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feb
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El jueves 23 presentamos el libro nuevo. ¿Me acompañan?

16
ene
12

Más sobre la Estela de Luz: El pequeño monstruo de la calle de Lieja busca a su padre.

Ya sabemos que la Estela de Luz es capaz de hacer muchos firulines; por su bien esperemos que conserve la sobriedad

Aclaro que yo no le puse el sobrenombre. Trágicamente, se lo puso su padre originario, el arquitecto César Pérez Becerril. Lo que empezó en 2009 como  el Arco del Bicentenario, se transformó en la Estela de Luz y, después, más de media docena de opinadores y columnistas inspirados le acomodaron diversos remoquetes, como la “Estela del Oso” -innecesario explicarlo- la “Estela de la Corrupción”, la “Estela de la Opacidad”, que han derivado en otros francamente repelentes, como “La Estela de Pus” (¡carajo!), hasta llegar al muy humillante  ”La Suavicrema” (que no digo que no sea acertado; nomás acoto que es de una insolencia escandalosa para un monumento que pretende ser cívico-histórico).

Cuál es la novedad de que se le ponga apodo a una construcción, dirán algunos. Incluso, a veces los sobrenombres surgen de los círculos de ingenieros o arquitectos.Así, es sabido que en Santa Fe existe “El Pantalón”, y que la Torre de Mexicana, en la colonia del Valle de la ciudad de México, ha sido definida como “La Licuadora”.  En Monterrey hay un edificio mejor conocido como “El Servilletero”… y de esculturas, no se diga. Ese espléndido escritor que fue el antropólogo Jaime Litvak King, muerto en 2006, se refería a la escultura que estaba afuera de la antigua Torre de Ciencias de Ciudad Universitaria -después Torre de Humanidades II- como “la campamocha”, y bautizó a la peculiar escultura colgante de la Biblioteca Nacional como el OSNI (Objeto Suspendido No Identificado. Ahora recuerdo que hace como unos 20 años casi me sacan a patadas de la biblioteca por haber recordado el sobrenombre, en voz alta, durante una visita guiada a la venerable institución). La pequeña diferencia es que ninguno de los edificios y esculturas antes mencionados es, o tiene la misión de ser un monumento cívico-histórico. Ahí radica lo corrosivo de reducir a la Estela de Luz  a la vulgar pero multimencionada “Suavicrema”. Pero ese es el primer paso para que el monumento tenga un destino diferente al que pensaron sus creadores y sus re-creadores: llamarla “Suavicrema” es desacralizar su origen, arrebatarle cualquier viso de solemnidad que, después de tanto fandango, aún pudiera tener.

La lluvia de sobrenombres despectivos nos muestra que, en principio, la Estela de Luz no parece tener el aprecio colectivo. Un verdadero caso para Mary Shelley, porque ni siquiera el creador del proyecto arquitectónico le reconoce su linaje: fue bautizada, hace meses,  como “pequeño monstruo” al calor del agarrón entre el arquitecto Pérez Becerril y el secretario Alonso Lujambio y el director de la constructora Triple I. Y lo de “pequeño monstruo” viene del hecho que, según el arquitecto, el proyecto que fue premiado por el “comité de expertos” al que aludió el sábado 7 el presidente Felipe Calderón, ha sido mutilado, deformado y cercenado de fea manera en algo que algunos entendidos en arquitectura consideran una “solución ingenieril” más bien tosca, decidida a levantar los 104 metros de estructura metálica, forrados del carísimo cuarzo brasileño, a como diera lugar.

Figuritas van, figuritas vienen. No extraña que la gente tome a chunga las capacidades gráficas de la Estela de Luz

Al grito de “la levantamos porque la levantamos”, la Estela de Luz es ya una realidad, y pese a todas las pataletas que su hechura ha provocado, lo cierto es que resultaría absurdo tumbar  mil 35 millones de pesos porque es opaca, porque les parece fea, por todos los esqueletos que tiene en el closet o por lo que se le dé la gana a la respetable concurrencia. Pero a lo que aspiramos muchos es, por lo menos, que nos expliquen qué demonios pasó para que este monumento tenga una historia tan controvertida que ni su propio creador quiere reconocer su paternidad.

Y es cierto: durante la entrevista que el arquitecto César Pérez Becerril concedió al periódico Reforma para el anuario 2011 que dio a conocer el pasado lunes 9 de enero, el autor del proyecto seleccionado como ganador de entre los 39 presentados fue categórico: no desea ser retratado junto a la maqueta que presentó en aquel primer semestre de 2009: “Sería una falta de respeto”  -le dice al reportero Jorge Ricardo- “…que me tomara una foto con un proyecto que está cercenado, modificado y desvirtuado; sería una humillación aparentar que se avala la construcción de una estructura de metal y cuarzo que representa el 10 por ciento de un proyecto que consideraba una plaza de 34 mil metros cuadrados”. En suma, el arquitecto niega la paternidad de la Estela de Luz, argumentando que, para empezar, la Suavicrema existe despojada de la Plaza Bicentenario, que significaría el completo “reordenamiento” de ese espacio por el cual,  como dice el querido amigo de este Reino, don Antonio Fuentes, de noche no se anima a pasar ni siquiera el conde Drácula.

Ya bastante bronca era que el arquitecto Pérez Becerril hubiera tenido que estar junto al secretario Lujambio en aquella rueda de prensa de 2010, para apechugar y anunciar públicamente que la Estela de Luz no estaría lista para ser inaugurada el día del Bicentenario, repitiendo el festejo de 1910, cuando don Porfirio, acompañado de su gabinete y de millares de mexicanos de a pie, inauguró la columna de la Independencia. Entre tantos pleitos como ya aderezaban las conmemoraciones en julio de 2010, que el monumento bicentenario no estuviese acabado para la fecha necesaria ya no era ninguna noticia, pese a que, a la menor provocación el (des)coordinador de los festejos, el director del INEHRM,  jurase que el asunto del armado de la estela era un rollo muy sencillo que en dos patadas quedaría listo para que el presidente Calderón pasara a la historia luciendo por todo lo alto al cumplirse los 200 años de que el padre Hidalgo llamara al mitote insurgente.

¿Veremos a la Estela de Luz ponerse de mil colores en cada festejo y/o ocasión de contento?

Pasó el Bicentenario del inicio de la Independencia, pasó el centenario del inicio de la Revolución, y de la Estela de Luz, ni sus luces. A ratos se veía alguna actividad en el terreno bardeado, y cada tanto se armaba algún leve alboroto en torno a las cuentas pendientes de las conmemoraciones. Hasta que el 18 de julio del año pasado, el arquitecto Pérez Becerril apareció una mañana en la televisión para denunciar una campaña de desprestigio en su contra, dirigida, aseguró, a achacarle todas las responsabilidades, en materia de proyecto, de atrasos, de malos cálculos, de olvidos de estudios esenciales, todos estos factores decisivos en el atraso de la obra conmemorativa.

En el tono y con la ira contenida propios de quien lleva un muy buen rato peleándose con gente que ya lo tiene hasta el absoluto gorro, Pérez Becerril, encima, denunció presiones de la Secretaría de Educación para que no diese a conocer hechos, incidentes y procedimientos que, si bien aún no sabemos plenamente sean resultado de la corrupción, se parecen bastante.  Denunció errores en la compra de los materiales de construcción, mañas poco disimuladas en el proceso de adjudicación de la obra y el hecho de que le hubiesen negado la dirección arquitectónica de la obra -una tarea que, prácticamente en automático corresponde al autor del proyecto- y además le impidieron el acceso al terreno que una vez fue pensado para el espacio de una “pata” del soñado Arco del Bicentenario y que, en las condiciones actuales es el emplazamiento de la Estela de Luz.

La Secretaría de Educación y Triple I Servicios respondieron, pasado el shock inicial de verse denunciados y balconeados en cadena nacional televisiva, contraatacaron asegurando que la bronca se debía a que el arquitecto Pérez Becerril había entregado un “proyecto inviable”, que en buen español significaba que, con las estimaciones del proyecto original, la Estela de Luz no sólo tenía problemas normativos, sino que, como dijo algún entendido en esas cosas, iba contra las mismísimas leyes de la física: era inconstruible.

