le auguraban retirarse de este mundo hacia finales de año, pensaba yo en el trabajo que debió haberle costado escribir esa columna. Admitir la inminencia de la propia muerte debe ser aterrador. Hay que ser muy valiente para hacerlo. Aún para mexicanos de gran entereza, como Ignacio Manuel Altamirano, en algún instante de certeza, de que el final se aproximaba, tomó de las manos a Aurelio, su hijo adoptivo y le dijo “¡qué feo es esto!”. Y lo decía un coronel de caballería que peleó en el sitio de Querétaro, un diputado crítico de Benito Juárez, un testigo de la Guerra de Reforma y de la Revolución de Ayutla.  Esa es, finalmente, la debilidad -que nada malo hay en esa debilidad- de la condición humana. Por eso inventamos tantos subterfugios para eludir, engañar a la muerte, para timarla, darle gato por liebre, liebre por humano y persuadirla a que aguarde un poco, unas cuantas horas, unos cuantos días, algunos meses, unos años en llegar a nosotros; que se vaya a tomar unos tragos por nuestra cuenta en lo que vivimos un rato más; ‘ai le hablamos al rato, pierda cuidado, ya le avisaremos cuando estemos medio listos, medio dispuestos, medio resignados a irnos con ella.

Pero si a don Germán Dehesa le asaltaron esas cavilaciones, no lo sabemos, no lo sabremos, porque lo suyo era la risa inesperada, la alegría satisfecha de saber que estaba escribiendo algo que le arrancaría la sonrisa a alguno de los que lo leíamos. Por eso, y aunque no esté, hay que recordar algunas de sus columnas memorables, esas que contaban su día a día, la risa que nos arrancaba en la lectura matutina; ese humor que abarcaba tantos registros, justo a la medida en las más variadas situaciones.

Por eso hoy, que ya no está, me acuerdo de algunas de sus palabras memorables: Me reía a carcajadas el día que inventó los conejos azules, que, referidos a un niño escéptico, encima resultaron ser conejos de árbol. Me solazo en sus imágenes de la sopa de habas, buenísima, sabrosísima, que comían en su casa en los días de Semana Santa. Y aunque en mi casa nunca se hizo sopa de habas por Semana Santa, considero que esa es una de las mejores invenciones culinarias; sustanciosa, reconfortante, olorosa y alimenticia. Le entendía por completo a don Germán cuando escribía el elogio de la sopa de habas.

Me acuerdo también de aquella columna que rescataba la respuesta de uno de sus alumnos, de una sublime capacidad de síntesis para resumir las tensiones diplomáticas, territoriales y políticas que detonaron la Primera Guerra Mundial: “La situación era tensa”. Me acuerdo de sus teorías acerca del comportamiento chilango, que en su columna titulada “Cómper…” nos pintaba enteritos y de cuerpo entero: ese “cómper” que decimos, abreviando nuestro barroco “con permiso”, cuando ya pasamos, cuando ya hicimos la diablura, la travesura de retar las reglas, de saltar las trancas, de pasar avisando que ya pasamos, de decir, simplemente, “cómper”, por economía, por practicidad, por ahorrar energías en lo que ya no tiene visos de prevenible o evitable.

Me acuerdo de sus espléndidos retratos de Jaime Sabines, de Mauricio Achar, de la confusa teoría de una puesta en escena, según la cual los canijos cartapacios son unos bichos de lo más venenosos, especialmente, la hembra. Alguien podría acometer la recopilación de esas columnas que mueven a risa, que sacan del engorro del deber ser de todos los días (premisa absolutamente suscrita por este Reino) y, entre ese torbellino de risas, de humor sardónico que no se gastaba en la ironía amarga, sino en la explotación del infinito absurdo cotidiano, en la mofa, befa y escarnio sanos respecto al ridículo sistemático que cometen personajes e instituciones de los más variados pelajes. Me encantaba leerlo, mucho más que escucharlo en radio. Me costaba trabajo entenderle, pero ni falta.  La columna era diversión cotidiana, risa que se extiende en la habitación. Ah, qué don Germán, qué modos de irse casi sin avisar, qué modos de dejarnos el changarro sin decir lo que en estos casos se estila y es correcto apuntar: no le abran a nadie (eso no se lo oí, en toda mi vida, mas que a dos personas: a mi mamá, cuando eramos chicos, y a don Germán. Y los dos sabían muy bien lo que decían).

Durante mucho tiempo, en la computadora de una oficina querida que tuve en un viejo jardín novohispano de San Ángel, estuvo pegado un post-it, que recuperaba el final de una columna, una frase parafraseada de las palabras sabias y consoladoras de Jaime Sabines.  Rescatadas como sonido de campana de plata en momentos oscuros, por cosas de las que hoy no me quiero acordar, siguen estando en algún punto de mi piel, para recordarla cuando es oportuno: “ahora debiéramos levantarnos a vivir”. Y ahora que ya no está – insisto: qué modos, don Germán- eso es, seguramente, lo que nos diría que nos pusiéramos a hacer.

 




En todo el Reino

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