Trenzados como estaban en exhibirse mutuamente arquitecto e instancias de gobierno, aderezados por la gentil colaboración del diputado del PVEM, Pablo Escudero,  que, conciencia incómoda y pertinaz, no exenta de interés político, muele y muele con la exigencia de la rendición de cuentas sobre los dineros gastados en el bicentenario proyecto, se generó un clima de encono y pleito  mediático tal, que se quedaron afuera unas cuantas preguntas que podrían ayudar a aclarar el origen de tan formidable desmadre:

  • Esta le toca a la SEP: si es cierto que el proyecto de Pérez Becerril era “poco viable” (forma elegante de decir que el proyecto no servía para nada en términos de su solidez) ¿qué responsabilidad tiene el “comité de expertos” que premió la propuesta? Había arquitectos entre el jurado. ¿Es que nadie se preguntó por la solidez de los cálculos? ¿Nadie pidió una revisión ni una asesoría, que hubiera ahorrado bastantes milloncitos?
  • De lo anterior se infiere, en caso de ser ciertas las acusaciones de la SEP y de Triple I Servicios, ¿lo que se premió fue simplemente la maqueta? Esa sola hipótesis me da escalofríos.
  • Por otro lado, el arquitecto Pérez Becerril debería, además de reiterar sus acusaciones acerca de la presunta campaña de desprestigio, no ha hecho suficiente campaña para defenderse de tan grave acusación. ¿será posible que en su despacho no haya calculistas competentes? ¿Nada hubo en el anteproyecto entregado para el concurso que hiciera levantar una ceja, con duda, al ilustre jurado?

¿Bastarían los cantos y los globos blancos para ahuyentarle el mal fario a la Estela de Luz? Hasta el momento, me parece que no.

Durante meses, circularon abundantes y ácidas descalificaciones al trabajo hecho por el arquitecto Pérez Becerril, provenientes de muy diversos sitios.  Vacas sagradas de la ingeniería civil mexicana, como Javier Jiménez Espriú, ex director de la facultad de Ingeniería de la UNAM o el profesor emérito de la misma institución, el ingeniero Neftalí Rodríguez Cuevas llegaron a plantear que la obra debería suspenderse. Claro que para esas alturas ya resultaba demencial salir conque toda la lana invertida en la excavación y en la cimentación podía irse al caño. Entrevistado por el periódico reforma, en mayo de 2011, Rodríguez Cuevas planteaba una situación que le pondría los pelos de punta a cualquier funcionario encargado de una obra pública: parecía, con su relato que estaríamos ante una historia digna de haber salido de la cabeza perversa de Alfred Hitchcock. Les dejo el primer párrafo de aquella entrevista concedida al reportero Jorge Ricardo, y que no tiene desperdicio:

“Como arquitecto, César Pérez Becerril, el autor del Monumento del Bicentenario, es un gran patriota”, afirma el profesor emérito de la Facultad de Ingeniería de la UNAM Neftalí Rodríguez Cuevas: “se empeñó en que los ocho tubos de acero de la Estela de Luz fueran de 81 centímetros de diámetro. Le demostramos que debían ser de 1.21 metros, y no aceptó. Cuando le preguntamos de dónde había sacado los 81 centímetros, respondió que era por 1810, pero sin el 1 ni el 0. Al final, han quedado de 91, ya se imaginarán por qué”.

El problema es que, a la fecha, Pérez Becerril no ha confrontado directamente a personajes tan notables en el mundo de la industria de la construcción. Ha preferido la batalla mediática, aliado al diputado Escudero, y en el barullo informativo de los últimos días ha trascendido que entablaría una denuncia penal en contra del Fideicomiso del Bicentenario, es decir, agarraría parejo con todos los funcionarios públicos, que en la parte de la administración financiera, fueron los responsables de cuanto peso se gastó en las conmemoraciones de 2010. Si se gastaron hasta 50 pesos en una caja de comida para perros, ahí debiera aparecer. Nada más y nada menos son ellos a quienes apunta Pérez Becerril. Del otro lado está el director de Triple I Servicios, que en los últimos días del año, advirtió que, nomás entregando la mentada Estela, estaba dispuestísimo a demandar a Pérez Becerril por los daños que le ocasionó a Triple I. Y, para rematar, mientras se anuncia que el 20 de febrero se darán a conocer los resultados de las auditorías al proyecto, resulta que la Estela-Suavicrema también se pasó por el arco del triunfo -y quizá no había sido aplicada esta metáfora en mejor coyuntura- los estudios de impacto ambiental. Y eso que todavía no hablamos de lo que acaba de pensar la gente acerca del pequeño monstruo de Lieja y Paseo de la Reforma, que en las circunstancias presentes se exhibe, huérfana, a la atención de los curiosos.

10
ene
12

Lo que me gusta y lo que no me gusta de la inauguración de la Estela de Luz

Pequeño problema: esta imagen se tomó el 7 de enero de 2012.

He aquí que por fin se ha inaugurado el monumento conmemorativo del Bicentenario del inicio de la Independencia, la Estela de Luz. Después de gritos, sombrerazos, pataletas, acusaciones cruzadas, berrinches de arquitectos y advertencias de ingenieros y abogados echados para adelante, han terminado la Estela de Luz. Más aún, se han botado la puntada de inaugurarla la noche del siete de enero de 2012. A estas alturas del partido hemos escuchado hasta el cansancio, hasta la náusea, críticas, denuestos, descalificaciones y uno que otro elogio que se emboza en cierta timidez. Tal es el precio de querer levantar un monumento en los tiempos de la transición democrática, y así suelen ser las cosas cuando todo mundo tiene derecho a preguntar y a exigir respuestas serias. Y esta circunstancia histórica es, tal vez, la que más incomodidades ha generado a los artífices del monumento que, a un par de días de ser presentado en sociedad, ya no siente lo duro sino lo tupido.

Desde la puesta de aquella enorme “primera piedra” de obsidiana, el ya lejano 22 de septiembre de 2009, ya ha corrido mucha tinta y se han impreso muchas páginas de periódicos. Pasaron las fiestas, las polémicas fiestas de los centenarios, y cuando el malhadado Coloso ya era un mal recuerdo escondido en alguna de las antiguas bodegas del descontinuado CAPFCE, el asunto del monumento del Bicentenario seguía en el aire. Más aún, entrado 2010, a unos pocos meses de las conmemoraciones, el (des)coordinador del encarguito seguía jurándole a los medios de comunicación que la Estela de Luz estaría entera y bien hecha a tiempo para que el presidente Calderón la inaugurase el 16 de septiembre, como un siglo antes Porfirio Díaz había inaugurado la columna de la independencia que, también con sus sobresaltos y agarrones, sí estuvo lista para cuando se le necesitó.

Desde el momento en que el secretario de Educación Pública, bateador emergente de este encarguito envenenado, salió al quite para intentar componer de última hora el soberano desmadre que era todo el proyecto de conmemoraciones, y anunció en rueda de prensa que el monumento no estaría listo para el Bicentenario, solamente se dio por oficializado lo que era evidente: pasaban los días, se acercaba  el deadline y nada, que la famosa Estela de Luz no rebasaba la altura de la barda que la empresa constructora tendió alrededor del formidable socavón que hubo de hacer alrededor del espacio planeado para la obra.

Con todo y cuenta regresiva, la Estela de Luz se encendió por fin.

De por sí ya había sido polémico el hecho de que, habiendo lanzado una convocatoria a un concurso por invitación, entre 39 de los arquitectos más destacados del país, donde se pedía claramente UN ARCO -un arco triunfal, se entiende- se haya elegido como ganador del certamen un proyecto que no cumplía con la base esencial. El hecho provocó los comentarios inconformes de uno de los grandes arquitectos mexicanos aún vivos, don Pedro Ramírez Vázquez -organizador, por cierto, de las Olimpiadas de 1968 -bien podrían haberle preguntado a don Pedro algunas cositas para hacer, con éxito, el mitote bicentenario.

El aparente delirio de haber premiado una estela en vez de un arco, me lo aclaró en marzo de 2010 la especialista Louise Noelle Gras, investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM:  “Poco después de la apertura del concurso” hubo una reunión entre los concursantes, que está documentada, y  donde se examinaron las bases y se concluyó que no era preciso que se tratara de un arco. No cambiaron las cosas a la hora de la hora. Pero, originalmente, se suponía que habría dos monumentos: un arco, conmemorativo del Bicentenario, y una especie de obelisco que conmemorase el Centenario del inicio de la Revolución y que estaría en Reforma, cerca de donde una vez estuvo el Caballito”.

Según Noelle Gras, la dificultad para llegar a acuerdos entre el gobierno federal y el gobierno de la Ciudad de México también influyó en lo que resultó el monumento conmemorativo en 2010: “fue muy difícil ponerse de acuerdo, la prueba es todo lo que tardaron en comenzar el monumento: que si el terreno, que si los permisos, que si los estudios… La parte del obelisco se cayó por completo y eso influyó en la decisión de que el monumento final no fuese un arco necesariamente”.

La inauguración de la Estela de Luz tuvo un dejo de melancolía de lo que pudo ser y no fue

En algún otro momento, otro de los arquitectos destacados, invitados al concurso, don Teodoro González de León, se quejó, en una entrevista para el periódico Excelsior, de que no se les hubiesen entregado planos de la zona seleccionada para el emplazamiento del monumento -de hecho, donde habría quedado UNA de las patas del hipotético arco-. Tampoco había estudios del tipo de suelo de la zona. Todo quedaba librado, aparentemente, a la iniciativa, recursos y habilidades de los arquitectos participantes, muchos de ellos, si no es que la totalidad, con suficientes horas de vuelo como para no olvidar el Título VI del Reglamento de Construcciones para el Distrito Federal (que si tienen tiempo, ganas y disposición pueden leer acá: http://cgservicios.df.gob.mx/prontuario/vigente/385.htm ) y que trata de la seguridad estructural de las construcciones y que hace énfasis en la necesidad de diseñar estructura resistentes a fenómenos sísmicos y de viento. Parecería innecesario ponerse a pensar en cuestiones como estas, que, para los profesionales de la industria de la construcción podrían darse por sentadas.

Pero no ocurrió así. En aquella memorable serie de ruedas de prensa de julio y agosto de 2010, cuando el secretario Lujambio hubo de presentar al respetable un presunto “tema conmemorativo” que fue literalmente descuartizado por la sociedad civil; cuando intentó desenredar toda la maraña en que se había convertido la contratación del australiano Rich Birch para la realización del magno espectáculo del Zócalo y cuando procuró explicar, de la mejor manera posible las acciones conmemorativas que SÍ se iban a llevar a cabo, aún tuvo paciencia para explicar que era suya la decisión de aplazar la fecha de terminación del monumento, debido a las transformaciones que se estaban haciendo en el proyecto. Una “decisión responsable”, le llamó en su momento, concepto que hasta la fecha se ha mantenido como uno de los tópicos fundamentales para entender porqué la Estela hace su presentación en sociedad más de un año después del Bicentenario del inicio de la Independencia.

Parece que la estela de Luz es capaz de hacer monerías varias al son de la música que le pongan

Desde el anuncio de aquella “decisión responsable”, que se hizo comprensible cuando se supo que faltaban los “pequeños detalles” de los estudios indispensables sobre resistencia a las corrientes viento y a los fenómenos sísmicos, el asunto se enrareció aún más. Afloraron las acusaciones cruzadas de incompetencia profesional -dirigidas contra el arquitecto César Pérez Becerril, incapaz, según sus detractores, de entregar un proyecto arquitectónico sólidamente calculado-  de corrpución -lanzadas por el arquitecto Pérez Becerril contra las constructoras Triple I y Gutsa-  En el áspero intercambio  salieron raspados el secretario Lujambio y sus aspiraciones a la candidatura presidencial del PAN, el (des)coordinador de las conmemoraciones de 2010 y la entidad de gobierno que dirige, el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), el Fideicomiso del Bicentenario y Banjército. Se supo de maniobras torcidas en el proceso de adjudicación de la obra, y de la destitución e inhabilitación de unos cuantos funcionarios, responsables de parte de los problemas de clara corrupción. Por ese flanco, de más está decir que la Auditoría Superior de la Federación nos contará, hacia fines del mes de febrero, algunas otras cosas, para acabar de documentar nuestro pesimismo.

Pero finalmente, la Estela de Luz fue inaugurada, en lo que tuvo todo el aspecto de una intentona de madruguete social e informativo. Se anunció su inauguración para el domingo 8 de enero. A continuación, diversos grupos de activistas anunciaron una manifestación, en el mismo sitio, para protestar por el caudal invertido en la estela conmemorativa: mil 35 millones de pesos, IVA incluido, que todo mundo ha querido invertir en escuelas, becas, alimentos y mil asuntos más. Ignorantes de la sabia sentencia que siempre repetía mi abuela paterna, “no hagas cosas buenas que parezcan malas”, el personal de la Presidencia avisó a la fuente hacia las dos y media de la tarde, en lo que parece uno de esos conocidos bandazos programáticos, con toda la intención de que el impacto negativo se quede enredado en las sábanas del domingo, al fin que se leen menos periódicos y los opinadores se toman sus sagrados descansos.  ”Estela de Luz: un portento de ingeniería y arquitectura mexicana. Hoy se inauguró.”, tuitearía el presidente Calderón hacia las 10 de la noche del mismo sábado 7.

¿Qué fue lo malo de la esperada inauguración de la Estela de Luz?:

  • La propia idea de armar un espectáculo y una ceremonia inaugural Claro que se trataba de una ecuación con puros escenarios negativos. Si no hubiera habido ceremonia, la Presidencia habría recibido una lluvia de críticas por intentar eludir su responsabilidad en esta historia tragicómica. Como finalmente decidió inaugurarla, también le llueve, y no agua precisamente, por “avalar” todas las cargas negativas que ha recibido la apaleada estela, en estos meses de discusión. Como mero dato, acoto que Lázaro Cárdenas no hizo ceremonia inaugural del Monumento a la Revolución.
  • El intento por reducir el impacto mediático negativo moviendo, de manera intempestiva, el acto programado.
  • El intento fallido por eludir la manifestación de los activistas que insisten en convertir la Estela en un monumento a las víctimas de la guerra contra el crimen organizado, un recordatorio de nuestras crisis de corrupción y un memorial por los pequeños fallecidos en el incendio de la guardería ABC. La manifestación se hizo, de todas maneras, el domingo 8.
  • La clara intención de no hacer una ceremonia masiva, aún cuando se afirma que la Estela de Luz es de los mexicanos y las mexicanas. Pocos invitados selectos arroparon al presidente en su decisión final de inaugurar el monumento con un espectáculo de sonido, para mostrar las monerías que es capaz de hacer el artefacto.
  • Como se pensó en un evento semiprivado, nadie tuvo la delicadeza de colocar, como en otras ocasiones, alguna mega pantalla  o un mega bafle, para poder escuchar el discurso presidencial por encima del ruido de Paseo de la Reforma.
  • Como, nuevamente, se trató de un evento semiprivado, ni siquiera se detuvo la circulación del Paseo de la Reforma. El gesto contribuyó a generar la percepción de que, cuantos menos se dieran cuenta de que se estaba inaugurando la dichosa Estela, mejor.

Lo bueno: Que las ocasiones de contento son las ocasiones de contento, disfrutables para la gente que con alegría bienintencionada e ingenua se acerca para mirar con ojos emocionados las luces, los fuegos artificiales que le gritan a la ciudad que tiene un nuevo monumento. No es tan sencillo ignorar la tierna satisfacción de las pocas familias, de las parejas, de los curiosos que se acomodaron en un pedacito de Paseo de la Reforma, a esperar,  a mirar, a tomarse la foto. A esa gente tal vez no le importen los enconados duelos que sostienen funcionarios públicos, arquitectos e ingenieros. les importa más ese ratito de fiesta, que por algunos minutos hace la vida más llevadera.

Lo triste:  Que esta ceremonia inaugural, rápida, a puerta cerrada, en ese sentido incapaz de comparar las 900 personas (400 invitados especiales de la presidencia y cuando mucho unos 500 que estábamos al otro lado de Paseo de la  Reforma) con los miles de personas que en 1910 acompañaron a don Porfirio a inaugurar la columna del arquitecto Rivas Mercado, no dejó de tener, a ratos, un aire de profunda melancolía. Para algunos tuvo el sabor de aquello que pudo haber sido y sin embargo no fue. En eso pensaba yo, cuando los globos blancos flotaban alejándose y la voz de una soprano llenaba el aire de la avenida. Un globo en forma de paloma, un suave beso de papel dorado lanzado al viento. Qué ganas de pedir a la voz que cantase más, para que ahuyentara las tinieblas de la patria e hiciera salir el sol, como el deprimido Felipe V de España le pidió, alguna vez, en pleno eclipse, al castrato Farinelli. Sueños barrocos para atemperar los malos recuerdos.

A la noche, al ver los noticieros, al ver el rostro del presidente Calderón durante la ceremonia, hablando de las “controversias que son inevitables cuando se trata de construcciones de este tipo”, creo ver esa misma melancolía. Porque la ceremonia, en principio, ha sido impecable. Tiene un problema: que ha tenido lugar el 7 de enero de 2012 y no el 16 de septiembre de 2010.  La mañana del lunes, aún dan la nota los noticieros de televisión. El galobito Miguel pasa delante del televisor encendido a las 7 de la mañana. Se detiene a ver la nota de la inauguración de la Estela de Luz y observa a Felipe Calderón en algunos momentos de su discurso. Y desde la inocencia de sus nueve años me pregunta: “¿por qué está triste el Presidente?”

28
nov
11

Para los amigos: “Así eran mis libros…” Muchas historias por contar.

  Hay muchas historias del pasado que ya ha dejado de ser reciente, pero que aún no ocupa espacio en el mundo de lo antiguo, y que merecen ser contadas. Y lo que cuento en “Así eran mis libros…” La colección pictórica de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, es una de ellas. Es un libro de recuerdos, de memorias, de cómo una imagen le devuelve la infancia a muchos mexicanos. De cómo es que recordamos y conservamos algunos de los días más felices de la existencia: los días de escuela, cuando los ha habido con tranquilidad y estabilidad. Ojalá todos pudieran tener buenos recuerdos de esos días; pero el pasado, para que sirva de algo, mientras menos idílica su reconstrucción, mejor. Pero este es un libro donde hablo de buenas intenciones y de gente que estuvo decidida a concretar  ideas que llevaban rumiando alrededor de medio siglo, en el mejor de los casos, y que habían escuchado de labios de sus maestros o de sus amigos.

El libro de texto gratuito, como fruto del diseño de políticas públicas, como garante de la gratuidad educativa, como continuador de un proyecto educativo que, duélale al que le duela, habla de una visión del mundo que muchos asocian a lo que de revolucionario haya habido en los movimientos sociales y armados ocurridos en este sufrido país entre 1910 y 1921, es una realidad que aún inquieta, irrita, molesta a algunas buenas conciencias. Pero el libro de texto gratuito es una gran cosa, perfectible, con temas y puntos sujetos a discusión, pero que muestra, entre otras cosas, uno de los mejores proyectos del Estado mexicano, y, por cierto, es la muestra de que, cuando una política social demuestra sus beneficios, hasta los vaivenes de la alternancia puede soportar. Acá les comparto la portada, ya empezamos a hablar de estas y otras cosas, guardadas en el cibertintero, mientras  escribía estas historias de imágenes y libros.

24
sep
11

En las intimidades de la novela histórica.

Tras esos temas andamos. Y Por eso, en compañía de dos buenos amigos, Carlos Mújica y Ariel Ruiz, arrancamos este ciclo, allá en el recinto de Homenaje a don Benito Juárez,  durante el cual vamos a  conversar con grupo de novelistas que han incursionado en diversos temas históricos: sus dudas, sus obsesiones, sus fuentes, sus filias, sus fobias. Serán buenas conversaciones en Palacio Nacional. Se va a poner bueno. Aquí les dejo tooodo el programa. Ojalá nos acompañen.

22
sep
11

“Una película de terror en cámara lenta”: más sobre el terremoto de 1985

Nadie ha vuelto a ver la ciudad de esta manera. Afortunadamente.

Decía yo el otro día que  esta idea del gran sismo que ha de venir un día a quitarnos la tranquilidad a los habitantes de la ciudad de México no es alharaca ni ganas de armar bulla o sumir en la paranoia a la respetable concurrencia. Es, simplemente, la enunciación de un hecho objetivo: un día volverá a temblar con gran intensidad y su repercusión en este viejo valle será importante, por decirlo de manera educada.

Trato de ser correcta en la expresión, precisamente porque, cada tanto, generalmente cuando algún compañero reportero conoce el sistema de alerta sísimica, y aprende un par de gramos de lo que todos los habitantes de la región más transparente del aire (ajá) deberíamos saber, puesto que aquí vivimos, en esta mole de concreto y yerbas variadas, asentadas en un lecho de fango, la nueva información adquirida por el reportero, que no es precisamente el mejor ejemplo de “persona-bien-informada”, suele tomarse las cosas a la tremenda, y acto seguido manda a su redacción la nota que, invariablemente, suele aparecer en titulares  de 72 puntos y que suele decir alguna BARRABASADA más o menos de este calibre:  ”INMINENTE TERREMOTO AFECTARÁ A LA CIUDAD DE MÉXICO” o peor aún: “UN TERREMOTO ACECHA A LA CIUDAD DE MÉXICO”.  Lo aún más lamentable de estos casos, que he visto repetirse el fenómeno por lo menos una media docena de veces en 20 años (es decir, cada vez que un reportero ignorante se entera). Pero lo que está detrás de estos accesos de sensacionalismo sí es, como a mí me lo dijera alguna vez un especialista, “como ver una historia de terror en cámara lenta”.

Donde fue morgue inmensa, hoy existe un centro comercial. ¿Alguien lo recuerda?

Pero, quizá parte del problema en la peculiar relación que los habitantes de este anciano valle tenemos con los sismos y terremotos, radica en nuestros problemas de memoria histórica. Resulta inquietante darse cuenta de lo fácil y rápido con que nos hemos olvidado que, prácticamente “desde siempre”,  los sismos nos han administrado dosis de sustos más o menos grandes, y que, debido a los cambios tecnológicos y a la dinámica constructiva de la ciudad, con los años los sismos se han vuelto más impactantes. La ciudad ha aumentado su superficie, y los antiguos pueblos vecinos son ya colonias del monstruo urbano en el que vivimos ahora; la ciudad es ahora más alta: hace mucho que superamos el momento en que el primer “rascacielos” mexicano, el edificio de La Nacional de la esquina del Eje Central Lázaro Cárdenas (en sus días San Juan de Letrán) causaba asombro, como lo pintó un tierno cromo de calendario de unos setenta u ochenta años atrás.

Como ejemplo, hablemos un poco de la imagen inmediata anterior. Para los que vivimos esos días, me parece que no tenemos problema para ubicar el hecho y la circunstancia: es el ahora desaparecido Parque de beisbol del Seguro Social, que estaba en el cruce del Viaducto con la Avenida Cuauhtémoc en la ciudad de México. Entre las muchas medidas emergentes de los días más terribles que siguieron al terremoto, que fueron aquellos en los que la gente se dedicó a rescatar vivos y muertos de entre las ruinas de numerosos edificios, el parque fue habilitado como una enorme morgue, a donde llevaron, seguramente por centenares, los cuerpos de las víctimas de los derrumbes. El campo de juego se llenó con rapidez de cadáveres, rodeados por bolsas y bolsas de hielo, en un intento por moderar la descomposición. Las filas de la gente que buscaba a algún amigo o familiar eran inmensas. Terrible experiencia debe haber sido, para quienes la vivieron, tener que entrar al gigantesco depósito de cadáveres y pasar revista a diez, a vente, a cincuenta, a cien, buscando a alguien, ansiosos de encontrar y al mismo tiempo esperando no hallar.

De todo esto, desde luego, nadie se acordó el día en que el parque de beisbol despareció y se convirtió en un gran centro comercial, Parque Delta (el nombre original del estadio beisbolero), por el cual pasean cientos de personas, entre familias, chamacos de secundaria en desvergonzada pinta, parejitas que van por el helado, y consumistas de toda ralea y pelaje. Pero seguro que a nadie le haría gracia que le digan que ahí, debajo de donde está muy a gusto tomándose un helado de yoghurt sin grasa, era la superficie donde empezaron poniendo docenas de ataúdes armados a la carrera, sin acabados ni nada de eso, tal era la urgencia de darle una estancia siquiera decorosa a las víctimas aún no identificadas. Incluso, a ratos, ni ataúdes había; solamente sábanas y bolsas especiales para arropar a tanta pobre carne lastimada.

FRAGMENTOS DE RECUERDOS

El problema es muy comprensible, por humano: hay cosas que nos duele recordar. Pero en los últimos años del siglo XX, el impacto del terremoto fue tal, que no hay manera de olvidar. Aunque sean 26 años, suficientes para que los niños que eran niños ahora cuenten que salieron de sus casas en brazos de sus padres o de sus abuelos, y que del sismo no recuerdan absolutamente nada. Y hay tantos que recordamos aún.

Como duelen las heridas profundas, duelen aún en los habitantes de esta ciudad las huellas del terremoto de 1985. Encontrarse, en el curso de la vida, con alguien que haya escapado por un pelo de la muerte, o haya vivido para contar cómo libró el desastre, resulta una lección de vida.

Recuerdo a un condiscípulo mío, que, al tiempo que estudiaba la licenciatura (éramos unos escuincles de quinto semestre de Comunicación), asistía al Conalep de la calle de Balderas, que se hizo pedazos. En el caos inmediato y la siguiente suspensión de clases, dejamos de saber de él varias semanas. Después supimos que había quedado atrapado en los escombros. Pero sobrevivió, fue rescatado con lesiones graves en una pierna, e iba a clases con muletas y a pesar de las numerosas operaciones que le practicaron para rehabilitarlo. Acabó la carrera, desde entonces no sé de él. Pero me acuerdo tan bien del chico llegando a su clase a las 4 de la tarde, al principio en silla de ruedas, luego en muletas, de los compañeros que le hacían lugar en la primera fila para que no se le complicara la entrada a clase.

Recuerdo también a un chico, de nuestro equipo de producción de Radio13. Vivía en el edificio Nuevo León con su familia. Apenas tenía cinco años. Su padre, que trabajaba en el corporativo de Bancomer, en un turno nocturno, llegó a las 7 de la mañana con automóvil nuevo. El banco se lo había renovado. Le tocó el timbre a la familia, para que bajaran en tropel a ver el vehículo. Todos bajaron y eso los salvó. Estaban en el estacionamiento cuando el edificio se vino abajo. Sobrevivieron, pero lo perdieron todo, vivieron un mes en un albergue para damnificados. En su vida de joven adulto, mi amigo llevaba la impronta de esos días:  jamás desperdiciaba comida, si no se acababa un plato, lo guardaba para después; sabía las fechas de caducidad de toda clase de alimentos envasados y el tiempo máximo de consumo después de haber vencido la vigencia. Pero también recuerdo haber tenido una alumna de la licenciatura en periodismo, paralizada y deshecha en llanto con un temblor de 6 grados: volvía a recordar los dos días que pasó con su madre, atrapada en los escombros de su casa, siendo la niñita muy pequeña que era en 1985.

Pero así como hay historias muy duras, que aún lastima recordar, también está la nostalgia de las calles que cambiaron radicalmente y que se llevaron pedazos de nuestras historias personales. En el café del Hotel Regis, tapizado en rojo y oro, aprendí, unos cinco o seis años antes, de la mano de mi padre, esa práctica, ritual de iniciación conocido como “ir a tomar un café”: comprábamos algún libro en la librería del Centro Cultural Reforma, extinto también, y luego íbamos a que yo me administrara mis primeros cafés capuchinos -con un chorro de azúcar, si tenía yo como 15 años-  en el Regis. Y, contraesquina de aquel Regis, empotrado en el edificio, estaba el reloj Haste (la hora de México) cuadrado, que apareció en tantas fotografías, en el piso, detenidas las manecillas para siempre, en las 7 con 19 de la mañana.

Pero como hay dolor, hay nostalgia y hay celebración de la vida; los rescatistas aplaudían y celebraban cada vez que salvaban la vida de alguien, cada vez que sacaron en brazos a un bebé del Centro Médico, donde los edificios de Oncología,Traumatología, Obstetricia, Ginecología y Pediatría estaban caídos.  Tal vez no me di cuenta, pero este día 19 no leí nada acerca de los entonces recién nacidos rescatados y a los que se les prometieron becas y no sé qué mas apoyos para compensarlos del trauma terrible de que, en algunos casos, sus madres hubieran fallecido en el terremoto.

Coro a muchas voces, la historia de ese 19 de septiembre trasciende el recuerdo fácil, pero su reflejo se queda corto en los informes oficiales inmediatos, los oficiales y los de estos días que ahora vivimos: los documentos del gobierno de Miguel de la Madrid declaran que ese sismo de las 7:19 de la mañana, con epicentro en las costas de Guerrero y Michoacán, provocó un déficit de vivienda, de 30%, en el Distrito Federal; que 100 mil familias vieron afectado su patrimonio, que las agencias del Ministerio Público dieron fe de 4 mil 541 muertes, que el sistema de hospitales, gravemente lesionado, atendió a 15 mil 936 heridos. En una de sus crónicas sobre el terremoto, Carlos Monsiváis estimaría la cantidad de muertos entre 15 mil y 20 mil.  Pocos datos sólidos nos quedan de entonces.

Hace dos días, El Universal publicaba una nota con una curiosa fuente: el Registro Civil, que asegura, basado en su sistema digital de actas, que los muertos en la ciudad de México, en el terremoto de 1985 fueron 3 mil 692.   Con agudeza, Joaquín López Dóriga mandó al caño, de inmediato, la nota, recordándonos una cosa: las actas de defunción pertenecen, evidentemente, a aquellas víctimas que fueron identificadas, y una de las cosas terribles de aquel terremoto, son las fosas comunes donde descansan numerosas personas que no fueron identificadas. La nota, por lo tanto, pasó sin pena ni gloria, minimizada por este tipo de contraargumentos y por otro fenómeno importante: el escepticismo con que recibimos cualquier información que lleve la etiqueta de “oficial”.

Las consecuencias del terremoto son ambivalentes: es lugar común hablar de la movilización de la sociedad civil, con lo bueno y lo malo que ello tiene. Lo bueno: la certeza de que, ante un vacío de autoridad, la gente de esta ciudad piensa bien, y actúa mejor; que puede haber iniciativas responsables y nutridas de enterezas en medio del caos. Lo malo: que surgieron nuevos clientelismos de los que, a la fecha, no nos hemos podido librar. Para muestra elocuente basta un nombre: René Bejarano, de quien, la verdad, no me dan ganas de escribir.

OK, OK, PERO, ¿Y LA PELÍCULA DE TERROR?

Alguna vez, cuando andaba reporteando, hace ya bastantillos años, me encontré con uno de los especialistas que en ese entonces monitoreaban la famosa alerta sísimica que, a raíz del terremoto de 1985, fue creada. De hecho, este año está celebrando sus 25 años de vida.  En aquellos días, hablando con Juan Manuel Espinosa Aranda, en sus oficinas del Centro de Instrumentación y Registro Sísmico, A.C. -de la cual se pueden enterar en http://www.cires.org.mx/  me enteré de las peculiaridades de nuestro sistema de alerta sísmica, que funciona y funciona bien. Tiene un problema esencial: su alcance de monitoreo, pues fue creada e instalada en el territorio del estado de Guerrero, a raíz del terremoto de 1985, y en atención a la recuperación de la información histórica que se remonta a principios del siglo XX (hay, aparte del temblor maderista, datos sobre algunos otros sismos importantes ocurridos en la primera década), dispone de una docena de estaciones “sismo sensoras” que son las que “disparan” la alerta sísmica. ¿Ustedes la han escuchado durante una transmisión radiofónica? Yo sí.  Entonces, como hoy, nunca falta quien, tras un sismo se indigne y reclame, porque no sonó la alerta sísmica. la respuesta usual en estos casos es que la cobertura del sistema es aún limitado, y en ello habrá que trabajar.

Y la idea de la prevención, y de preguntarnos cada año si estamos preparados para el gran temblor que puede venir tiene que ver con esto: El SAS (Sistema de Alerta Sísmica) opera de manera continua hace ya 20 años, recién cumplidos en agosto pasado. Y han tenido el cuidado de señalar y ubicar los epicentros de los sismos que han ocurrido en Guerrero, con efectos de diversa intensidad en Toluca y el Valle de México. En sus estadísticas reportan la detección, con 60 segundos de anticipación (que para ponerse a salvo son muy muy buenos y que para sufrirlos en temblor son eternos), de 13 sismos intensos, además de 53 de intensidad “moderada” y otros 1934 de intensidad menor.

Lo importante y que no hay que olvidar, por más a gusto que nos sintamos en la ciudad de México es que han detectado una zona, entre los puertos de Acapulco y Zihuatanejo a la que definen como de “silencio sísmico”: ningún sismo reciente ha tenido su epicentro en esa región; es un “hueco” que puede advertirse perfectamente, con absoluta claridad en las gráficas que desarrollan en el CIRES. Fue cuando me dijeron: “Mira: ¿no se te hace como ver una película de terror en cámara lenta?”.  Cito su previsión al respecto: se trata de “una región donde deberá ocurrir un movimiento sísmico de proporciones similares al de 1985 que causó grandes daños en la ciudad de México.” Ese es el gran sismo que un día ha de venir. Como les decía el día 19: no es predicción, es pura sismología; son hechos debidamente consolidados  y, si gustan, entren a la parte del SAS en la página del CIRES, que es este:     http://www.cires.org.mx/sas_es.php   Es bueno saber estas cosas. Por eso, 26 años después,  la pregunta sigue siendo válida para nosotros y para los que estamos en obligación de proteger. ¿Estamos preparados? Ojalá, ojalá porque este es un trabajo muy sólido hecho por mexicanos; ojalá porque este es uno de los casos en los que se demuestra para qué sirve esto de saber y de escribir sobre historia. Que nos valga.

¿habremos aprendido la lección? Perra duda.

19
sep
11

Son las 7:19 ¿no sientes aún escalofrío? 26 años desde el terremoto de 1985

¿Qué sentimos, qué se nos revueve al volver a mirar estas imágenes?

A mí si, la verdad, un poco.  La vista de los relojes que se quedan paralizados en algún punto del tiempo, en una historia que ya no alcanzaron a marcar, me da un cierto desagrado.  Me genera una peculiar tensión ver, desde hace 25 años, la transmisión de la ceremonia luctuosa en el Zócalo, mientras los noticieros de radio transmiten las ceremonias paralelas en los edificios donde murieron docenas de costureras; en el predio que alguna vez ocuparon edificios del Multifamiliar Juárez;   en aquella que, en la mitad de los años sesenta del siglo XX era la “Ciudad Tlatelolco”, uno de los proyectos habitacionales más novedosos de su tiempo, y que, desde 1985, ya no puede borrar la huella traumática del derrumbe del edificio Nuevo León. Sí, me da cierto repelús; un peculiar escalofrío, nomás de recordar que esa mañana no estaba uno donde solía estar, que esa mañana, por ir a donde tenía uno que ir, en los ojos se quedaron imágenes que no se habrían de olvidar, que por saber lo que ocurría en otros puntos de la ciudad, ojos muy jóvenes atisbaron algunos elementos de tragedia, que por estar donde les tocaba, vieron lo que vieron, o porque algún azar insospechado propició que algunos vivieran para contar, después, lo que fue esa mañana, cuando algo más que el rostro de la vieja capital, cambió radicalmente.

LA MEMORIA ANTIGUA: EL MIEDO SE CUENTA EN CREDOS

Hay dos clases de memorias interesantes,  cuando de sismos en México se habla.  Una, la de siglos pasados, cuando, ante la falta de mayores instrumentos para comprenderlos, ya no se diga de discurrir alguna actitud preventiva o de protección, no quedaba sino sufrir en carne propia la experiencia de los temblores de tierra. Incomodan, por oscuras, las narraciones de los días virreinales, porque todas coinciden en que la tierra solía rugir de manera aterradora; porque los sismos, en aquellos días, solían ser, amén de intensísimos, muy, muy largos. mala cosa cuando sólo se cuenta con la fe y una que otra advocación de la virgen María para sobrellevar la experiencia.

Los antiguos habitantes de la Ciudad de México sabían, como lo volvieron a aprender los modernos chilangos después del terremoto de 1985, que el miedo encuentra peculiares dimensiones: mucho antes de que existieran las escalas y los sismógrafos, en el Valle de México, la duración de los temblores y por tanto el terror que estos fenómenos desencadenaban en nuestros antepasados, cobraba medida en forma de credos y de avemarías.

Los novohispanos intentaron dar a los temblores algún parámetro que les permitiera manifestar el tamaño de su miedo. A falta de escalas de medición y espíritu lo suficientemente científico, no se les ocurrió otra cosa que consignar la duración de los sismos por medio de las oraciones que desgranaban para hacer soportable el desconcierto y el miedo: el temblor del 17 de enero de 1653 duró más “del tiempo que pueda ocuparse en rezar dos credos con devoción”. El 13 de septiembre de 1667, dicen, tembló con mucha fuerza y “duró tres credos”; el del 30 de junio de 1700 se prolongó apenas un par de credos.

Poco a poco, a medida que la tecnología y la ciencia se esforzaban en explicar los movimientos telúricos, el recurso de la fe inocente cayó en desuso: los temblores del siglo XIX, al menos en las crónicas que heredamos, carecen de ese peculiar sistema de medición. Los recuentos de daños y las estimaciones de Richter y Mercalli comenzaron a desdibujar a los ruegos encendidos, a las plegarias colectivas y a los cielos rojos que presagiaban desastres.

El pobre reloj que se quedó para siempre en las 7 con 19 minutos

A principios del siglo XX, aún pervivía en la memoria el recuerdo del sismo de 1894 que acaso narraría Manuel Gutiérrez Nájera en su muy recomendable “Crónica color de bitter” y, desde luego, entre los más ancianos en el fin de siglo, aún quedaba algo de las imágenes del temblor del 3 de marzo de 1845, cuando se cayó la cúpula del templo de Santa Teresa. En ambos casos hubo en la capital mexicana muertes y derrumbes.

Con el siglo XX , el avance científico permitió entender más y mejor qué era eso de los temblores, aunque, evidentemente, eso no disminuyó ni un milímetro, el pavor que le inspiraba esta clase de fenómenos a los habitantes de la capital.

Del temblor del 7 de junio de 1911, el llamado “temblor maderista”, porque ocurrió el mismo día en que Francisco Madero entró triunfante a la ciudad de México, se dijo, durante años que era el más intenso y dañino en la memoria del país; su magnitud se calculó en 8 grados Richter.  Los reportes de la época fueron muy exactos; ya se empleaba la escala de Mercalli modificada por el italiano Adolfo Cancani. Fue tan precisa la evaluación inicial que planteaba para la capital, una magnitud de 8 grados y de 10 en la zona del epicentro del terremoto.Ese reporte habla de un movimiento “súbito y durísimo”, tan fuerte, que los instrumentos de la época, enloquecidos por la intensidad del terremoto, no pudieron fijar con exactitud la localización del epicentro.

Sorprende escuchar a muchos decir que el temblor de aquel día de junio de 1911 “no fue gran cosa”; y sorprende porque si uno se toma la molestia de asomarse a los documentos de hace un siglo, encontrará  los recuentos de daños de una gran lista de edificios públicos, empezando por el Palacio Nacional y la Catedral. Pero también hubo daños en la escuela Nacional Preparatoria de San Idelfonso, en la Inspección General de Policía, en las bodegas de la estación central del ferrocarril, en el edificio de Telégrafos Federales y en el pabellón de las guardias presidenciales en Chapultepec. En las zonas cercanas a Tepito se levantaron los rieles de los tranvías. Centros educativos como la Escuela Normal, en Popotla, y la Escuela Industrial de Huérfanos, en Tlatelolco, también resultaron afectados. Los dormitorios de un cuartel en San Cosme aparecieron en la prensa de esos días como uno de los casos más impresionantes; más de una treintena de soldados habían muerto mientras dormían, al caerles encima la construcción. También se derrumbó, en aquella ocasión, la fachada de los juzgados adyacentes a la vieja cárcel de Belén.

Evidentemente, en la memoria citadina y política, el terremoto de la madrugada del 7 de junio de 1911 se desvaneció en el ambiente triunfal de la llegada de Madero a esta ciudad. Hasta un corrido hubo, según el cual, lo que importaba de aquel día era la entrada triunfal del caudillo:  “Unos decían que sí, otros decían que no… y cuando llegó Madero, ¡hasta la tierra tembló…!”

Metidos a husmear en la historia de nuestros sismos, es inevitable preguntarse ¿Por qué no hubo daños tan considerables como para que este temblor “maderista” fuese recordado por sí solo? Aventuro una respuesta. Porque la ciudad de México era una ciudad muy baja. Chaparra, pues. Las construcciones más altas tendrían tres o cuatro pisos, como el hoy Museo Nacional de Arte. Pero la lectura de los reportes no deja lugar a dudas: fue un horrible terremoto. para los que no creen mucho en su alcance; y con un dejo de sorna, los invito a que intenten ponerse en el lugar de Francisco León de la Barra,  presidente interino, y la cara que tendría cuando se enteró de que en el patrio central de Palacio había un arco a punto de desmoronarse, y que en algunas áreas de la ya muy vieja construcción, las cuarteaduras eran bastante feas y aparatosas. Uno que va a recibir visitas y mira nomás, carajo, habrá rezongado por lo bajo.

Poco más de medio siglo después, el sismo del 28 de julio de 1957, de 7.7 grados Richter, le arrancaría el título del más terrible a este temblor maderista, al provocar el desprendimiento, de lo alto de la Columna de la Independencia, a la victoria alada, al familiar “Ángel” de la capital. Tal vez, en aquella ocasión, el efecto fue más bien simbólico, se cayeron un par de edificios en puntos curiosos -quiero decir que no hubo zonas arrasadas, sino un par de casos aislados- pero la impresión de ver en el suelo a la victoria alada, emblemática desde que don Porfirio la mandó traer para las fiestas del Centenario, fue algo que le dolió en serio a los chilangos y al resto del país.

Pero con los sismos de hace 26 años, estos parámetros cambiaron por completo. El miedo, no tan oculto, se quedó para reaparecer en cada nuevo movimiento de tierra; se quedó para los que en cada nuevo sismo sienten que el pánico les gana; para los que acopian fuerzas, por si hay que escapar para salvar la vida. Aunque sea lugar común, el terremoto de 1985 nos cambió a los que lo vivimos; desde entonces, un mugroso temblorcillo de 5 grados ya no altera a los más templados; uno de 6 grados apenas se siente. Pero, para muchos, volver a decir “está temblando” es de nuevo el ramalazo de miedo; la memoria propia y heredada que nos hace pensar: “este temblor que comienzo a sentir, ¿será el que ha de venir, el que tienen una década advirtiéndonos los sismólogos y las  entidades de protección civil?” Pasa el temblor. No ha sido. Pero pudo haber sido. No es, pero el asomo del miedo, quién nos lo quita. No ha sido, pero alguna vez será. Y no es predicción, sino purititita sismología.

 

¿Reconocen en esta imagen la avenida José María Izazaga? Cuesta trabajo

18
sep
11

Después del Grito: les presento a mi equipo de apoyo moral.

Con todo y caballo, listo para la acción.

Seguro que  a algunos no les va a caer bien y a otros sí. Pero este tierno Miguel Hidalgo de trapo fue mi compañía cotidiana durante cinco años, en una hermosa oficina de San Ángel. Una de las complicaciones de la vida pública es la batalla diaria contra el marasmo de la burocracia; contra el “no se puede”, contra el “para qué”, contra el “no” por sistema, contra los teléfonos que pueden sonar hasta la histeria sin que a nadie le dé la gana extender la mano para tomar el teléfono, aunque no sea el que les toca.

El cura Hidalgo, entero como siempre.

Por eso este Hidalgo se quedó cinco años en aquella oficina mía de hace varios años. Cada vez que alguna visita preguntaba por él, siempre era presentado como el “equipo de apoyo moral”, que a veces era necesario para librar la batalla cotidiana.

Hoy, cuando esa oficina apacible es también asunto pasado,  mi Hidalgo sigue aquí. en el camino le pude conseguir una hermosa montura que pinté de color turquesa. Parece que le gusta.  A mí también. Por eso sigue acá, en los días que corren, como responsable del apoyo moral que permite indignarse cuando uno se asoma a la miseria, a la podredumbre, a la mezquindad política. De esos había hace 201 años y de esos hay ahora. Por si se necesitara para hacer frente a todo esto, un simpático José María Morelos se suma a la tropa. ¿Quién podría temer algo del mundo con tan ilustre compañía?

Estas son compañías de las que no se cambian. Lealtad a toda prueba.

 

12
sep
11

Mis Once de Septiembre 2: el World Trade Center

Este es otro día de recordar, inevitablemente. Animales de corta memoria como somos, y generaciones distintas en convivencia, podemos ver a los compañeros de ForoTV clavados en la cobertura de los diez años de los ataques terroristas que el mundo entero presenció por televisión hace una década, sin ocuparse demasiado del aniversario del golpe militar en Chile, ocurrido en 1973. Pero de eso, ya he contado hace unas horas, mi pequeña historia particular.

Hace diez años vimos por TV la historia de la destrucción de las torres del WTC neoyorquino, y los que estábamos allí entendiendo la magnitud del asunto, sí supimos, después del segundo avionazo, que el mundo estaba asistiendo a la Historia con mayúsculas.  Una triste Historia, ciertamente.

Pero hace diez años, hacía noticieros de radio y era endiabladamente, adrenalinadamente feliz. Todo lo feliz que puede ser uno en ese espléndido mundo de las noticias por radio: rápido, encarrerado. Los días eran largos porque empezaban a las  5 de la mañana, el noti de 6 a nueve y era una espléndida pandilla, capitaneada por el querido Lalo Torreblanca, la que hacíamos noticiero en Radio Trece, en esa casa estilo colonial californiano de la calle de Emerson, donde decían que había un fantasma, una sombra que se iba a ocultar escaleras arriba a la madriguera de Abraham Zabludovsky , y donde, en esos días, después de una tormenta, cayó un rayo como a treinta metros que hizo que mi queridísmo Josué Vega, que en esos días era un muchachito que estaba cerca de acabar la carrera y ya era un auténtico peligro, se llevara un susto de la absoluta tostada.

Apoyada en la consola de audio miraba sin ver los monitores de televisión. Uno de ellos, puesto en CNN, de repente pasó al  encuadre de algo que no acababa de ser claro; pero el título inferior aseguraba que un avión se había estrellado en el WTC.  Raro el encuadre de aquellos primeros minutos de la transmisión mundial de la CNN; era tan cerrada la toma, que no había manera de imaginarse otra cosa que no fuese un accidente: parecía diminuto, en la inmensa fachada del WTC, el boquete que una avioneta, guiada por algún incompetente o un suicida, se hubiera estrellado contra el edificio. Como en esos casos pasa, se actúa por instinto. Dulce Lomelí, la querida amiga que se encargaba de los cortes de estación y leer las llamadas en aquel nuestro noticiero, agitando las manos, me sacó del raro ensimismamiento en que me quedé por unos segundos, pensando en el tamaño del agujero que puede producir una avioneta al estrellarse en un edificio tan grande. Pensaba, calculaba, estimaba un agujero, ¿del tamaño de un piso?

La máquina que todos los que andamos en esto traemos incluida se echó a andar. Dimos la nota -nos lo reportó al día siguiente el monitoreo- dos minutotes antes que el gran rival de todos en aquellos días, el Monitor de José Gutiérrez Vivó. Los encuadres de la CNN mejoraron, ya era visible la magnitud del daño, y ya sabíamos que no era una avionetita guiada por un pobre diablo; estábamos viendo Historia por la televisión, tal vez una de las más lamentables que a mi generación le ha tocado ver.

En cabina, Lalo, Carlos del Valle -que después acabaría megapeleado con la flota- Dulce y yo, empezamos a esbozar hipótesis comentarios. La impresión era mucha. Poco a poco, aparecían los enlaces con los personajes públicos que algo podrían  opinar del tema.. empezó a hablarse de terrorismo, aún como suposición… que se acabó cuando vimos juntos, silenciosos,  el momento en que el segundo avión se estrelló contra la segunda torre. Los noticieros se alargaron, se cambió de turno porque una señora levemente histérica -con la que nos llevábamos a matar y que se llama Estela Livera- estaba empeñada en entrar al aire también. Dejamos el micrófono pero no la estación. Satisfechos de la chamba hecha, de haber respondido como se espera que responda un buen periodista, todavía acelerados de adrenalina y de la certeza de que estábamos viendo algo que habrá que contar a los nietos: cómo vimos, al igual y al mismo tiempo que millones de personas en el resto del mundo, cómo el terrorismo acababa con una de las construcciones emblemáticas del siglo XX.

El armado del programa de la mañana siguiente tomó tiempo y esfuerzo. Un ex amigo me avisó que incluso los vuelos mexicanos se habían trastocado. Aquella mañana volaba a Monterrey a presentar un libro. Todo mundo en la editorial, según supe, decidió que no era momento de andar yendo de paseo en avión hacia el norte. No fuera a ser. Nadie sabía lo que podrían hacer nuestros gringos vecinos, máxime que a esas alturas, las once o doce del día, ya habían cerrado su espacio aéreo y advertido que se dispararía contra cualquier aeronave que tuviese siquiera la remota apariencia de querer pasar cerca de territorio estadounidense. Ese día llegué a Radio Trece a las 5:45 de la mañana, y salí a las 10 de la noche. No tenía sueño, había comido cualquier cosa. La adrenalina, señores, ese vicio del periodista, ejercía su imperio.

Que el responsable de los ataques era Osama Bin Laden, fue cosa muy sabida muy pronto.  En los días subsecuentes, entre el impacto y seguimiento de la información, aparecieron los parientes de Bin Laden. Chiste tonto de radiodifusora, nos comunicábamos unos a otros para el trabajo diario, de extensión a extensión, con el “Bin Laden” ya convertido en prefijo: “Bin Laden, necesito que me pases una copia de las notas de la tarde” “Bin Laden, ya te las puse en tu carpeta”. “Bin Laden, háblenle al senador paquito y díganle que lo necesitamos para entrevista a las 7 y media de la mañana, por favor” “Bin Laden, el wey dice que si le marcamos a las 8, porque llega a bañarse después de correr”.

En esas estábamos cuando, como un mes después de los atentados, al ingeniero de sistemas de Radio Trece, un sujeto que no era del todo mala gente, pero que era nefastísimo en cuanto agarraba cualquier computadora, tuvo la brillantísima idea de limpiar toda la red, y cual talibán, reseteó los equipos, formateó cuanto estuvo a su alcance, y se chutó toditititos los formatos de guiones de los noticieros matutinos y nocturnos. Llegaba yo a la estación a las 5 de la tarde, y Josué me esperaba en la puerta de la oficina, con las quijadas trabadas: “Bertha, este cabrón SÍ ES HIJO DE OSAMA BIN LADEN”, y procedió a acusarlo con todo detalle. De esos meses recuerdo que en alguna manifestación, llegamos a escuchar un estribillo que los activistas, que la verdad no recuerdo quiénes eran, coreaban muertos de la risa: “¡Si Osama, viniera, en la Torre les pusiera!”  Así somos, así eramos los que éramos en esos días.

Hoy, diez años después, han pasado muchas cosas, en este Reino y en el mundo. El amigo que esa mañana me habló para decir que había cancelado su vuelo a Monterrey -después entendería que fue por perro miedo, qué editorial ni qué tres cuartos- ya es un ex amigo que, mientras más lejos, definitivamente mejor. Josué es el espléndido profesional que hace diez años era claro que iba a ser. A mí el olfato se me ha hecho más agudo y el humor más ácido. No creo en la mitad de las cosas en las que creía hace una década, y para unas cuantas me he vuelto hasta fundamentalista. Eso, supongo, se llama madurez, otra forma de la felicidad.

Diez años de vértigo, desde aquel día.

11
sep
11

Mis Once de Septiembre: Salvador Allende.

Allende, aún ahí, en frente al Palacio de la Moneda.

Hoy en once de septiembre. Y esta es una postal del pasado que ya empieza a ser remoto. De repente, cuesta trabajo darse cuenta de que, aquello que era un recuerdo propio, empieza a ser también un pasado que muchos de los amigos de hoy no vieron sino en los libros de Historia. Supongo que, poco a poco, uno se acostumbra a ver cómo los recuerdos son cada vez más pasado y menos anécdota de hace poco, o más o menos poco.

Eso me ocurre con el golpe de Estado  que dio lugar, en 1973, a la caída del gobierno socialista de Salvador Allende, allá en Chile. Son historias de infancia que se cruzan con historias que llegaron a mí mucho después. Hará unos cinco o seis años, hablando con esa espléndida señora que es la historiadora, investigadora emérita de El Colegio de México, Josefina Zoraida Vázquez, hablábamos del libro de Ciencias Sociales de sexto grado, que ella había elaborado, como los otros de la misma materia, como parte de la Reforma Educativa prohijada por el gobierno de Luis Echeverría, hace ya la friolera de 40 años.

Niña usuaria de aquellos libros, sigo convencida que ese volumen de Ciencias Sociales de sexto grado, es una de las lecturas más espléndidas que me tocaron en mis primeros años de lectora. Como yo era niña monstruo, y para 1973 ya a nadie le quedaba dudas de ello, tampoco a nadie le extrañaban ya mis peculiares gustos literarios. El Top era el asombroso, para la niña de 6 años que lo leyó por primera vez, “Manual de Zoología Fantástica” de Borges, maravilloso en su sabiduría y verosimilitud. Lo seguía “Antropología de la Pobreza. Cuatro Familias”, de Oscar Lewis, que contra todas las opiniones de mi madre, mi papá, seguramente picado de curiosidad, se dejó expropiar, argumentando que no le iba a entender a la multitud de peladeces que las familias de Tepito proferían en el retrato que de ellas dejó el autor de “Los Hijos de Sánchez”. Y tenía razón.  Tal vez estaba por ahí “La Vuelta al mundo en 80 Días” de Verne, una edición infantil del quijote, muy bien hecha; en fin, algunos más de los que otro día será bueno hablar.

En 1973 aún no llegaba a mis manos ese libro de Ciencias Sociales que después sería mi delicia y mi tesoro. Lleno de iconografía contemporánea; con las feministas, los Beatles, grabados del siglo XIX, la Revolución Industrial,  los catálogos de modas de 1900 y hasta Ho Chi Minh. No, no estaba aún en casa; en 1973 yo apenas andaría por el tercero o cuarto de primaria. Pero, como niña monstruo, veía noticieros (sospecho que la última vez que me dormí antes de las 8 de la noche fue en 1970).  Y en noticieros vi el golpe de Estado en Chile, vi la grabación del bombardeo al Palacio de la Moneda. Vi las notas del gobierno mexicano ofreciendo asilo a los chilenos perseguidos. No recuerdo a Augusto Pinochet, en aquellos días, pero sí recuerdo la imagen de los bomberos sacando, del humeante Palacio de la Moneda, algo cubierto con un sarape (luego me dijeron que eso era un poncho), debajo del cual nos dijeron que estaba el cadáver de Salvador Allende, muerto por propia mano antes que caer en manos de los golpistas.

Muchos años después, la querida doctora Vázquez me explicaba que esos libros de ciencias sociales que yo conocería en sexto de primaria intentaban explicarle a los niños que lo éramos entonces, el agitado mundo setentero en el que vivíamos. En aquella ocasión, me dijo “… quería que los niños pudieran entender lo que estaban viendo en los noticieros de televisión. No estoy segura de que fuesen muchos los niños de primaria que veían noticieros en esa época. Tampoco estoy segura de que haya muchos niños que hoy día ven noticieros de televisión. Pero cuando esta querida señora, una institución en la comunidad de historiadores me contó su recuerdo, parte de su historia personal, yo también recordé los noticieros que veía de niña y las pinceladas que del golpe chileno se grabaron en mi memoria. Aún hoy, antes que las muchas imágenes que he visto después, sigo recordando la pantalla del televisor.

Muchos años después, en 2005, estuve en Chile por asuntos de trabajo. Un día libre, que por cierto eran elecciones, me fui al Palacio de la Moneda. Tan grande la plaza, tan silenciosa en ese día, tan vacía. Y, en uno de esos ataques de memoria, estaba la canción de Milanés, “yo pisaré las calles nuevamente, de lo que fue Santiago ensangrentada…” y vi, en un extremo de la plaza, la estatua de Allende, que me resultó profundamente conmovedora, para la niña que fui, que, por medio de la televisión, vio salir el cadáver del presidente chileno de aquel palacio, y que en esa mañana transparente, estaba parada, convertida en adulta, ante ese lugar de memoria.

Al caminar alrededor de la estatua, me encontré con la placa que recupera una de las frases más importantes que dijo Allende en esos días oscuros. Ahí estaba y ahí sigue:

Y porque somos los mismos de antes, aunque diferentes, porque hay días, personas y lugares que no deben olvidarse, porque la historia de cada uno de nosotros se cruza con los grandes momentos que cambiaron el destino de muchos, es que hay que recordar aquellos días en Santiago de Chile, a Salvador Allende, al México que fuimos entonces y que fue y es refugio y hogar para muchos que debieron salir de aquel país hermoso, que se complace en recordar que es la finis terrae, el fin del mundo de otras épocas. Y por eso, porque siempre hay que recordar, les comparto estas fotos. Abrazos.




En todo el Reino

 

mayo 2012
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